Sergio Echeverría

NON STOP

ESTUDIÓ ARQUITECTURA, Y DURANTE AÑOS SE DEDICÓ AL MERCADO DE LA MODA COMO UNO DE LOS CREADORES DE LA MARCA SPALDING, QUE POR UN BUEN TIEMPO FUE UN ÉXITO EN CHILE Y EL EXTRANJERO, Y LUEGO LO DEJÓ EN LA CALLE. LEJOS DE DEJARSE ABATIR, SE RENOVÓ A SÍ MISMO. Y, CONVENCIDO DE SUS TALENTOS, CONSTRUYÓ UNA CARRERA EN EL MUNDO DEL INTERIORISMO DONDE HOY ES UNO DE LOS PROFESIONALES MÁS DESTACADOS DE CHILE.


A todos nos gusta la sensación de disfrutar de un rico hotel. Y de hecho, es común escuchar que para muchos, uno de sus sueños es vivir en uno. Sergio Echeverría, en cambio, sueña con cómo convertir, para otros, esta experiencia en una inolvidable. Cuál es la mejor manera de presentar los dormitorios.

Dónde tienen que estar ubicadas las cocinas. Cómo tiene que ser la iluminación e, incluso, cuáles deben ser los tapices y los colores que se tienen que usar en los sectores del restorán y las áreas comunes. Arquitecto de profesión, Echeverría comenzó su carrera profesional alejado de los planos y en 1986 creó –junto a un grupo de socios- Spalding, la icónica marca de ropa chilena que causó furor en la década de los noventa. Con ella se arriesgó a usar nuevas telas e impuso el uso del color y de texturas en un tímido, en ese entonces, mercado nacional. Llegaron a tener 15 tiendas repartidas en Chile, Uruguay y Bolivia, pero después de algunos años, y con la llegada del retail, el sueño de vestir a los chilenos, se acabó.

Dedicado hace ya más de 10 años al interiorismo, Sergio Echeverría ha sido el cerebro detrás de emblemáticos proyectos hoteleros de Santiago, como el Ritz-Carlton y el Hotel W, donde además estuvo a cargo de la conceptualización del espacio del restorán Km0. Fue mientras trabajaba en el hotel ubicado en Isidora Goyenechea que forjó parte de su exitosa carrera actual. Conocer a su ahora amigo Tony Chi, interiorista chino radicado en Nueva York que lo asesoró en el proyecto, fue en parte lo que le permitió -según cuenta- desarrollarse sólidamente en el mercado hotelero a nivel regional. “Aunque formalmente no trabajamos juntos, hasta el día de hoy tenemos un sistema que es bien interesante: él me ayuda en los conceptos, en lo que es un genio, y yo lo asesoro en la decoración, donde es más tímido”, explica.

Hoy en día, Sergio está a full. Desde hace un buen tiempo que prácticamente se lo pasa arriba de un avión: una vez al mes viaja a Buenos Aires, Bogotá y Lima, además de visitar, cada vez que puede, la oficina de Tony en Nueva York, tener París como un destino imperdible dos veces al año y visitar China por lo menos una vez. En unos meses más entregará el nuevo hotel NH ubicado en pleno Casa Costanera, donde también está trabajando en el concepto del sector de restoranes que abrirán en 2018. Pero su trabajo no se limita sólo al mercado nacional.

Hace sólo unos meses terminó la renovación del clásico Hotel Alvear de Buenos Aires y actualmente prepara -junto a su equipo- varios otros proyectos en Latinoamérica, como las nuevas residencias de lujo con servicio de amenities del hotel Alvear, ubicadas en pleno Puerto Madero, en el edificio más alto de la capital argentina; un Grand Hyatt en Colombia y la remodelación del Westin de Lima, proyecto que entregó hace siete años y que ahora le encargaron renovar.

Acabas de terminar el interiorismo del nuevo Alvear. ¿Cómo fue armar ese proyecto?
Quedó súper bien, pero fue un proceso agotador. Trabajamos durante cinco años, en los que nos tocó lidiar con toda la crisis económica de Argentina. Como no se podía importar nada, era súper complicado conseguir los muebles y los materiales para dar con el concepto que queríamos, porque tuvimos que buscar que se hiciera casi todo en la industria local. Si bien el producto argentino es muy bueno, como el mercado estaba cerrado era todo súper caro y, por ejemplo, el señor que hacía sillas estaba cobrando el doble de lo que se cobraba en un tiempo normal. Cuando ya estábamos a punto de inaugurar, con la llegada del gobierno de Macri, se abrió un poco el mercado y pudimos importar las últimas cosas que faltaban. Fue complejo, pero resultó un proyecto tremendo de bueno.

¿El concepto lo creas según cada ciudad?
Una de las razones por las que nos eligen como oficina para hacer proyectos en Latinoamérica es, justamente, porque al trabajar con diseñadores latinos se logra rescatar un poco más el carácter de cada lugar. Obviamente, si estoy haciendo el Hyatt en Colombia, debe ser un hotel que también podría estar en Estados Unidos, pero tiene que tener la identidad de uno latinoamericano. Hace diez años, todos estos proyectos los hacían oficinas norteamericanas y si ibas al Hyatt de Santiago o al de Bogotá, veías lo mismo. En Buenos Aires, Lima, o cualquier otro destino, hay una serie de cosas que son características de la ciudad y parte de nuestra tarea es ser capaces de lograr que eso se note en el hotel. Por ejemplo, en el Westin de Lima -que para mí es uno de los proyectos más importantes que he hecho, por su tamaño y calidad- realmente sientes y ves materiales propios de ese país. Todo es un poco más rústico y tiene mucho color, porque Perú es así.

Eres arquitecto de profesión. ¿Cómo pasaste de la arquitectura al interiorismo?
No sé si la profesión que elegí me gustaba realmente. Imagínate que cuando estaba en el colegio, mi duda era estudiar ingeniería o arquitectura, que deben ser de las cosas más distintas que existen. Me titulé el 85 y cuando salí de la universidad, trabajé un año completo en una oficina de arquitectos, con un primo mío, José Domingo Peñafiel. Pero lo pasé pésimo. En esa época no existía la computación, todo se dibujaba a mano y mi trabajo como recién egresado consistía en corregir planos. La verdad es que no me proyecté en eso, no me entusiasmó para nada.

Incluso, te diría que sufrí un poquito de depresión de ir todas las mañanas a trabajar. Ese año se me dio la posibilidad de abrir Spalding y me di cuenta que me encantaba el área comercial. Creo que la hotelería está más cerca de eso, porque estás diseñando algo que tiene que vender. El hotel tiene que ser exitoso, porque si no lo es, significa que mi diseño no funciona.

Fuiste uno de los fundadores de una marca bastante emblemática, que en un minuto fue todo un éxito, pero terminó cerrando después de casi 15 años.
Y esa fue una experiencia fascinante, pese a que haya terminado mal. En la tienda yo estaba a cargo del desarrollo de productos, lo que fue bastante entretenido, porque en esa época no había mucha oferta de moda en Chile. No había importaciones, el mercado era súper cerrado. Para que te hagas una idea, a nosotros la ropa nos las hacía Saville Row, que en ese tiempo era una de las fábricas más importantes del país. Yo viajaba a comprar las telas y la Francisca Sutil, que era nuestra especie de agente en Nueva York, se encargaba de embarcarlas y mandarlas a Chile. Era una cuestión súper artesanal pero muy entretenida. Spalding fue una marca que introdujo el color al clóset de los chilenos y generó un cambio en la idea de cómo había que vestirse. Nunca vendimos el traje gris con las camisas blancas. Y por eso en un momento fue tan exitosa.

 

Mirándolo con distancia, ¿por qué crees que no funcionó?
Creo que fue porque cambió mucho el mercado. Abrimos la tienda en 1986 y llegamos a tener 15 locales en todo Chile, La Paz y Montevideo, pero en los últimos años -para poder fabricar lo que queríamos- teníamos que crecer mucho en volumen, y no estábamos preparados. Cuando se abrió el mercado, todo se empezó a traer de China y de la India, entonces si antes estábamos acostumbrados a hacer 100 camisas, ahora teníamos que hacer 500 para tener un precio competitivo. La verdad es que fue una locura, pero nos tiramos a hacerlo y al final no resultó. Me pasó la típica estupidez de cuando crees que algo va a salir adelante, pero no pasa. De hecho, mi mamá me regaló una plata cuando me casé y yo, en vez de invertirla o comprar cualquier otra cosa, la metí en esta última etapa. Así lo hicimos todos los socios. Yo era bien joven, tenía alrededor de 30 años, y estaba recién casado. Cuando cerramos me quedé en la calle. Con mi mujer no teníamos ni un solo peso.

Me imagino que esa experiencia, además de difícil, debe haberte formado.
Totalmente. Cuando fracasas en un proyecto tan importante, al que le pusiste tantas ganas, es súper fuerte, pero te enseña a ser capaz de partir de nuevo. Te enseña a no aferrarte a las cosas. Creo que si hubiera seguido en Spalding tendría una vida diferente, vería las cosas de otra manera. Y a lo mejor nunca hubiera llegado a hacer lo que me gusta hacer hoy día. De hecho, fue esa misma experiencia la que me llevó a dedicarme a lo que hago ahora. Como las tiendas eran conocidas por ser súper lindas, cuando cerramos nos llamaron a mí y a Max Cummins –que era mi socio- para encargarnos las vitrinas de Almacenes París y Falabella. Hicimos un tiempo algo de eso, pero era matador.

Después participamos de una casa de decoración y montamos un clóset que fue un éxito. Así partió nuestro segundo oficio y me metí en el interiorismo. Con Max trabajamos cerca de 10 años juntos y después de hacer el Ritz Carlton, que fue el primer hotel que hice, separamos las oficinas.

¿Qué elementos sientes que son esenciales en los proyectos de interiorismo que haces?
Los proyectos se dividen en dos etapas: la primera, es armar el concepto y el layout básico de cómo funciona un hotel; y la segunda, es decorarlo. Para mí, la conceptualización de los espacios es lejos lo más importante. Yo podría no hacer la decoración y quedarme tranquilo, pero siento que si no hago la primera etapa, me arriesgo a que el hotel pueda ser un desastre. Si la cocina, la entrada o el bar están donde no deberían, los hoteles no funcionan. Lo mismo pasa con las habitaciones.

Nunca tomaría un proyecto solamente de decoración porque no tengo valor agregado en eso. Puedo decorar bonito, pero eso es una cuestión de gustos. En mi oficina sólo trabajo con arquitectos, ya que por formación son capaces de entender la espacialidad, cosa que un decorador no necesariamente entiende. Cuando trabajo busco que cada lugar sea una sorpresa. Cuando vas al hotel W, por ejemplo, entras a la recepción y ya te sientes en un lugar especial. Creo que los proyectos tienen que producir magia. Y para producirla, cada lugar debe tener su propia onda.

¿En estos años ha cambiado mucho el gusto de los chilenos? 
Te diría que el chileno hoy día sabe mucho más que antes. Ahora, además, hay una nueva oferta en Santiago de muebles, tapices y materiales que, si bien no es la mejor, es bastante buena. El desarrollo de las galerías de arte también ha influido en su gusto. Hace unos años, ese mercado estaba limitado sólo a gente con mucha plata, pero hoy día es asequible y bastante más masivo. Actualmente, mucha gente joven tiene arte en su casa y pueden tener pocos muebles, pero son muebles bonitos. La iluminación también es un ítem que los chilenos hoy día entienden.

Antes los arquitectos chilenos hacían los cielos de loza y después no tenías cómo ponerle focos, pero ahora la gente quiere contar con un iluminador cuando se construye una casa. Eso sí, el uso del color sigue siendo algo poco común y a la gente le sigue costando harto usarlo. A mí, en cambio, me encanta. Tengo dos manías que vienen de la época en la que trabajé en moda: el uso de buenas texturas y tapices, y crear ambientes coloridos.

¿Disfrutas de la misma manera un espacio hecho para ti que un espacio pensado para otros?
Los espacios para mí generalmente los disfruto poco, porque prefiero vivirlos como algo en constante cambio. Por ejemplo, como me encanta el arte, cuando llega un cuadro nuevo a mi casa, si hay que buscarle lugar, se saca otro. Más que por el espacio, me gusta por las cosas que están ahí. Y aunque es entretenida, no pretende ser un proyecto de diseño.

En cambio, disfruto enormemente los espacios que hago para terceros. Acabo de inaugurar el restorán Karai en el W y realmente gozo al sentarme ahí y ver cómo la gente lo disfruta. Siento que cuando los restoranes y los hoteles tienen un buen diseño, la gente está contenta. Cuando uno logra que las personas lo disfruten y que el espacio tenga movimiento y vida, es porque el proyecto resultó un éxito.

 

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