MENOS ES MÁS

LOS OBJETOS QUE DISEÑA SU ESTUDIO BRAVO! -CONTEMPORÁNEOS, DE MATERIALES LOCALES Y NOBLES, ALEJADOS DE LA MORAL SOUVENIR- SON MUY VALORADOS EN MILÁN, LONDRES Y NUEVA YORK. Y ÉL ES CONSIDERADO UNO DE LOS DISEÑADORES CON MAYOR PROYECCIÓN A NIVEL MUNDIAL.


Texto Manuela Jobet Foto Sebastián Utreras

Mientras estudiaba diseño en la universidad Diego Portales, un francés le encargó idear un sistema móvil de lavado de autos. Se trataba de unos carritos de fibra de vidrio tipo Playmobil, que se movían por el centro de Santiago. Tiempo después, todavía estudiando, se hizo cargo del diseño del ya desaparecido restorán 191 en Santa Beatriz. Con esos dos proyectos implementados, decidió formalizar lo que hasta entonces era solo una idea: incorporar diseño al mercado local.

Así nació bravo!, empresa que fundó junto a su hermano Matías y su cuñada Sandra Pope. A 12 años de su creación, hoy con Rodrigo como Director Creativo, se ha posicionado como un vehículo de sustentabilidad en términos medioambientales, sociales, económicos y culturales en el diseño y fabricación de mobiliario, equipamiento y productos. A eso se suma el desarrollo y gestión de proyectos de diseño y arquitectura interior.

Restar. Esa es la premisa de todo lo que sale de ahí. Que las cosas funcionen en su línea de flotación mínima. Todo basado en una intensa búsqueda de materiales locales que son tratados con máxima simpleza. Maderas nativas, piedras de río, cobre y ahora último, combarbalita. “Siempre quisimos generar una propuesta contemporánea local y de calidad. Hoy hay mucho más desarrollo de lo local, pero cuando empezamos, eso no existía”.

Sus muebles en madera, trabajados con técnicas de carpintería tradicional, han sido exhibidos en importantes ferias internacionales. Con ellos se situaron en el mapa del mundo, pero con los años se dieron cuenta que exportar piezas tan grandes no era negocio. “Era carísimo. Además, obviamente el europeo se iba a inclinar por lo suyo antes que por lo chileno, que era una apuesta”. Fue así como aparecieron los objetos.

Y dieron el gran salto. La Familia es una colección de contenedores genéricos desarrollados artesanalmente en lenga y cobre. Estos objetos, que son a la vez piezas estéticas y cumplen fines prácticos, fueron presentados en la muestra de diseño Tent en Londres. El éxito fue absoluto. Gracias a eso salieron destacados en la revista Wallpaper y fueron parte del catálogo que año a año crea WGSN, una de las agencias de detección de tendencias más importante del mundo que marca pauta en el retail. Además, Elle Decor eligió a Rodrigo como uno de los cinco diseñadores con más proyección a nivel mundial.

¿Ha cambiado mucho el bravo! de sus inicios respecto al de hoy?
Sí, mucho. Nuestra filosofía inicial era ser simples y lúdicos, pero con el tiempo me he dado cuenta que, si bien el diseño no debe ser fome, lo lúdico en la parte doméstica y cotidiana se puede incorporar a través de otros elementos. Creo que el diseño tiene que ser algo un poco más profundo, de reflexión, y que aporte en la calidad de vida. En ese sentido ha habido una maduración importante en cuanto a lo que hacemos.

¿A qué responde la búsqueda de lo local?
Pienso que no estamos en Chile aleatoriamente, no es casual. Hay una lógica detrás de eso que hay que aprovechar, y verlo como un valor agregado en términos competitivos en el mercado nacional e internacional. No hacer diseño escandinavo desde acá, porque obviamente ellos lo van a hacer mejor que nosotros.

¿Hay un tema con la chilenidad detrás de eso?
No tengo un rollo con la chilenidad. Me parece que el tema de las fronteras y los bordes es algo muy reciente. Un poco postizo y plástico. Siento que tiene una finalidad más política y económica que cultural. Creo más en los límites geográficos que nos delimita y que en Chile funciona de manera muy clara. La búsqueda de materiales tiene más que ver con nuestra geografía, con los accidentes geográficos que son increíbles. Tengo una fijación con estar mirando materiales. Ése es mi método y parte de mi cuento. Por ejemplo, ahora estamos trabajando la piedra combarbalita, una especie de mármol volcánico que se ha encontrado solamente en Chile.

¿Qué te llamó la atención de esa piedra?
La vi en ciertas artesanías decorativas que para mí no tenían mucho interés porque eran medio souvenir. La investigué harto y vi un recurso, un material muy noble y elegante, y le di una vuelta más hacia lo funcional, arquitectónico, de diseño. Le dimos un poco de oxígeno al material y a la técnica y diseñamos piezas escultóricas de diferentes formas. Ninguna es igual a la otra.

¿Es difícil trabajar con materiales tan nobles?
En un minuto nos planteamos abrir un taller para poder controlar el proceso desde el inicio hasta la ejecución, pero nos dimos cuenta que era complejo. Eso nos llevó a entender la lógica de “pastelero a tus pasteles”. Nosotros diseñamos según lo que nuestros proveedores pueden hacer. Tenemos gente con mucha más experiencia en el manejo del material, de las herramientas y del método. Nos desvivimos buscando proveedores que son nuestra estrella, nuestras joyas.

¿Hay valoración en el mercado nacional por los objetos que hacen?
El mercado en Chile es súper chico, para todo. Por eso, pensamos que nuestro mercado es más amplio. El 90% de los objetos que tienen una carga conceptual interesante o diferente se manda a galerías de Europa y Estados Unidos. Acá nos hemos encontrado con que muchas veces la gente no entiende el trasfondo que hay detrás de las piezas. No hay mucha educación quizá. Y falta un tiempo para que los jóvenes, que sí la entienden, tengan el poder adquisitivo para comprarlos.

¿Se valora más tu trabajo en Chile luego de haber sido destacado afuera?
De cierta manera eso nos valida y entrega ciertos puntos extra cuando postulamos a hacer proyectos aquí. Es una buena herramienta de marketing, algo inconsciente quizá, pero también es seductor. Es bueno que la gente sepa.