Tom Ford: Calculada decadencia

Disculpe el cliché, pero el sexovende. Y en ninguna parte vende más que en el mundo de la moda y la belleza, como han descubierto con descarada pretensión Roberto Cavalli y Versace, por nombrar a los más obvios, con sus vertiginosos escotes y curvas cubiertas en leopardo; o Dolce & Gabbana y Armani, lanzando al Mediterráneo a bronceados modelos con la excusa de promocionar un perfume. En Estados Unidos las cosas fueron tradicionalmente más pacatas hasta que Halston y sus Halstonettes crearon una revolución en los ’70 mezclando jersey, disco y cocaína.  Una década más tarde Calvin Klein, con la ayuda de la cámara de Bruce Weber, convirtió piezas tan simples como jeans y calzoncillos de algodón en los máximos fetiches sexuales de la moda americana.  A la lista hay que agregar por supuesto a Tom Ford, aunque su versión del sex on sale es algo distinta; más refinada y cerebral, y quizás por lo mismo aún más efectiva. Visite alguna de sus boutiques en Londres, Nueva York o Beverly Hills, y se encontrará con un palacete de elegancia y seducción decorado en una paleta de caoba y gris donde los precios astronómicos de chaquetas, botas o fragancias son digeribles sólo gracias a la ayuda de vendedores que parecen haber sido sacados del catálogo de la agencia Ford.

El diseñador ha repetido en numerosas ocasiones que su estética está arraigada en los ’70, los años de su adolescencia en Nuevo México, cuando pasaba tardes completas revisando revistas de moda con Faye Dunaway, Marisa Berenson o Julie Christie en la portada y páginas y páginas dedicadas a los diseños de Saint Laurent, Rudi Gernreich y, obviamente, Halston, que por entonces, igual que ahora, era su ídolo. Hace un par de meses, Ford pagó 18 millones de dólares por el townhouse del legendario diseñador en la calle 63, una casona modernista de cuatro pisos diseñada por Paul Rudolph donde Halston organizaba fabulosas bacanales para Liza, Bianca, Jackie, Truman y Andy. A los 57 años, Ford acaba de ser nombrado como nuevo director del Council of Fashion Designers of America (CFDA), un cargo hasta hace poco ocupado por Diane von Fürstenberg. Su llegada no podría haber ocurrido en un momento más oportuno, cuando la moda en Estados Unidos -que para efectos prácticos se traduce en la moda en Nueva York- permanece algo alicaída por el ánimo político en el país y a la sombra de Milán y París. Mientras el presidente Trump en la Casa Blanca promueve su teoría aislacionista de “América primero”, Ford, espera que la industria de la moda lleve a Estados Unidos a un nuevo rol en el mercado global. Anna Wintour lo convenció de aceptar el puesto, y en cierto modo es el hombre perfecto para él. Su carrera se ha desarrollado en gran parte fuera de Norteamérica, primero en Milán con Gucci, luego en París con Saint Laurent, y finalmente en Londres, donde durante casi dos décadas mantuvo los cuarteles centrales de su propia marca. Aparte de eso, sugieren quienes lo conocen bien, Ford posee suficiente carácter e influencia para no dejarse arrastrar por los caprichos de la industria, el mercado, o los propios miembros del Council, manteniendo la vista fija en el futuro que, a su juicio, debe tener la moda estadounidense.

Y ahora, volvamos al sexo.Tom Ford saltó a la fama internacional en 1994, cuando fue nombrado director creativo de Gucci. Hasta entonces su experiencia había sido relativamente mínima, con una pasantía en el atelier de Cathy Hardwick y luego como asistente en Perry Ellis bajo la supervisión de Marc Jacobs. Según ha dicho, rápidamente se dio cuenta de que, si quería desarrollar su propio estilo, debía irse de Estados Unidos. “Mi propia cultura me estaba inhibiendo. Demasiado estilo en Norteamérica es considerado vulgar. Los europeos en cambio, aprecian el gran estilo”. Para cuando se hizo cargo, Gucci era una marca moribunda. La propia CEO de la compañía, Dawn Mello, que poco después la abandonó para ocupar la dirección de Bergdorf Goodman, reconoció que en esa época “nadie hubiera pensado en vestirse de Gucci”. Las ventas iban en caída libre, y su único salvavidas eran las carteras de cuero y una profunda nostalgia por el pasado. En los próximos dos años, la marca aumentó sus ingresos en un espectacular 90 por ciento. Ford, con la colaboración de Carine Roitfeld como estilista y el fotógrafo Mario Testino, transformó completamente la imagen de Gucci, lanzando a la pasarela vestidos de jersey apenas sujetados por cadenas inspiradas en pulseras de Elsa Peretti o caftanes de chiffon en prints de tigre o leopardo, y creando icónicas campañas donde el sexo -sí, ese que siempre vende- fue protagonista principal. En una de las imágenes más comentadas, el pubis de una modelo fue depilado en forma de una “G” (¿el punto G de Gucci?), que el propio Ford marcó con un delineador. En el camino, el diseñador se transformó en un inesperado símbolo sexual, luciendo desde un principio un impecable uniforme de traje oscuro y camisa blanca con dos o tres botones abiertos más allá de lo esperado, sugiriendo un torso prometedor. En una oportunidad posó junto a Keira Knightley y Scarlett Johansson en la portada de Vanity Fair, ellas desnudas y él en una chaqueta de terciopelo azul medianoche.

El periodo en que estuvo simultáneamente a cargo de Gucci y Saint Laurent fue el más duro de su carrera, ha dicho.

“Soy mi propio muso”, ha dicho en entrevistas, revelando, por ejemplo, que detesta usar ropa interior, o que se somete frecuentemente a sesiones de manicure y bótox. Como no le gustan los jabones, se baña al menos tres veces al día, un ritual que llama sus “power showers”.  La primera es a las 6 de la mañana, lo que le da tiempo suficiente para despertar del sopor que le producen sus pastillas para dormir. Diane von Furstenberg lo definió recientemente en The New York Times como “una mezcla de Rolls Royce y Marlboro Man”.

Su marido, Richard Buckley, de 70 años, asegura que, a pesar de las apariencias, el diseñador es profundamente tímido y que su imagen pública es más bien una armadura. “Todo el mundo piensa que Tom ama las cámaras y conceder entrevistas, pero es todo lo contrario”.“Supongo que estoy híper-consciente de que la gente me considera egocéntrico, pero hay una diferencia entre ser egocéntrico y conocer tu valor como producto y actor”, explica el diseñador. “Conozco mi valor como producto, y he aprendido a separar mi lado humano de mi lado comercial”.  Esa separación es evidente en su vida sentimental. Mientras el resto del mundo fantasea con Ford, él se las ha arreglado -a pesar de todas las tentaciones- para mantener una relación estable y aparentemente muy feliz con Buckley durante mas de tres décadas. La pareja se conoció en un ascensor en 1986, cuando Buckley ya era un conocido editor para Vogue Hommes, y se casaron en 2013. Tienen un hijo de 6 años, Jack, quien hasta ahora nunca ha sido fotografiado en público junto a sus padres y que, de acuerdo a Ford, ya prefiere ropa negra por sobre cualquier otro color. “La gente ve mi cara en un Billboard, y cuando me conocen siento que esperan ver a Kate Moss desnuda sobre la mesa y alguien consumiendo líneas de cocaína, pero mi vida no es así”, asegura. En 1999 fue nombrado director creativo de Yves Saint Laurent, una decisión con la que el propio Saint Laurent estuvo en desacuerdo. Luego de ver el primer desfile de su sucesor, el legendario francés hizo una mueca de disgusto frente a las cámaras y dijo: “el pobre hombre hace lo que puede”.

Juntos desde 1986, casados desde el 2013 y padres de un hijo de 6 años, Ford y el editor Richard Buckley han conseguido- a pesar de todas las tentaciones- formar una relación estable y feliz.

Según contó Ford en una entrevista con CNBC años después, ese fue el período más intenso y duro de su carrera, diseñando para ambas casas al mismo tiempo, viajando constantemente entre Milán y París, y presentando hasta 16 colecciones al año. La tensión con Saint Laurent no ayudó para nada. “En un principio fuimos mutuamente amistosos, pero después de un tiempo creo que Yves sintió que me estaba desviando demasiado de su visión para la maison”, dice Ford. “Todavía tengo algunas cartas que me envió. Recuerdo una donde en un párrafo decía ‘destruiste en 13 minutos 40 años de mi trabajo’, o algo así”. En 2004, en medio de alegatos y recriminaciones con el grupo Pinault Printemps Redoute -ahora propietarios de Gucci y Saint Laurent-, Ford renunció en una movida que Anna Wintour, alarmada, consideró “un desastre” para la industria de la moda. Según ha dicho, su decisión no tuvo nada que ver con dinero, sino con control. “Soy el más virgo de los virgos, me preocupa cada detalle, nada se me escapa”, ha explicado.

Durante la década que estuvo a cargo, Gucci pasó de ser una casa condenada al olvido a convertirse en un mega-titán de 10 mil millones de dólares. Aún así, el rencor de los propietarios continuó por años. Cuando François-Henri Pinault y la sucesora de Ford, Frida Giannini, inauguraron el Museo Gucci en Florencia en 2011, los invitados notaron que el paso de Ford por la maison había sido completamente borrado de su historia. No había ni uno solo de sus diseños en exhibición, ni una sola de sus campañas. Su nombre, desaparecido. La situación se rectificó en 2016, cuando bajo las órdenes de Alessandro Michele, el museo agregó dos nuevas galerías totalmente dedicadas a su legado. Su abrupta renuncia le provocó una profunda crisis. “Fue devastador”, dice, “me costó recuperarme”. Dos años después lanzó su propia línea de moda masculina “para hombres internacionales, cultos, que viajan, y que tienen dinero disponible”. Luego vinieron colecciones de perfumes y belleza, y finalmente, una vez más, una línea femenina que rápidamente se convirtió en favorita de una amplia variedad de mujeres, de Jane Fonda a Beyoncé. La presión de tanto trabajo no fue gratis. En una entrevista reciente con Maureen Dowd de The New York Times, confesó haber lidiado durante largo tiempo con problemas de drogas y adicción. “El alcohol fue la puerta de entrada a las drogas. Después de tres tragos, una línea de cocaína, y luego lo que estuviera a mano”. En Londres, agregó, bebía diariamente hasta una docena de vasos de vodka antes de llegar a la medianoche. En una ocasión recibió borracho a un periodista de GQ y le sugirió, coquetamente, que todos los hombres deberían ser penetrados alguna vez. “Cuando leí el articulo, no podía creer lo que había dicho. Traté de molestarlo, de bromear con él. Estaba ebrio. No quise decir lo que dije… o quise decirlo, pero no debería haberlo dicho”, trató de explicar en una entrevista posterior con la misma revista.

“Durante años y hasta que paré de beber, despertaba en la mañana y tenía que enviar de inmediato flores de disculpa a alguien. ‘No puedo creer que hice eso’, ‘no puedo creer que dije esto otro’. Durante al menos un año, le dije constantemente a Richard que debía dejar de tomar’.

Finalmente, hace una década, y con la ayuda de un terapeuta, lo consiguió. Ahora, además es vegano.En 2009 el diseñador agregó un nuevo título a su currículum: director de cine. Su primer filme, A Single Man, basado en la novela de Christopher Isherwood y protagonizado por Colin Firth y Julianne Moore, obtuvo excelentes criticas y le valió a Firth un Golden Globe y una nominación al Oscar como mejor actor. Su segunda película, Nocturnal Animals, fue menos afortunada y recibió una ola de comentarios negativos por lo que algunos consideraron imágenes obscenas y misóginas. Ahora Ford está iniciando la pre producción de un tercer filme del que prefiere no hablar todavía.

Como nuevo director de CFDA, el diseñador pasará buena parte de su tiempo en su nueva casa de Nueva York. Su rancho en Texas está a la venta por 75 millones de dólares, y su casa en Los Angeles, una mansión de 35 millones en Holmby Hills que alguna vez perteneció a Betsy Bloomingdale, permanecerá por ahora vacía, excepto, claro está, por la impresionante colección de arte contemporáneo que Ford y Buckley mantienen ahí.Él dice estar feliz con la idea de vivir en Manhattan. “Me encanta Los Angeles, pero quiero que Jack aprenda a ponerse una chaqueta, vaya a un restaurante, al museo, camine por la calle y asista a alguna obra de teatro”. ¿Y cómo no? Después de todo es el hijo de Tom Ford.

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