Paolo Bortolameolli

A LOS 8 AÑOS YA TENÍA CLARO QUE QUERÍA SER DIRECTOR DE ORQUESTA. EN TERCERO MEDIO DEBIÓ DEJAR EL COLEGIO PORQUE ERA INCOMPATIBLE CON ESTA PASIÓN. “EMOCIONALMENTE FUE DIFÍCIL, LA MÚSICA TE PIDE EXCLUSIVIDAD, ES MUY CELOSA”, CONFIESA. PERO VALIÓ LA PENA, HOY ES DIRECTOR ASISTENTE DE LA FILARMÓNICA DE LOS ÁNGELES, LOGRO QUE SOLO UN CHILENO HABÍA ALCANZADO: EL MAESTRO JUAN PABLO IZQUIERDO EN LA FILARMÓNICA DE NUEVA YORK, EN LOS TIEMPOS EN QUE SU DIRECTOR ERA LEONARD BERNSTEIN.


Texto Manuela Jobet Fotos Josefina Pérez y Juan Millán

Cuando Paolo Bortolameolli (35) habla de música clásica, lo hace con pasión, una pasión que se nota incluso a través de la cámara de Skype que nos conecta. Gesticula, pronuncia cada letra con exactitud y se detiene también cuando reflexiona sobre los misterios de este arte tan lejano para algunos. Tal como si estuviera en el podio dirigiendo a una orquesta, batuta en mano.

Creció en una familia en la que las artes siempre fueron parte de la cotidianeidad. En su casa se leía mucho, iban a museos, al teatro, pero la música siempre sonaba de fondo. Unas veces envasada, otras saliendo del piano en el que aprendió a tocar, y en el que años antes lo había hecho su abuelo, quien le transmitó esta pasión. “Empecé con clases particulares a los 14 años. Después entré a estudiar al Conservatorio y estudié también Dirección de Orquesta en la Universidad de Chile. Después me seguí formando en Yale y en el Peabody Institute en Estados Unidos. Siempre fui un loco por la música, escuchaba todo el día. Mis mesadas las gastaba en la Feria del Disco y todos los viernes iba a escuchar a la Sinfónica, sin importarme lo que tocaran. La obsesión por la música me formó mucho”. A los 8 años fue a su primer concierto. Ahí, después de escuchar en vivo la Quinta de Beethoven y conocer al director de esa orquesta, decidió que era eso a lo que quería dedicarse. “Siempre he pensado que todos los seres humanos tenemos talentos, el punto es encontrarlos. Lamentablemente algunos no tienen esa dicha, y hay otros que los descubren de mayores. Yo me siento muy afortunado de haberme cruzado a los 8 años con lo que me tocaba las fibras más íntimas”.

Entender lo que hace Bortolameolli -que es más que solamente mover la batuta-, es entender también que dentro de una orquesta él es el único que maneja las partituras de los 20, 50 o 90 músicos que la componen. Él es quien los guía y hace que todo cuadre con sus movimientos. La función más básica del director se relaciona con lo visual, con hacer que todos vayan juntos. Pero va mucho más allá. De hecho ésa es la función última. Antes hubo un trabajo de equipo relacionado con la interpretación, para lo que se requiere mucho liderazgo y sicología. “En una sinfonía las notas siempre van a ser las mismas, el director no puede cambiar esas indicaciones que el compositor dejó plasmadas en papel, y a pesar de que pueden ser muy específicas, no son absolutas. Siempre, siempre hay terreno para la interpretación, para decodificar sus códigos”. Esa anotación que intenta ser específica, siempre es interpretable: las intensidades, la duración de una nota, su volumen. Es el director el que va moldeando esos parámetros a su manera de interpretar.

Dejó la Scuola Italiana en tercero medio, cuando su carrera empezó a tomar fuerza y los viajes le impedían cumplir con los requisitos de asistencia a clases. Se cambió al Athletic Study Center (el mismo del que salió el Chino Ríos), y a punta de disciplina fue dirigiendo diferentes orquestas en Chile, Argentina y varios países de Latinoamérica. “Fue duro enfrentarme a la vida sabiendo que me quería dedicar a esto. Si bien fue mi opción y tracé este camino siendo muy joven, implicó sacrificar muchas cosas. Emocionalmente fue difícil, pero la música te pide exclusividad, es muy celosa”.  

Su debut profesional fue en 2013 con la Filarmónica de Santiago en el Caupolicán, días después que se incendiara el Teatro Municipal, donde debía tocar. De ahí en adelante se inició el ascenso. Comenzaron a llegar invitaciones a dirigir diferentes orquestas. Pero lo más grande vendría en 2016, cuando se ganó un espacio para hacer una pasantía de dos meses en la Filarmónica de Los Angeles, para la que solo había tres cupos. “Yo no competí con los otros porque las circunstancias ayudaron. Estaba participando en la Mahler Competition y en el jurado estaba la presidenta de esa Filarmónica. Al terminar me dijo que quería que trabajara con ellos y le habló de mi a Gustavo Budamel, el director titular, que es la referencia mundial de la dirección de orquesta, y le gusté.  Mandé videos y a las dos semanas ya estaba contratado. Fue un sueño”.

Ese paso fue el inicio de una carrera que no ha hecho más que ascender. Hoy está en su segunda temporada como director asistente de la Filarmónica de Los Angeles. Un logro que solo un chileno había alcanzado: el maestro Juan Pablo Izquierdo en la filarmónica de Nueva York, en los tiempos en que su director era Leonard Bernstein, uno de los más importantes del siglo XX. “La Filarmónica de Los Angeles es la reina de las orquestas, todos la están mirando. Y Gustavo es autoridad en el tema. Mi puesto es absolutamente profesional, no hay un gramo de clase. Es una experiencia de crecimiento constante que te enriquece mucho. Se aprende de música, de relaciones, de todo. Por osmosis. Es como ser el asistente del DT del Barcelona”.

De chico escuchabas música clásica, ¿qué sentías al oírla?
Soy un convencido de que la música clásica de aburrida no tiene nada, de hecho, es tremendamente variada, activa, intensa, apasionada, fuerte, desgarrada, alegre, trágica. Con ella pasa de todo. Yo no conozco otro tipo de música que tenga tantos contrastes, y lo digo en serio. Me puede gustar un buen grupo de rock, y me gustan varios, pero a la larga la variedad que existe entre las canciones de un mismo grupo son las letras, porque la música, salvo en muy contadas excepciones, no tiene un espectro de contraste tan amplio. Si escuchas música clásica te vas a dar cuenta de que no hay un hilo conductor, que pasa por muchos estados anímicos extremos en una misma obra. Una sinfonía puede partir en la tragedia misma y terminar exultante de felicidad. Contrasta mucho. Es casi esquizofrénica, pero esa es la gracia.

Tiene fama de anticuada.
Está mal asociado eso de decir que se quedó antigua o que se quedó casi decimonónica. La que se ha escrito en el sigo XX superó con creces cualquier otro tipo de estilo en cuanto a vanguardia, a disonancia. Es música que se escapa de todas las reglas y que al final llena el espectro de ruidos, de cosas estruendosas que no son para nada la típica música de ascensor. Todo lo contrario. Creo que uno de los mayores problemas que tiene la música clásica como producto, es que la gente desconoce que el margen es súper amplio. Uno la acota al vals que escucha en el supermercado o a la que ponen en los comerciales, pero no, su evolución musical es gigante. Pasa de las cosas más oreja y “silbables” a otras que son absolutamente indescifrables, incluso para escucharlas.

¿Qué es lo que más te gusta de tu rol de director?
Liderar. Y eso tiene que ver con ser parte de un equipo, generar cierta empatía, conciencia de trabajo en conjunto, de que todos creemos en esa versión que estamos interpretando mientras duran los ensayos. En un concierto toda esa energía se canaliza, la manera en la que te conectas con los músicos visualmente, gestualmente. Todos los gestos que se ven en un concierto son la suma del trabajo que se hizo en los ensayos. Es ahí donde el director hace parar, corrige, revisa acordes, hace tocar a unos primero, después a otros. El armado de ese puzle siempre va a depender un poco de si eres capaz de liderar, de generar energía común y sacar lo mejor de cada músico. El mover la batuta en un concierto es una especie de recordatorio de lo ensayado, pero también es una última inyección de energía interpretativa, lograr vínculo con una orquesta, que los músicos se escuchen y que de alguna forma bailen contigo sin pisarse los pies.

¿De dónde surge tu interés por acercar este tipo de música a la gente?
Hay una cosa que tiene que ver con la responsabilidad del artista. Creo que parte de nuestro rol es generar instancias de puente y no cerrar puertas. Pienso que el principal error siempre ha sido cercar el arte como si fuese una cúpula sagrada, inaccesible, a la que no debiesen entrar los que no tienen la tarjeta VIP. Y una de las cosas que respalda creer que el arte sí es para todos, es que ha estado presente desde los orígenes de los tiempos. Si hay algo que nos define como especie, es que el arte siempre ha sido un idioma tremendamente universal, una necesidad intrínseca del ser humano de expresar cosas que son irrepresentables con los medios cotidianos como el hablar. Necesitamos ese escape, decir las cosas de otra forma. El arte es de todos, no nos pertenece a los artistas.

¿Qué aspiraciones tienes para el futuro?
Pasan muchas cosas simultáneas, porque obviamente cada semana en que estoy acá en Los Angeles la aprovecho mucho, pero en paralelo está el desarrollo de mi propia carrera como director invitado. Me encanta ese período. Me permite conocer nuevas orquestas, trabajar con grupos nuevos, hacer repertorios distintos. Cada invitación es un desafío. Obviamente llega un minuto en el que uno quisiera tener una orquesta propia, ser el director titular. Así pasas más tiempo con esa orquesta, la gente se transforma en tu familia y puedes desarrollar otro tipo de proyectos. Cosas como generar vínculos con la comunidad que te rodea, crear instancias imaginativas para atraer gente joven, programas educativos, y puedes diseñar la temporada, decidir a quienes invitas, conseguirte fondos. El proceso que estoy viviendo a es bonito y bueno para que te vean. En mi caso coincide también con otros intereses que son la formación de audiencias, de educación (por eso tengo mi programa Ponle Pausa) y hace poco hice una Ted Talk en Nueva York. Todo eso tiene que ver con mi interés de acercar a la gente a la música clásica. De hacerlos conectar, que se sorprendan.

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