Subsecretario de Justicia:
Juan José Ossa: Justo aquí

INSTALADO DESDE EL COMIENZO DEL GOBIERNO, JUAN JOSÉ OSSA SABE QUE LA TAREA ES GIGANTE Y QUE LAS CRISIS PUEDEN OCURRIR DE UN MOMENTO A OTRO, PERO ESTÁ CONTENTO, EN EL LUGAR EN QUE QUIERE ESTAR Y TRATANDO DE HACER UNA DIFERENCIA.

Hace como siete años Juan José Ossa me mintió. Me dijo que no era político. Entonces, él era el hombre a la cabeza del Servicio Nacional del Consumidor en la primera administración de Sebastián Piñera y, aunque no recuerdo bien cuál fue mi pregunta, sí recuerdo su respuesta: “Eso tendría que preguntárselo a los políticos; yo no soy político”. La frase me quedó grabada. Y podría parecer cierto: no es diputado en campaña, no anda saludando y sacándose fotos con todo el mundo, no anda haciéndose el simpático ni echando la talla. No tiene perfil de alcalde, digamos. Hay algo nostálgico en su mirada, pero no es tímido. Sí es serio, y -con el perdón de algunos políticos- ser serio hoy parece más bien un criterio de exclusión que una característica de clase. Pero Juan José Ossa es sin duda un animal político. Vamos a lo nuestro. Algunas semanas antes de esta entrevista un módulo de Colina II hizo noticia tras descubrirse que en su interior los presos habían armado una cárcel a su pinta: eligieron decorarla con azulejos y piso flotante, compraron electrodomésticos y electrónica para equipar su residencia de largo plazo (algunos cumplían penas de hasta 35 años), luego mandaron a traer carnes de primer corte. Tenían – cómo no – wifi y celulares inteligentes y, además, manejaban todo tipo de droga, en cantidades nada despreciables. 

¿Cuándo supo usted del descaro de esos presos de Colina II?

Gracias al refortalecimiento de la Unidad de Inteligencia al interior de Gendarmería sospechábamos que algunas formas de crimen organizado estaban operando al interior de algunas cárceles. En una visita de rutina en enero supe de la existencia del llamado Módulo Beta y de inmediato me llamó la atención que estuvieran concentrados allí tantos condenados por narcotráfico. Sin ser especialista entiendo que la población penal debe segregarse, pero aun así no me pareció tan buena idea ese nivel de concentración. Supe también que Gendarmería tenía ciertas dificultades para manejar este módulo y, por último, se me informó que se sospechaba que desde ahí se estaba proveyendo droga al interior de todo el penal, y eventualmente hacia Colina I. De hecho, no se descartaba que estuvieran, incluso, vendiendo hacia afuera. Obviamente se ordenó un allanamiento. Producto de ello descubrimos dos cosas muy graves: Primero, que había droga -mucha droga-, armas, celulares, antenas repetidoras y otros elementos prohibidos. Pero, además, ahí supimos que las aldabas estaban dadas vueltas. Las puertas habían sido directamente sacadas, dadas vuelta y luego soldadas, pero con los cerrojos y candados hacia adentro. Y, por supuesto, Gendarmería no tenía la llave.  Ante la magnitud de lo encontrado se decidió cerrar ese módulo y sus 112 reos fueron trasladados a otros penales del país. Ese mismo día, a modo de símbolo, instalamos el cartel que decía “CET”. Se refiere a un Centro de Estudio y Trabajo. En Colina no hay y el plan es abrir uno en cuanto se pueda.  Sobre las preguntas obvias -¿Cómo ocurrió esto a vista y paciencia de Gendarmería? ¿Desde cuándo vivían así los perlas? – el subsecretario responde lo único que puede: “No puedo comentar una investigación en curso. Además, no estoy al tanto de todo. El Ministerio Público es un ente independiente.” Sí se apura en recordar las palabras del director de Gendarmería sobre que las responsabilidades parten desde las jefaturas. “El hilo no puede cortarse por lo más delgado”, sentencia. Se acomoda en su silla y sigue. “Pasa lo siguiente, en general en estas pegas, cuando uno hace algo bueno, no faltará quien lo encuentre malo o, en el mejor de los casos, insuficiente. Pero cuando uno hace algo bueno, y todos coinciden en que es bueno, poco demoran en aparecer los que se preguntan por qué no se hizo antes. Y eso es un poco frustrante. Es claro que importa entender y deslindar las responsabilidades presentes y pasadas, pero uno igual adivina bajo esos comentarios cierta pequeñez política”. Segundo de tres hijos del matrimonio de Juan Luis Ossa Bulnes y Lucía Santa Cruz Sutil, Juan José María nació en la primavera del 79. Para el plebiscito tenía sólo 10 años y cuando supo que había ganado el NO estaba contento pues vería a otro señor en la tele. El gusto por lo público está en sus genes, de eso no hay duda, aunque su militancia llegó más bien tarde. Recién en 2010 junto a un grupo de amigos se inscribió en Renovación Nacional, el partido que su padre, abogado y político, ayudara a fundar. 

¿Y por qué en Renovación Nacional, subsecretario?

Entré a RN pues me representaba un partido que en la época de Pinochet había jugado un rol muy distinto al de otros partidos, y había empujado a una transición de la cual buena parte del país de ese entonces, y de hoy, se sentía y se siente orgulloso. En el desaparecido Colegio Apoquindo fue un alumno desordenado, pero no mal portado. Bien deportista y aficionado a la guitarra, dice que siempre supo que sería abogado. “Por un tiempo coqueteé con la idea de ser arquitecto y, de hecho, tomé los electivos pensando en esa carrera”. Pero eso duró poco. 

Me cuenta que fue presidente de curso y luego del Centro de Alumnos.

Sonríe de medio lado e insiste: “No soy político, pero cuando se ha trabajado en dos gobiernos uno ya entiende del tema. Además, este cargo es más político y, ¿sabe?, curiosamente me gusta más. Mucho más. A pesar de que en el otro lo pasaba mejor. En esta pega se viven más crisis, más momentos difíciles y más tensión. Puede a veces ser ingrato”. Imagino que en parte su comodidad en esta oficina se debe a las inmejorables relaciones que tiene con el ministro Hernán Larraín y con la subsecretaria de DD.HH. Lorena Recabarren. Es sabido que no en todas las carteras ocurre igual y varios de sus comentarios durante nuestra conversación traslucían el buen ambiente de trabajo que hay en esta.  Ossa dice que siendo subsecretario de Justicia descubrió una faceta de sí que no conocía: una especie de resiliencia, en el preciso significado que le da el diccionario: soportar momentos de alta tensión sin perder la compostura ni la capacidad de tomar decisiones. Las crisis sacan lo mejor de él. Quizás la peor que le tocó enfrentar fue la que tuvo con Gendarmería el año pasado. La misma que le costó el puesto a Claudia Bendeck, primera mujer a la cabeza de dicha institución. Los propios gremios pidieron sentarse a hablar con él como interlocutor. Esa mesa culminó en noviembre del año pasado con todos sonriendo para la prensa. De los acuerdos alcanzados en ella se hizo un protocolo y de ese documento salió un proyecto de ley que entró en enero al Congreso. 

Una de las peticiones más sentidas de Gendarmería es mejorar la carrera funcionaria. ¿En qué va eso?

Hay un proyecto de ley y lo que queda por discutirse se verá en el Congreso. No ha habido nueva mesa de trabajo ni la va a haber. De hecho, la toma de hace algunos días se produjo tras una reunión técnica y que no alcanzó a durar ni cuatro minutos. Dicha toma fue desalojada rápidamente.Nosotros entendemos que a los gremios de Gendarmería les gusta el proyecto pues así lo declararon cuando se firmó el protocolo. No sólo eso, cuando fueron a exponer a la Cámara dijeron que este proyecto era un gran avance e incluso dijeron que el ministro se las había jugado por ellos. Poco después de eso se tomaron el Ministerio.

Pero, ¿para qué tomarse el Ministerio si están conformes con la ley?

No tengo una respuesta, pero si la toma fue una técnica de negociación, no les va a resultar. El presupuesto que hay representa un gran esfuerzo fiscal en época de vacas flacas y es lo que hay. Lo demás se deberá analizar en la sede legislativa.

No debe ser fácil negociar con Gendarmería. Usted es la autoridad, pero ellos tienen el poder, el poder de ir a huelga…

No. Nosotros tenemos el poder y la autoridad. Ellos tienen una fuerza gremial potente, básicamente porque su trabajo es tan importante, que dejar de hacerlo puede generar trastornos muy relevantes, aunque la ciudadanía en general no los ve. Negociar implica entender que pueden existir diferencias legítimas, que uno está abierto al diálogo, pero también se debe entender que el orden público debe mantenerse. Cuando las cosas se extreman es esto último lo que debe cautelarse.El tema con Gendarmería es una de las muchas aristas que tiene el tema penitenciario, probablemente la mayor deuda del Ministerio de Justicia. Abordarlo de manera integral es uno de los muchos compromiso-país instalados por el gobierno y, de hecho, es una de las mesas intersectoriales que lleva adelante el ministro Alfredo Moreno desde su cartera, en un trabajo en conjunto con el Ministerio de Justicia. Ossa ha visitado muchas cárceles y a algunas ha ido muchas veces. Pero cuenta que nunca le ha pasado que ir sea una mera visita en su agenda del día. Dice que no ha perdido la capacidad de asombrarse y que no se ha endurecido al punto de no condolerse de la miseria humana que hay dentro de tantos de esos recintos en Chile. Se nota que le importa. Habla sin pausa de este tema. “Por demasiados años el tema de los reos de Chile fue un tema de nicho: le interesaban sólo a algunas ONG especializadas y siempre con el foco puesto en los DD.HH., pero no habían estado en el foco de la clase política. Por supuesto que es un tema de DD.HH., pero esta administración está empeñada en relevar que la solución del tema penitenciario es también un tema de seguridad pública, y desde esa perspectiva DEBE interesarnos a todos. Ese es el mensaje que queremos enviar. Reinsertar a los presos es muy rentable socialmente y poner el énfasis en eso ha logrado multiplicar apoyos. Es primera vez que tenemos a tantos empresarios -de hecho la CPC completa- a nuestra disposición para programas de reinserción. Nuestro proyecto +R (más reinserción) se diferencia de todo lo anterior pues ya no se trata de uno o dos pilotos, sino de un esfuerzo sistemático de darle oportunidades a una buena parte de la población penal a través de capacitación y acompañamiento psicológico. No es sólo enseñar un oficio, sino también darles herramientas para el manejo de la frustración. Y, quizás lo más relevante en este sentido, es que las empresas se comprometen a darles un trabajo por al menos un año. Eso es un espaldarazo gigante, pues sabemos que el riesgo de reincidencia va de la mano con la cesantía y la enorme frustración que esta trae consigo. No sabe lo emocionante que fue ver las largas filas en la Penitenciaría de personas que se inscribían en el +R”. Ossa sigue y analiza la importancia de la gestión en este y otros temas y, como ejemplo, me cuenta de la “nueva” cárcel de mujeres en Talca. Dice que su inauguración fue uno de los momentos bonitos que ha vivido en este cargo. “Fue de esos momentos en que uno siente que, más allá de las visitas a Valparaíso, más allá de los informes y los papeles, uno puede hacer una diferencia. Ocurre que hace poco se abrió en esa ciudad un nuevo Centro de Internación Provisoria para los menores infractores de ley, y entonces, el edificio que ellos ocupaban quedó vacío. Se nos ocurrió entonces trasladar a las mujeres que estaban en un centro penitenciario en condiciones de hacinamiento atroces durmiendo en camarotes de 5 pisos”, cuenta de modo de ilustrativo. “Apurar la obra y lograrlo en pocas semanas fue pura gestión. Dimos 3 semanas de plazo para hacer las modificaciones requeridas y salió. Hay muchas cosas que son de largo plazo y no se verán en años, pero también hay muchas que se pueden hacer por reglamento, cateteando, siendo un poco pesado (a veces bien pesado), dando plazos, siendo duro con los proveedores”.

Para hacer todo eso es fundamental que a alguien realmente le importe.

Exacto. A mí me importa. Por eso sostengo que la gestión debe equilibrarse con la capacidad de asombro y la emoción. Eso hace que las cosas resulten. Como antes le importaron los clientes insatisfechos o directamente abusados, hoy a Juan José Ossa le preocupan los miles de usuarios que tiene la cartera, y que emplea a 30.000 funcionarios a lo largo del país. Aparte de Gendarmería, el Ministerio de Justicia tiene a su cargo otros cinco servicios: la Defensoría Penal Pública, la Corporación de Asistencia Judicial, el Registro Civil, el Servicio Médico Legal y el Sename.

¿Cómo vuelve a su casa después de una visita a los tristemente famosos centros del Sename?

A veces francamente desesperanzado por el tamaño de la empresa, pero esas son las menos de las veces. Es imposible dejar fuera la emoción, pero las políticas públicas no son sólo emociones: las decisiones, negociaciones y soluciones no son sólo emociones. Lo importante es fijar metas de corto, mediano y largo plazo, escribirlas, separarlas, no confundirlas y entender que, aunque avancemos, la contingencia va a seguir, pues el problema es grande. Por supuesto que si yo pudiera por decreto cerrar todos los Cread hoy y tener todas las nuevas residencias de menores listas, lo haría con gusto. Darles a todos esos niños un lugar limpio, bonito, donde estén bien cuidados, algo parecido a un hogar. Mira por la ventana, y quizás para llevar su cabeza a otro lado me dice apuntando a una oficina en el edificio vecino: “Salude a la Intendencia”. Luego, vuelve a la conversación:“El tema de la infancia es prioritaria para nuestro gobierno y va mucho más allá de la división del Sename: está avanzando una nueva ley de adopción, está el tema de la imprescriptibilidad de los delitos sexuales cometidos contra menores…”. Llevamos un buen rato hablando de temas duros, y quizás porque quiere una pausa me ofrece un té. Cómo estarán los tiempos que cuando el subsecretario pide su café y mi té, se apura en aclarar que eso lo paga de su propio bolsillo.

Usted es bien melómano. ¿Tiene oído absoluto?

(se ríe) No! Estoy muy lejos de eso. El otro día pensé por un instante que mi hija (la menor de sus tres niños) tenía oído absoluto por la forma en que repitió el sonido del timbre, pero bueno, es muy chica aún. Yo tengo un oído educado que probablemente es lo contrario a tener odio absoluto. Mis padres nos dieron siempre la posibilidad de tocar instrumentos. Yo me quedé con la guitarra. El 2014 con dos amigos del colegio formó Juana (el nombre es a propósito de una canción de Lou Reed, el músico que los unió) y se estuvieron juntando semanalmente por 4 años. Él cantaba y tocaba el bajo. Al principio tocaban canciones del propio Lou Reed. Luego empezaron a versionar esas canciones al punto en que ya eran casi por completo otra cosa. Después de un tiempo, cuando se deshicieron del pudor empezaron a escribir canciones propias. “Lo más difícil fue hacerlo en español. El inglés nos daba cierta distancia y nos protegía de nuestras vergüenzas, pero logramos superar eso y al final nos atrevimos. Y hasta sacamos un disco corto. Lo pasábamos muy bien”.

Hoy no tiene tiempo… casi todas sus horas se las lleva el trabajo.

Desde el regreso a la democracia, el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos ocupa un edificio de influencia art déco emplazado en la esquina de Morandé con Moneda. En 1938 fue escenario de la tristemente célebre matanza del Seguro Obrero, donde murieron 59 miembros del Partido Nacional Socialista. No sé si fue a propósito de algún ruido, pero mi entrevistado de repente me advierte que ahí penan. 

¿Usted cree en esas cosas?

No. Por supuesto que no. Ni siquiera estoy seguro de creer en Dios. Pero al menos ahora, y desde que soy padre, le puedo decir que me gusta la idea de llegar a creer. Creo que es una herramienta que no sobra para nada. Pero más convicciones que esa no tengo en este ámbito. Lo que tengo es más bien apertura. Después de ese paréntesis de lo sobrenatural, termina con un “Pero igual dicen que penan” y sonríe otra vez.

¿Se imagina siguiendo en política cuando termine su trabajo en este edificio?

Me gusta la política. Me gusta la política pública. Estaría disponible para otro gobierno de centro derecha. Pero por el minuto mi horizonte es el compromiso que tengo de acompañar al Presidente Piñera hasta el último día, (eso descarta un cargo de elección popular, al menos para la elección del 2020). Mi buena suerte es que yo tengo una especie de seguro de felicidad: me encanta ejercer mi profesión, por eso no me quitan el sueño la política ni el poder. A continuación, baja un poco la voz: “Lo que sí le puedo confesar, con algo de vergüenza propia, es haber sido sorprendido jugando a ser político”. Me cuenta más sobre ese recuerdo, mitad propio, mitad oído de sus padres, de cuando él tenía unos 6 o 7 años. Imposible no imaginar a este hombre cuando medía la mitad de lo que mide hoy vistiendo chaqueta, llevando un montón de hojas bajo el brazo y discutiendo con alguien sobre algo que probablemente no entendía. Qué ternura. De eso han pasado muchos años. Ahora ya es todo un político: ahora sí entiende y lo que es mejor, le importa. s

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