Paz Valenzuela y Eduardo Aldunate

PROVIDENCIA

EN UNO DE LOS EDIFICIOS MÁS CLÁSICOS DE PROVIDENCIA, PAZ Y EDUARDO HAN CREADO UN ESPACIO ÚNICO EN QUE CONVIVEN LAS INCREÍBLES HISTORIAS, ANÉCDOTAS Y ANTIGÜEDADES QUE HAN COLECCIONADO DURANTE SUS 53 AÑOS DE MATRIMONIO. 


Texto Richard Sharman Fotos Sebastián Utreras

Entre la sobriedad de materiales aparecen sin falta las chispas de humor y celebración que caracterizan a la pareja, evidentes desde el primerísimo encuentro con ambos al cruzar la puerta. Este es un hábitat definido no sólo por la elegancia de su acopio material, sino también por el incuantificable valor inmaterial tras cada objeto; desde la foto autografiada de Marilyn Monroe, a panteras de cerámica enlacada y enormes óleos de la aristocracia francesa, cada pieza tiene su historia, y no existen mejores narradores que sus mismos dueños para darles vida. Entre pesadas cortinas y enormes lámparas de lágrimas, aquí las reliquias francesas e italianas, lejos de intimidar al visitante, lo invitan a investigar, examinar y maravillarse.

“Este departamento tiene un tema no menor de luz eléctrica. Hay pocos enchufes, y los muros son tan gruesos que ponerse a romperlos es casi sacrílego. Por lo mismo es que los colores y texturas se acoplan muy bien a la luz solar y a cómo ésta varía durante el día. Tengo una relación cercana con los objetos por haber sido anticuaria durante muchos años. Viajaba a París y Roma a buscar las mejores piezas y las traía a Chile, aunque obviamente esto significaba que muchas veces ni siquiera alcanzaba a pensar en venderlas y me las quedaba.

Es interesante el tema de los objetos, porque muchos se heredan, pero muchos se adquieren, y así se va dando una mezcla absolutamente representativa de la vida misma: un encuentro entre lo que te tocó y lo que eliges proactivamente para ti y tu propia familia. Soy maniática de la simetría, pero no pretendo en ningún momento vivir en un museo. Si tengo cosas lindas, es para que se usen; esta es una casa para la familia, para los amigos. Mi papá nos tenía prohibido sentarnos en ciertos sillones, tocar ciertas cosas, y a mí eso de “los objetos sagrados” me patea.

Nos encantan las visitas, nos encanta que vengan nuestros hijos, nietos y amigos y que usen nuestra casa… para eso está. Adoro cocinar, y la comida siempre reúne a la gente, pero todo cocinero sabe que para comer, cocinar no basta. También tiene que existir un espacio que se acople a todo lo que rodea la ocasión, haciendo del más simple almuerzo una memorable celebración”.

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