Rodrigo Bauzá

INDUDABLEMENTE, RODRIGO BAUZÁ ‘TIENE ÁNGEL’. Y CÓMO NO, SI PRÁCTICAMENTE DIO SUS PRIMEROS PASOS ENTRE LOS PARRONES PISQUEROS MÁS CODICIADOS DEL LIMARÍ, RODEADO DE ESA EXTRAÑA ABUNDANCIA QUE SURGE COMO OASIS EN MEDIO DE LA IMPLACABLE ARIDEZ NORTINA.


Texto Richard Sharman Foto Pato Mardones

Evidentemente algo de esos singulares parajes cordilleranos de su infancia quedaron marcados en su carácter, porque su mera presencia transmite ese casi extinto optimismo que perdura en los recuerdos de verano y uno que otro día viernes de fin de semana largo.

No es casualidad que las recepciones en su departamento sean de las más memorables de Santiago. El arte de entretener lo aprendió -como afirma él mismo- “por osmosis”, siguiendo el ejemplo de sus padres quienes juntos orquestaban inolvidables encuentros. “Familiares, amigos, amigos de amigos, amigos de familiares, pololas, pololos… mi casa estaba siempre llena de gente y mis papás eran lejos los mejores anfitriones porque sabían perfectamente cómo pasar de la planificación a la espontaneidad sin estresarse. La premisa era pasarlo bien… gozar. Por lo mismo fue que crecí con ese arraigo de la celebración y esa predisposición a la familia extendida. A mis amigos los cuido muchísimo y a mi familia también”. Bauzá escoge sus palabras con pinzas y escucha con detenimiento a su interlocutor, mirándolo a los ojos en una forma que solo en él no resulta intimidante sino cercana.

“Me gusta disfrutar la vida, pero no me interesa hacerlo solo. Ese afán por compartir es definitivamente herencia de familia pisquera. La camaradería es algo muy propio del chileno y si te fijas, donde más se da es en torno al pisco. Desde un pisco sour en el aperitivo a una piscola el viernes después de la pega: el pisco reúne a la gente y por eso me enorgullece tanto ser parte de esta tradición”.

Viste impecable y sin embargo en un par de horas viaja a Limarí con un periodista británico que está haciendo un reportaje acerca de sus preciadas uvas Moscatel Rosadas. Es un viaje que realiza al menos una vez por semana a la Hacienda Bauzá en Varillar, Monte Patria, por lo que sabe perfecto cuánto tiempo necesita para tomar el vuelo justo a tiempo y maximizar su día laboral. Su oficina en Santiago tiene un enorme pizarrón blanco en el que junto a su equipo va articulando y monitoreando a la marca como si se tratara de un episodio de Homeland. Los vidrios también están rallados y por todas partes hay cientos de botellas de los mejores destilados, vinos y licores del mundo. Sin que se le pida, se sube al escritorio para alcanzar uno y te muestra un imperceptible detalle de diseño que ha estado estudiando últimamente. Sin haber terminado, saca otra botella de una caja, esta vez una de Pisco Bauzá que no reconocemos. “Es la primera botella de Bauzá” -dice como si estuviese presentando a su hijo recién nacido-. Su entusiasmo es tal, que cualquiera cae rendido ante sus relatos pisqueros.

 

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