Saul Bellow

LA VIDA ILIMITADA DEL ESCRITOR DE CULTO SAUL BELLOW

UN MONUMENTO POP DESVANECIDO. GENIAL AUTOR, TERRIBLE PADRE. MUJERIEGO DESATADO. ESPANTOSAMENTE DIVERTIDO. SAUL BELLOW SALIÓ DE UNA INFANCIA DE EXTREMA POBREZA Y DE UNA FAMILIA LOCA DE LOS AÑOS ´30 -ENTRE MAFIOSOS Y DESESPERADOS-, A ESA EPIFANÍA CONSTANTE, LA LITERATURA. “SOY ESTADOUNIDENSE NACIDO EN CHICAGO”, COMIENZA “LAS AVENTURAS DE AUGIE MARCH”, QUE LO VOLVIÓ RICO Y FAMOSO.


Texto Mili Rodríguez Villouta Foto Getty Images

La escribió a la salida de una depresión, en el lúgubre parís de la posguerra y con ella ganó el National Book Award, el primero de sus tres Book Awards. Y después llegó Herzog, la novela que se sostuvo en la lista de los más vendidos del NY Times durante 42 semanas, con 140 mil copias en tapa dura y un millón en edición de bolsillo en una sola temporada. Bellow no paró hasta el Nobel, en 1974. Y hasta los 84 años: cuando tuvo una hija y escribió Ravelstein.

Sus novelas son un torbellino. Son el caos elevado a estructura literaria. Son juguetes desarmables. Bellow nació en 1915, en Quebec, Canadá, y luego su familia, llegada desde Petesburgo, se radicó en Chicago, donde pasan casi todas sus novelas. El extraño Chicago de la mafia y la Depresión de los años `30. En Estados Unidos, México y Europa, el
autor de Herzog vivió una vida ilimitada. En el año 2.000 se recuperó de una enfermedad que habría llevado a cualquiera a la tumba, y publicó The actual -traducida como La verdadera-, una impecable novela corta de amor, y
Ravelstein, su último libro. Un objeto de arte de más de 300 páginas.

Philip Roth garantiza que Saul Bellow es el mejor escritor del siglo XX y el británico Martin Amis está escribiendo desde hace dos años su biografía.

BELLOW NO PIENSA PASAR DE MODA

Comenzó por escribir un par de libros odiosos en su opinión. La víctima y Dangling man, “horriblemente correctos” y estaba en el tercero -que trataba de dos tipos conversando en un hospital, uno que se quería morir y el otro que no-, en pleno invierno en Europa -cortesía de la beca Guggenheim-, cuando vio correr el agua en las calles de París. Una mañana en que se dirigía totalmente cabizbajo a la oficina tétrica donde se masoqueaba con su tema hospitalario, sucedió algo que siempre intentó poner palabras y no pudo: ese cruce de frío y agua brillando bajo el sol, lo despertaron y lo llevaron a esa zona de su cerebro repleta de humor y de verdad desde donde escribió Las aventuras de Augie March y todo lo demás.

Por todo lo demás fue que siguió tan campante como Johnny Walker. Había comentado con su maliciosa franqueza que el Nobel contenía una secreta humillación: el hecho de que no se lo hayan dado a una buena cantidad de genios.

EL IDILIO FAMILIAR

“Nací dentro de un chiste judío”, escribió Philip Roth, que heredó su mundo de los barrios polacos e italianos, de las novelas de campus con sus peligrosas jovencitas, y especialmente los descarados retratos de familia judía tomados
de la pura realidad. El idilio familiar, que dijo Freud. Que es donde nacen los temas más picantes y vitales de Bellow.
En su caso, una familia toda disfuncional, comenzando por el padre, un vendedor que tenía “el talento de fracasar” y un mal genio horroroso, y una madre sumisa que murió cuando Saul tenía 17 años. Más que su padre, su hermano
mayor Morris pasó a ser su punching ball. Su padre decía que el único de sus hijos que no trabajaba era Saul. Morris, bastante pronto se hizo millonario, incluso aliado con personajes de la mafia.

Saul encontraba que Morris, con su bombín, sus pañuelos de seda y sus zapatos puntudos de gamuza tenía pinta de hampón, y con esa pinta, aunque estuviera en el negocio más legal del mundo, parecía que estaba preparando un atraco. Digamos que Morris se casó con el dinero y con todas sus ostentaciones: 100 pares de zapatos, 50 trajes, autos grandes. Estaba forrado. Un tipo buenmozo que terminó muy gordo y muy amargado. Lo retrata en Las aventuras de Augie March como el arribista delirante, de una comicidad explosiva, involuntaria. Aparece en sus libros con distintos nombres, diciendo barbaridades. A su lado, Saul es un ser inclasificable, que termina sin ánimo la universidad -se graduó en Antropología- y que no sabe qué hacer con su vida aparte de dejar plantadas a sus novias, y leer filosofía -libros robados o de las bibliotecascomo un poseso.

Para él, Morris era a ratos un personaje aceitoso, amontonado en un traje caro. Morbosamente caro. Cuando recibió el Nobel, la reacción de su hermano fue preguntar si el dinero se lo darían en cash, y con o sin impuestos. Pero también le hace decir cosas notables como: “He pedido que me incineren. Necesito acción. Prefiero entrar en la atmósfera. Búscame en los partes meteorológicos”.

TENGO UN PLAN

En su infancia en August Street conoció a Augie March, que se llamaba Charlie. Era un niño luminoso que siempre decía “¡Tengo un plan!” cuando jugaban cartas o se escapaban en tranvía, o hablaban por teléfono a través de dos latas de conservas atadas con un cordel. Todo era inmensamente autobiográfico, toda la obra de Bellow. Siempre se metía en problemas cuando publicaba una novela. Un tipo que amaestraba águilas en México -un norteamericano llamado Mannix- lo persiguió para que pusiera su verdadero nombre al personaje. Varias de sus esposas -tuvo cinco- le montaron juicios por difamación. Con Ravelstein, la última, y vaya que fue bastante injusto, fue acusado de traición por revelar la homosexualidad de su amigo, el filósofo Allan Bloom, genio y figura de Ravelstein.

El amaestrador Mannix, “había aparecido en Taxco como caído del cielo”, y por eso escribió que Thea Fenchel, la estupenda amante de Augie March, intenta enseñar a un águila llamada Calígula, a cazar a los grandes lagartos que viven o vivían en las montañas del centro de México.

Bellow y Anita, su primera esposa, estaban en Taxco en el verano de 1940, gracias al seguro de vida que le dejó su  madre, 500 dólares. “Después de haberme pasado casi toda la vida en Chicago, esa ciudad aburrida, rancia, monótona y baldía, necesitaba barbarie, color, glamour y aventura. Así que Anita y yo cogimos un autobús”. “El México de entonces era todo lo que D.H. Lawrence contaba, y mucho más. Allí no había tíos ni lazos familiares. Me daba un poco de miedo, lo reconozco”.

CÓMO SALIRSE DE UNA GUERRA

Bellow quiso participar en la Segunda Guerra Mundial, pero fue rechazado por el Ejército, así que se inscribió en la marina mercante, como para no quedarse sin uniforme, aunque precisamente su primera novela se trata de los intentos de un soldado de salirse de una guerra. “Parece que de joven fui un sufridor de campeonato. Y luego me cansé de la solemnidad de la queja, perdí la paciencia con ella. Obligado a elegir entre la queja y la comedia, elijo la comedia”.

Porque cuando Bellow se puso a escribir en serio, fue cuando empezó a escribir en broma. Hizo un uso cómico de la queja. En el fondo estaba esa broma negra que se originaba en las monumentales desgracias del pueblo judío, pero nunca se dedicó al tema con la severidad de Bernard Malamud o Isaac Bashevis Singer, o Roth.

Con Las aventuras de Augie March descubrió que su versatilidad políglota se había convertido en un lenguaje libre, fresco, que lo posibilitaba todo. “El lenguaje puede ser restrictivo o expansivo. ¿Por qué habría de obligarme a escribir como un inglés o como un colaborador del New Yorker? Me di cuenta de que podía escribir como me diera la gana.” Todo su trabajo contenía a partir de entonces, una desobediencia al panorama WASP de Nueva York y Harvard. Con Nueva York tuvo siempre una relación de amor-odio.

De esa novela, Norman Mailer -ya en la cumbre- dijo, picado: “Es un documental de interés turístico para tímidos intelectuales”.

HERZOG, SU CORNUDO

“Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, pensó Moses Herzog”. Así comienza Herzog, que fue “un pelotazo editorial”. Es una novela furiosamente divertida. La más lamentablemente personal: su segunda mujer, Sondra, lo abandonó por su mejor amigo, el académico Jack Ludwig.

La ex mujer y el ex amigo lo tenían loco. En una fiesta alguien se acercó a Ludwig: “Me han dicho que conoces a Saul Bellow”. “¿Conocerlo? -dijo-. Me estoy acostando con su mujer”.

El crítico Julian Moynahan, del New York Times, consideró que la novela-venganza, era una joya, y que Herzog era un “cornudo encantador”.

Bellow tuvo que rehacer casi íntegro el libro porque en un asalto al correo se perdieron 50 páginas. Los atracadores escaparon en un Cadillac amarillo y lanzaron los folios al oeste del río de Chicago. Hasta la publicación de Herzog, Saul, alto, delgado, bastante guapo, incansablemente simpático, había vivido de sus mujeres, de las becas académicas y de la generosidad de sus amigos.

En 1987 publicó Son más los que mueren de desamor. Otro pelotazo editorial y long-seller.

DEBUT Y DESPEDIDA

En cuanto a Allan Bloom, ya había muerto cuando se convirtió en su objeto literario, pero es que el sistema Bellow, que consistió siempre en copiar las cosas del natural, cabreaba (para decirlo en el lenguaje de sus traductores) muchísimo al personal.

Igual que Truman Capote, él consideraba sencillamente que esos libros eran legítimo producto de su observación, y ni siquiera se explayaba teóricamente sobre el hecho de que una vez escrito, todo es ficción.

Precisamente en Ravelstein, escrita a esa edad sideral, a los 85, está el método Bellow por todo lo alto: y como en El legado de Humboldt o El planeta de Mr. Sammler, la historia es el personaje. Pero el referente real más freak de Ravelstein fue que Saul impulsó a Allan Bloom a escribir un libro de ensayo que se convirtió en un fenómeno editorial, y transformó a su amigo, de profesor universitario de bajos ingresos, en un tipo que se alojaba y alejaba en el Ritz de París. Rodeado de alfombras persas legítimas y ceniceros Lalique y una corte de alumnos fans. Y abrigos de ¡visón! Amén de un humor macabro pero fino y de Niki, su novio oriental, dulce compañía.

Se dijo que Bellow excavó en la personalidad de Bloom por envidia. Por haber pavimentado él mismo (que vivía en la super abundancia) un camino de rosas y dólares para su amigo filósofo. No era la primera vez que le pasaba algo así: cuando tenía 15 años escribió con su amigo Syd Harris una novela. Sydney le impresionaba porque era capaz de decirle “Ándate a la cocina, zorra inglesa”, a su madre, mientras ella le contestaba: “Tú no eres hijo mío. Me dieron el cambiazo (sic) en el hospital”.

Y era puro teatro. Igual a veces Sydney se pasaba. Los dos se encerraban a leer libros esotéricos y a escribir poemas, cuentos, novelas, ensayos políticos, cosas de las que no tenían ni idea. Cuando terminaron la novela, dejaron que el azar decidiera quién la llevaba a Nueva York para que la publicaran. La moneda cayó del lado de Sydney, que se largó inmediatamente con el manuscrito, con los 60 centavos que eran ahorro común, y algo más: una autonomía de vuelo tremenda.

Desde Nueva York le escribió que estaba alojado en el Riverside, con John Dos Passos, que estaba alucinado con su talento. Que Dos Passos tenía seis perros Pomerania blancos y los sacaba a pasear dos veces al día con tres correas dobles. “Covici, el editor, le había dado un adelanto para que escribiera un libro sobre la juventud revolucionaria de Chicago y le había soltado un anticipio de 200 dólares”.

Al adolescente Saul lo interrogaron en la comisaría, en la sección de Personas Desaparecidas, pero no confesó dónde estaba el esfumado Sydney. Lo cierto es que el co-autor hizo su debut: volvió en tren, convertido en un pequeño dios de la literatura y por supuesto no publicó jamás nada, ni siquiera el libro del encargo.

 

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