Juan Pablo Johnson

LA LARGA HISTORIA DE UNA PARTE PEQUEÑA, CERRADA Y LLENA DE CÓDIGOS MISTERIOSOS Y ABSURDOS DE LA VIDA SOCIAL DE UNA CIERTA CLASE CHILENA, LA MÁS PODEROSA Y A SU VEZ LA MÁS COMPLEJA, ES LA QUE HA ALIMENTADO LITERALMENTE JUAN PABLO JOHNSON LOS ÚLTIMOS 30 AÑOS. EL MÁS DESTACADO E INFLUYENTE BANQUETERO QUE HA EXISTIDO, EL QUE INVENTÓ UN ESTILO, SE RETIRA. REPASAMOS SU VIDA.


Texto Nina Mackenna Fotos Sebastián Utreras y Fernando Gómez

Pablo Johnson tiene 58 años y no tiene canas, ninguna. Se ha dedicado la vida entera a hacer los más fabulosos banquetes para sus clientes y las más fascinantes fiestas para sí mismo y sus amigos. Ha ejercido una profesión que, como la conocemos, la inventó él y cuyo nombre no existe en la RAE: la banquetería.

Habla bajo y calmado casi todo el tiempo, hasta que habla alto y se exalta, los ojos se le salen de las orbitas y alecciona a su interlocutor aleteando los brazos, con pensamientos que brotan de la guata, sin reflexión, sin cocimientos de fuego lento y largo, solo emergen, instintivas, sus ideas. Después de conversar con él un rato, se entiende que en su vida las cosas simplemente fueron sucediendo. Jamás fueron parte ni de un plan ni de algún trazado de hombre visionario, sin embargo, todos sus pasos han sido, muy a pesar de su intención, una especie de zancadas de gurú que consigue ver allí donde otros están ciegos.

No es alto, su signo es Géminis, siempre ha sido buenmozo y seductor. Cual Miguel Bosé ha irradiado un encanto que lo ha hecho atractivo para hombres y mujeres por igual, y como todo un hombre sin edad, ha atraído a gente sin edad.  Su círculo de amigos es enorme y variado, anticuado y moderno, joven y viejo, conservador y progre, sano y reventado. Toda la jungla que se podía encontrar en Santiago era -y sigue siendo- protagonista segura de sus épicas fiestas de cumpleaños en donde, al igual que en sus eventos -sean matrimonios, comidas para presidentes, recepciones para un rey, aniversarios de revistas- se ha tomado el mejor champagne, se han comido los mejores platos, se ha bailado la mejor música. Él se define como un creador de atmósferas y de eso se trata para él su trabajo, de crear un ambiente del cual no se quiera salir. Así ha sido desde siempre, así ha sido al menos desde 1990, cuando a los 30 años volvió a nacer. Pero ya llegaremos a eso.

En medio de esa atmósfera johnsoniana siempre estuvo él, dirigiendo, moviéndose rápido, dando instrucciones, jamás quieto, jamás sereno.  Como un rey de su propio mundo y un amo bondadoso de sus palacios, uno en Colina y otro en la calle Bustamante en Santiago, han transcurrido sus días, hasta hoy, en que ha decidido retirarse.

Siempre se vistió igual. La ropa nunca le ha importado mucho.

El sweater de cuello redondo desde donde asoma un cuello de camisa sport es como su sello personal y acrecienta su imagen de ser humano sin edad, como una especie de niño ordenado y clásico. Así como se viste piensa y siente. Pertenece a una generación en que el pudor y el recato eran un valor supremo, por lo mismo, no regala demasiada información. Ante cada pregunta asoma su angustia de tener que exponerse, de tener que tranzar esa finura interior que le indica quedarse mudo y no revelar, pero que, a su vez, dado el peso de la vida transcurrida, tan bien vivida, lo empujan a hablar. Con dificultad y medio tartamudo cuenta sus experiencias y lo que ha significado trabajar literalmente alimentando el complejo y enigmático estómago, y de pasada ego, de la clase más poderosa de Chile.

Partamos por La Casa 86, yo no sé qué represente para ti, pero para mí al menos, es el inicio de una época. La partida de algo del todo diferente.
Para mi también, fue ahí donde me di a conocer. Yo hice el restaurante con Hernán Trivelli. A Hernán le encargaron hacer y decorar el restaurante y él me ofreció hacerme cargo de la cocina.

Pero, ¿que hacías antes de la Casa 86?
Yo ya había empezado a hacer algunas cosas chicas, empecé a cocinar el año 85.  El tema cocina estaba muy presente en mi familia. Mi mamá hacía -y hace hasta hoy- la comida para un colegio. En esa época yo tenía un tío abogado al cual le hacía comidas chicas en su casa. Así partí. De a poco. Estudié hotelería porque tenía relación con el tema que me gustaba. Mi mamá era cocinera, mi hermana también. Ella era la que cocinaba bien, habíamos tomado clases con la Verónica Blackburn y con la Pilar Bacarreza, nos fascinaba el tema. La inauguración de la Casa 86 fue de las primeras cosas grandes que hice. Y el restaurante, que fue un éxito, estaba en el garaje de la casa que quedaba en El Golf, en la casa que había sido de los Matte. Todo el mundo pasó por ahí y así conocí mucha gente. Mi primer gran cliente fue Revista Paula, Roberto Edwards. Él fue mi mentor. Trabajé la vida entera con él, con todas las directoras de Paula, hice de todo, era tipo la nana.

En esa misma época partió la costumbre de contratar mozos jóvenes; estudiantes buenos-mozos. Fue Pablo quien empezó con eso. Primero fueron sus primos, sobrinos, y de ahí en más el espectro empezó a ampliarse. “En los 80 la gente joven, estudiantes, trabajaban. Se pagaba muy bien y esa juventud era bien trabajadora. Comenzó ese boom de estudiantes/mozos que nunca se había visto antes y que fue un factor diferenciador de los eventos que yo hacía. Después vinieron los 21 años de Paula que me los encargaron a mi, en la Casona de Las Condes y me fue increíble.  Luego vino la fiesta para Cecilia Bolocco cuando salió Miss Universo, en el Club Hípico, lloviendo”.

Las otras revistas vendrían después y con ellas, reportajes y entrevistas al nuevo ídolo de los eventos que le trajeron una fama inesperada para un personaje que trabajaba tras bambalinas. Y un poder enorme también. “Caras, Elle, Ed, Paparazzi; yo hacía todas las fiestas de aniversario y eventos que hacían las revistas. En esa época yo no tenía competencia. No había otra persona, yo era la primera persona de una generación joven que había estudiado el tema. Cuando empecé todo era pobretón, sin ninguna sofisticación. Uno iba inventando los recursos de decoración en la marcha. No había información, piensa tú que en esa época no había Instagram o Google donde ir a mirar e inspirarse. No había nada. Hasta pocos restaurantes había. Yo fui descubriendo y creando un estilo. Obviamente muy influenciado por personas que me marcaron y que su visión estética me fue influyendo, como la Ximena Urrejola, mi ídola, Luigi, Trivelli, La Francisca Lira.  Esa cosa medio campestre, medio cachahuino, medio Trancoso (Brasil) en sus inicios, así fui moldeando mi estilo”.

Pero, ¿tus referencia estéticas de dónde vienen, fuiste un niño lector, un mirón, viajero?
Fui un niño mirón, observador, también fui muy viajero. Desde muy chico empecé a viajar. Me gustaba.  También puedo decir que siempre me gustó la fiesta, la celebración. En 1979 fui a Nueva York por primera vez y pasé el año nuevo en el Studio 54. Siempre me gustó la dimensión del servicio y lo que hay detrás de una fiesta. Si te fijas, en mis fiestas personales, yo siempre me estoy moviendo, atendiendo, sacando vasos sucios, en fin. Nunca me verás quieto conversando. Me gusta atender. Me pasa incluso cuando voy a otras casas, ando ordenando, limpiando los ceniceros. Soy muy maniático.

¿Y tu familia te influyó en tu ojo estético?
No, nada. Cero

Ya, ¿pero si uno va a la casa de tú mamá o de uno de tus hermanos, ninguna de esas casas tiene el look de la tuya, ese aire mezcla de hippie chic, cuidado/descuidado, relajado, ecléctico, vivido?
Te juro que no. Eso yo lo fui aprendiendo trabajando, viajando y con el tiempo. Mis grandes influencias como te comentaba antes fueron Luigi, Hernán Trivelli. Trivelli más que nadie. Él era un artista. Hacía maravillas con dos pesos cincuenta. Luigi también. Era muy creativo y muy vivo también, siempre decía: “pa ti, pa ti, 3” y a él le costaba un centavo. Era tan divertido. Su casa era totalmente ecléctica y esa estética era muy atractiva. Sabía mezclar. A mí me encantaba su ojo. Nos caíamos bien. Nos hicimos amigos de grande. Nos tocó trabajar juntos muchas veces. Después apareció la Francisca Lira. Esa fue toda una época. Nos asociamos en la florería. Ella era florista y se hizo muy conocida. Yo era banquetero, no sabía de flores, entonces me empezó a tocar trabajar mucho con ella. Después de un tiempo, saqué las cuentas y nos asociamos. Teníamos la tienda en Américo Vespucio. Fuimos socios por 11 años y amigos la vida entera.

¿Por qué terminaste tu sociedad con la Francisca Lira?
Con el tiempo empecé a sentir que yo no era florista y que solo era banquetero, así que empecé de nuevo a poner las flores como banquetero, más simple. La Francisca era más producida, las flores eran su tema, quería hacer otras cosas. Me independicé.

Te tocó toda esa época del boom de los eventos, ¿como partió todo eso?
Hice eventos primero, los matrimonios vinieron después. Justo cuando empezó la apertura económica del país con las mineras, los bancos, en fin, todas las empresas extranjeras que comenzaron a llegar. Ahí venían los ejecutivos de otros países, hacían comidas y tenían requerimientos que fueron subiendo el estándar. Eran exigentes. Por ejemplo, venía la comisión de avanzada del dueño del Banco Santander. Te entrevistaban y empezaban las preguntas: quiero la silla estilo XX y por supuesto que la silla no existía. Y las copas de tal forma. Y no existían las copas que pedían. Esto es lo que hay, y no había nada. Había que ingeniárselas con el recurso que había nomás. Yo me las fui arreglando y logré representar bien lo que esta gente quería. En esa época se empezaron a hacer fiestas enormes por cualquier motivo. Había plata y la gente gastaba. Los laboratorios lanzaban un perfume nuevo, ahí venía la fiesta enorme, las marcas de ropa, las revistas. Todo eran fiestas y yo las hacia todas.  Ya estando más solvente empecé a viajar a comprar cosas y así el look y la atmósfera que yo le daba a mi estilo era cada vez más especial y profesional. Me costó entrar a los matrimonios. Pagaban mucho mejor los eventos y además eran más creativos. Los matrimonios no eran tema aún. Fue lo más difícil de entrar. Mis primeros matrimonios fueron en Viña.  Allá la gente era mas moderna, más relajada. A mí me encontraban muy de vanguardia, muy hippie para la idea que tenían de los matrimonios en Santiago. De a poco mi estilo fue penetrando hasta que llegué a la gente que quería llegar. Le costó a la gente aceptar mi estilo. Bueno, pero tuve mis clientes regalones, los Said, don José, los Errázuriz, don Juan Eduardo. La gente es bien copiona y como ellos se atrevieron conmigo, los demás fueron apareciendo solos.

¿Cuál fue el primer matrimonio grande que hiciste? ¿Quién te dio el voto de confianza?
Para Cáceres parece, Carlos Cáceres (hijos se entiende). Y La Carola Ducci, ellos fueron de los primeros.

¿Quién te puso de moda?
Ah no te sabría decir. No lo tengo tan identificado. Otra cosa en la que trabajé mucho fueron la viñas. Todos los lanzamientos de los grandes vinos los hice. Ellas me hicieron cambiar un poco la mirada. Aprendí a meterme más seriamente en la comida y los maridajes. Comida más en serio, más de verdad. Venían todos estos franceses exigentes y eso me hizo dar otro vuelco hacia comida más moderna.

¿Y te gustaba carretear?
No, cuando empecé no tomaba alcohol, no tomaba nada. Fue después, de grande que empecé a tomar y a carretear después de los eventos. Cuando empecé a trabajar mucho, mucho, ocurrió algo también con respecto a salir y carretear. Cuando uno trabaja así en esto, como que necesita salir después. Te quedas cargado entonces después que terminas, sales. La gente que trabaja en la noche, todos salen después que terminan. Salí mucho, pero mucho en una época. Iba a todas partes, iba a todas las inauguraciones, a todas las fiestas, after hours, todo lo que se te pueda ocurrir. Era súper social. Se me acabó todo ya, con el tiempo se me fue pasando el ansia. Hoy soy más metido para mí. Creo que fue parte de mi trabajo ser así sociable y bueno para salir. Todo eso quedó atrás. La gente que trabaja en esto ve como su mundo se va achicando. Es tan absorbente, con horarios tan demandantes, que tu mundo termina reducido solo a verte con tus compañeros de trabajo. Ellos terminan siendo tus grandes amigos, los mozos con que compartes prácticamente todos los fines de semana por años. Mis grandes amigos los saqué del trabajo.

Para ti, ¿el gusto, el estilo, son cosas importantes?
No sé, sí creo que tengo mi propio gusto y mi estilo pero tampoco le doy tanta importancia a esos temas.

¿Te importa la ropa?
No, nada. Me visto barato y siempre igual. No gasto plata en ropa. Igual en una época me puse medio rebelde y andaba bien disfrazado. En otra época me dio por vestirme siempre igual, pantalón negro y polera blanca. Pero sí con el pelo he tenido cantidad de etapas: largo, corto, hasta rastas he tenido. El pelo ha sido mi accesorio.

Las casas del los demás

Antes de los matrimonios, antes de los eventos, antes de todo, Pablo Johnson hacía comidas chicas, para 10 o 20 personas, en las casas. Le tocó ver la intimidad misma de los hogares y sus cocinas, en los 80, cuando no estaba de moda cocinar y los dueños de casa no se manejaban en esas aguas.

“Me tocó trabajar mucho haciendo las comidas que daba la gente de las empresas en sus casas. Conocí cantidad de casas por dentro y ahí aprendí un poco de la intimidad de las familias. Entré a sus cocinas porque la gente no sabía cocinar, comían arroz con carne todos los días. Cuando había que lucirse porque venia el dueño de la empresa o el gringo inversionista, la comida me la pedían a mí. Eso ya no existe porque la gente aprendió. Hoy esta de moda saber cocinar, ser gourmet, todos son expertos. Es impresionante cómo el servicio que yo di tantos años, cada vez tiene menos espacio donde desarrollarse. Llegaron los peruanos, en las casas se empezó a comer mejor, las dueñas de casa se metieron a clases de cocina, en fin.  Yo trabajé por años jueves, viernes y sábado en eso. Fui viendo todo el fenómeno de los barrios, cómo iban cambiando, cómo se ponían de moda unos y se olvidaban otros”.

¿Dónde sientes que al chileno le cuesta más pagar, qué es lo que mas te peleaban?
La gente mas tradicional es austera, entonces en lo único en que se notaba alguna resistencia era a la parafernalia de las luces y cosas así mas técnicas y estridentes que comenzaron a llegar de afuera y eran una opción disponible. No les interesaba. El tema es que podían pagarlo, pero no les gustaba que se notara el gasto. Siempre me decían: gasta pero que no se note. Ahora cambió, pero en mi época la gente era muy sencilla y austera. Hoy es muy competitivo todo.

De todos los platos que te hicieron célebre, ¿tienes algún ranking mental de cuáles fueron tus hits más inolvidables?. Yo no puedo dejar de recordar el consomé de palmitos.
Creo que el pollo a las 7 especies y los postres, el desfile de los mozos con todos los postres. Y tantas cosas. Ocurre que en ese momento, cuando empecé, cosas que hoy son habituales casi no se veían. La gente casi nunca había comido camarones grandes, salmón; todo ese consumo empezó ahí. Llegaron los camarones ecuatorianos enormes, los kiwi. Todo era novedoso. Yo iba tomando todos esos recursos y la gente se iba encantando.

Después de tantos años trabajando en esto, ¿cuál es tu visión del chileno? ¿Le gusta aparentar?
El chileno para mi gusto, más que aparentar es competitivo. Pero nunca me metí tanto, yo siempre era como una nana callada. Se cantidad de cosas que viví, que oí, pero jamás las mencionaría.

¿Se come bien en Chile?
Hoy la gente sabe mucho más, viaja mucho más, mira y sabe lo que quiere, cómo lo quiere, dónde obtenerlo. Aunque todavía sigues escuchando esos que no cachan nada y te dicen que en Londres se come mal. Esos siempre van a existir. O también esa cantinela de que en Nueva York se come pésimo. Ignorancia pura. La gente lo dice muy suelta de cuerpo. El chileno no sabe mucho, es lleno de trancas absurdas, le molesta el olor, le cae mal el ajo, le supera la cebolla, entonces así, es muy difícil. Pero por otro lado hay gente que ha aprendido, jóvenes talentosos que han estudiado cocina y están cambiando el paradigma. Santiago lentamente se está convirtiendo en una ciudad interesante para salir a comer.

¿Por qué te retiras, tan joven?
Bueno ya no soy tan joven, he trabajado desde los 26 años. Me encanta mi trabajo, me encanta atender, pero me fui encasillando en un estilo que creo que hoy día no está de moda tampoco. Campestre, hippie, simple, lo que sea. Creo que hoy el formato es otro. La gente tiene mucha información de afuera. Antiguamente mandaba el papá de la novia, después el papá y la mamá, luego los 4, papás y mamás y hoy manda la novia. Y la novia quiere una cosa especifica que lo vio en internet y quiere eso. Y yo no soy capaz de realizar ese tipo de caprichos. No me dan ganas. Yo tengo la limitación de la casa de Colina, que es una casa chilena de campo. No la puedo ni quiero hacer parecer Versalles. Lo siento estúpido. Mi filosofía siempre fue la simpleza y los gustos han ido cambiando y la gente se aburre también.  Ya se casaron los hijos de todos mis clientes, qué más. Hay banqueteros nuevos increíbles y ese banquetero nuevo tiene otro grupo social, el campo se fue abriendo.

¿Que relación tienes con la plata?
No soy como de grandes gastos ni grandes cosas. Solo me gusta viajar. Es en lo único que realmente gasto. Yo no me podría contratar a mí mismo en un matrimonio.

¿Por qué?
Porque lo encontraría absurdo. Lo haría como Pablo Johnson (como mis fiestas personales) no como Pablo Johnson Empresa.

Tienes, entre quienes te conocen, fama de generoso y desprendido. Extremadamente y con todo. Con tus cosas, tus datos, tu gusto, en fin. ¿Tienes conciencia de esa característica tuya?
Bueno, puede ser así porque es parte de lo que hago. Mi trabajo es así, es para el otro, para los demás. No me gusta invitar a dos personas, me gusta invitar a 50, siempre. Me gusta hacerle fiestas a mis amigos, a mi manera, que no tiene nada que ver a lo que hago en el trabajo.

Eres bien directo, frontal, ¿te ha traído problemas?. Habrá hasta quien te podrá encontrar pesado.
Bueno sí, la gente me encontraba pesado porque era autoritario, porque el señor que era dueño de un banco no me iba a enseñar a mí a poner la mesa. Yo le insistía al señor que yo sabía más que él en ese tema. Que no me jodiera. Pero fíjate que me trajo pocos problema, más bien la gente me respetaba por eso. Me dejaban ser. Igual escuchaba y aprendía de quién se podía aprender. No era tan obtuso. Fui usando la lógica. Cuando la gente me preguntaba en los matrimonios cómo entran los padrinos, yo contestaba que da lo mismo. Se supone, según la tradición, que la mujer se cuelga del brazo izquierdo porque así el derecho del hombre queda libre para defenderla, usar la espada, etc., pero aquí la gente dice que es del derecho. Yo le digo a la novia que lo haga por donde ella quiera y se sienta cómoda, porque hay que pensar que en una mano lleva el ramo, y tiene que llevarlo con soltura y comodidad. Entonces ahí los factores son personales.

Colina y Bustamante, dos historias de amor.

“A la gente que no tiene relación con el campo no le gusta mi casa en Colina para casarse. No la entienden. Es muy sintomático de las maneras de ser, analizar quienes enganchan o no con la casona de Colina. Ya llevo 20 años ahí. Ahí fui desarrollando todo un concepto, esa casona tiene hasta una iglesia. Todo se puede hacer ahí. Y ahí vivo, hace mucho, la mitad de la semana. Ahí hice exactamente lo que quería hacer, a mi manera. Me ocupo del jardín, el huerto, la casa. Colina fue amor a primera vista. La casa en Bustamante la encontré antes y también amor a primera vista. Cuando me retire en enero, pienso arrendar Colina para que otros banqueteros hagan sus eventos ahí”.

Hablemos de ese lado visionario tuyo con respecto a las propiedades.
A ver, no pues, nunca he sido visionario. Cuando me empezó a ir bien, todo el mundo se me acercaba, me ofrecían asociarnos, hacer casas de eventos y yo nada. Yo creía firmemente que la baquetearía era itinerante. Nunca quise tener casa de eventos por lo mismo. Hasta que pase por aquí (Bustamante, donde vive actualmente) hace 22 años, justo venía una baja económica y pensé que los matrimonios se iban a achicar, y cuando vi el edificio me fascine al tiro. Lo vi un lunes y el jueves estaba firmando. Fue así de rápido, sin un plan. Bien de guata. He tenido suerte porque solo fue la guata la que me hizo lanzarme, tanto con esta casa como con la casona de Colina. A todo esto, con la casa en Bustamante pensé que me iba a ir increíble, que la gente se iba a achicar y nunca pasó. La casa resultó ser demasiado pequeña para un matrimonio grande y demasiado grande para un evento chico. Con el problema adicional que tiene diferentes pisos y a la gente le gusta verse. Tener perspectiva, no quedar divididos. Entonces fue difícil. Resultó muy bien para los lados B de las cosas, segundos matrimonios, civiles que son más piola, eventos de marcas más alternativas.  A la gente le gusta verse. A mí me gusta que la visión se corte, me gustan las vistas parceladas. Al final el negocio en Bustamante no resultó, el barrio no gustó, en fin.  Pero cuando yo lo compré pensé: voy a trabajar aquí, pero quiero vivir aquí también. Bustamante lo compré para mí y Colina lo compré con la visión de lo que le gustaba a la gente en ese momento, el campo, la casa chilena, la casona. Eso me resultó inmediatamente. Fue un súper negocio que funcionó como reloj. Tenia la iglesia, la nostalgia del campo, queda cerca.   Me encanta mi casa en Bustamante, pero ya no me gusta el lugar, el barrio. Se llenó de edificios altos y ya dejó de tener encanto. Hice la pelea por no vender por demasiados años, pero ya no da. Dejaré esta casa y volveré a achicarme. Me iré al mismo edificio que viva cuando empecé. El departamento antiguo en Providencia, ¿te acuerdas?

Y ahora que te jubilas, ¿qué quieres hacer, a qué te vas a dedicar?
Quiero dedicarme a mi jardín, mis 4 hectáreas en Colina de las cuales me encargo personalmente y dan mucho trabajo. Mantener la casa y arrendarla para que otros banqueros hagan matrimonios ahí. Y tener tiempo para mí, fines de semana libres, como jamás los tuve. Termino en enero. Mi ultimo matrimonio es el 22 de enero y ahí cierro esa etapa. Ahora estoy en ese proceso de cerrar la oficina, tengo gente que trabaja conmigo hace 30 años. Es complicado y triste.

El dolor

Pablo está en la forma, y en algunos contenidos, moldeado a la antigua. Pertenece a la generación pre-exhibicionismo extremo del cuerpo y del alma que acostumbramos a ver hoy. Siendo extraordinariamente moderno y liberal, es al mismo tiempo recatado en sus comentarios. La elegancia de su respuesta “conozco muy bien el dolor, he vivido cosas fuertes en mi vida”, hacen sospechar que ahí quedaremos con mi pregunta sobre si ha tenido grandes dolores en su vida, pero continúa. Parte tímido y me cuenta que su primer gran dolor fue una forzosa y aun joven salida de la casa paterna, indeseada por cierto, pero impuesta sin compasión. Tuvo, muy a su pesar, que partir. La razón, nunca explicitada ni por sus padres ni por él fue “su estilo de vida”.

Esa historia conocida mutó al más dramático de los desenlaces posibles para la época. Luego de 12 años de relación amorosa, en 1990 su pareja, hombre, se enfermó de SIDA y murió. Estamos hablando de un momento en que la enfermedad tenía, como diría Susan Sontag, sus metáforas, y estas eran espeluznantes. Además de sentir la muerte rondarle en cuanto supo el triste diagnostico de su pareja, la pena, la frustración, el desencanto, la indignación y el desconsuelo se apoderaron de cada milímetro de sus células. Por varios días especuló con su propia sentencia de muerte. Qué chance tenía de no estar contagiado y morir; único desenlace posible a esa altura de la historia reciente. Al leer el resultado de su propio test y saber que estaba sano, simplemente volvió a nacer. Todo cambió. La vida nunca volvió a ser percibida de la misma forma. Tampoco las personas, menos los amores. De hecho, nunca volvió a tener una relación verdadera ni comprometida, hasta ahora.

¿Cuáles han sido tus grandes dolores?
El primero, fue irme de la casa paterna tan chico.

¿Por qué te dolió tanto salir de la casa de tus papás, mal que mal tampoco eras tan chico (19)?
Porque me tuve que ir de mi casa. Era sí o sí. Había reglas que seguir y yo no estaba dispuesto. No me fui peleado pero fue tipo: te tienes que ir, no hay alternativa. Yo soy súper familiar, no era la manera en que me hubiera gustado partir. Igual eso estableció una distancia y para mi tipo de familia, irse de la casa el año 79 no existía. Ese momento fue un cambio total para mí, pasé de ser prácticamente un niño a la madurez. Me fui a vivir con un room-mate como 3 o 4 años. Vivía en Román Díaz con Providencia. Después me quedé yo con el departamento y empecé a trabajar ahí mismo. Lo convertí en una gran cocina. Empecé a hacer canapés y ya después me cambié y crecí. Después tuve otro gran dolor en los 90, que también me hizo crecer harto. Mi pareja que se murió el año 90. Fue bien difícil y eso me dio como una oportunidad de elegir lo que quería hacer completamente nueva.

Cómo así, explícame.
La pena de la pérdida y saber que estás vivo.  Fue como partir de cero. Literalmente abrí un papel y volví a nacer. Así de simple. Elegí y cambié. Me enfoqué en todo lo que quería hacer.

Pero, ¿en qué cambiaste, qué no hacías y empezaste a hacer? o ¿cambiaste la manera de pensar??
Bueno sí, cambié la manera de pensar, sentí que cambié hasta físicamente con este dolor. La energía con la gente. Me empecé a juntar con otras personas. Mi aproximación a las personas también cambió. Es difícil de explicar, pero fue un proceso interno y externo muy complejo. Se abrió otro mundo para mí, completamente distinto. Antes era más empaquetado, vivía más encerrado, con esto tuve la oportunidad de sentirme completamente libre. Sentí que podía ser libre de decidir lo que quería hacer en mi vida. Ahí cambié hasta mi manera de vestir, de usar el pelo, incluso en mi trabajo hubo cambios y me solté. Piensa que igual al principio yo hacía un poco las cosas que había aprendido y lo que sabía que la gente quería. De ahí en adelante yo empecé a hacer en mi cocina lo que yo creía que había que hacer, lo que yo quería.

Calla y hace una pausa.

“Tu no te puedes imaginar lo mal que lo pasé con lo de Ricardo. La gente entraba a la clínica por la escalera de emergencia. Morirse de Sida era una cosa monstruosa. Y yo haber estado 12 años con él o sea imagínate”.

Es que hablemos más de eso porque eso, es muy fuerte lo que viviste.
Pero claro, esas vivencias me marcaron completamente, me hicieron cambiar mucho. De alguna forma me desestructuré, me des-encasillé. Cambié hasta en mi trabajo. Sentí que todo eso me dio un cambio, una seguridad en mí que se tradujo en todas las esferas de mi vida. En mi trabajo se tradujo en una especie de aprendizaje en el cual sentí que ya estaba listo para mostrar lo que yo sabia hacer, a mi manera, de mi jeito. Yo tenía 30 años cuando él murió. El año 90. Fue un hito importante en mi vida en todo sentido. Además, en esa época, fue una cosa que se supo. Todo mi mundo lo supo. Él era súper conocido, trabajaba muy destacadamente en empresas muy importantes. Era encantador y tenía, gracias a dios, muy buenos amigos y que se portaron muy bien en ese momento tan difícil.

¿Fuiste feliz con él?, ¿Era una buena relación?
SÍ, pero diferente a lo feliz que soy en mi relación ahora, totalmente diferente. Otra manera de ser buena, buena pero en el contexto de todas las limitaciones en las fronteras de lo bueno que algo podía ser en esa época, y también por mi edad. Otro nivel de madurez que ahora. Nada que ver. Lo conocí cuando tenía 18 años. Otro tiempo, otra información. Era mayor que yo, me enseñó mucho. Me ayudó mucho en hacer mi empresa. Era una buena persona. Y era una relación medio secreta, más por su lado que por el mío. Yo nunca fui escondido, a pesar de que nunca lo hablé así tan explícitamente con mi familia, tampoco lo escondía. Todos sabían y yo no lo hablaba, porque por alguna razón que no tengo clara, sentía que ellos me tenía que preguntar a mí. Les tuve que contar cuando Ricardo se enfermó.  Yo me hice el examen y me lo entregaron a los 4 días. Pasé 4 días enfermo en mi mente. Para mí era lógico que yo también tenía que estar contagiado y me iba a morir si llevaba 12 años con él. Ahí agarré el papel, vi que estaba sano, no me había contagiado y fue uffff, volví a nacer.

¿Te replanteaste cosas respecto al amor, a la fidelidad, a la manera de llevar un compromiso?
Todo, todo, cambió mi vida completamente. Desde luego, comencé a tener onda con las mujeres, ¿te das cuenta la cosa loca? Según yo cambié hasta físicamente. Nunca tuve onda con mujeres, nunca sentí que las mujeres me miraran, y de repente, algo pasó y empecé a pinchar mucho con ellas. Tengo una lista, jajajaja.

¿Y te enamoraste de alguna?
De una si.

Creo que sé cuál es, toda la razón.
Sí, tuvimos una relación. Todas mis relaciones entre esa primera a los 18 años que duró 12 años, y esta última en la que llevo 8, fueron cortas y pasajeras.  Esta relación es mi primera relación de verdad, completa. La primera vez que he vivido con alguien es ahora, con Pablo Bagnara.

¿Has sido enamoradizo?
He tenido muchos amores pasajeros, corazón de alcachofa. Y cantidad de amores imposibles. Siempre me sentí atraído a esos. Pero realmente imposibles, me gustaba la cosa difícil, que fuera imposible, pero casi por jugar porque si llegaba a pasar, ya no tenía el mas mínimo interés.

¿Te casarías, adoptarías?
Tengo mi pareja hace 8 años. Si me casaría, no sé, igual soy medio antiguo para esas cosas. No sé si me casaría. Quizás sí lo haría, pero solo porque uno necesita papeles, dejar las cosas en orden por si te pasa algo. Si el día de mañana me muero, solamente por eso lo haría. Siento que tengo una pareja increíble, somos colegas, es banquetero, lo admiro, hablamos el mismo idioma, somos muy parecidos. No necesitamos a nadie más. Pero la dimensión romántica del matrimonio no me atrae particularmente. Mi mamá es súper moderna, contemporánea, pero yo ponerla en esa situación, de madrina ahí, yo me muero. A mí no me gustaría ponerla en esa situación a ella, aunque yo sé que ella lo haría feliz.

Cómo es compartir la vida con un espejo, porque Pablo Bagnara es igual a ti, hace lo mismo, hasta se parecen. Debe ser muy extraño estar de pareja con tu gran competencia.
Cuando yo lo conocí, la primera vez, él no me conocía, no sabía quien era yo. A pesar de que trabajábamos en lo mismo y yo era bien conocido en ese universo de banquetes y matrimonios.  Me dijo soy banquetero. Y yo le pregunté que a cuáles banqueros conocía. ¡Y no me nombró a mi! Ni siquiera me había ido hablar. Eso fue lo más interesante y a mí me dio entre risa y fascinación. Bueno y así nos conocimos. Hacíamos lo mismo, pero siempre fuimos muy respetuosos del trabajo del otro. Cada uno con su ojo y su estilo propio. Bueno y hoy día él es el gurú, o sea es el mejor que hay. Es el polo opuesto a mi.

¿En estos 8 años tu relación nunca tuvo problemas por el tema trabajo?
No, no. En realidad, yo lo conocí hace 15 años y estuvimos un rato juntos y después nos separamos y dejamos de vernos por mucho tiempo. Pasamos 5 años sin vernos. Luego nos reencontramos y fuimos amigos hasta que volvimos hace 8 años. Pero el trabajo nunca ha sido problema. Tenemos el mismo lenguaje, a él le gusta servir más que a mí, yo creo. Él es más perfecto en su manera de hacer las cosas. A mí me estresa el perfeccionismo. Yo de a poco fui desarmándome, haciendo mi estilo menos acabado.  Ese banquetero como lo fui yo y aun lo es Pablo, el que hace todo, se preocupa de la puesta en escena total, ya casi no existe. Viene en baja. El banquetero hoy se dedica a hacer la comida y punto. Otra persona hace las flores, otra persona pone las mesas, distintas empresas. Se acabó. Por eso existe ahora la wedding planner, incluso ya existe aquí. Ese personaje une o enlaza al banquetero, la florista, al que decora. La gente joven ahora contrata todo por separado. Hasta las barras se contratan por separado. Ahora se usan las estaciones independientes de todo. Entonces el negocio se dividió. Creo que Bagnara y Margozzini son de los últimos así integrales que van quedando. Es que es mucha cosa, es demasiado estrés y demasiada demanda. Y los números ya no dan. Antes se ganaba muy bien en esto. Ahora ya no. Apenas se pagan los gastos. Igual era un trabajo medio mágico. Imagínate lo que es montar todo afuera, no sé, si te casas en un lugar alejado y tienes que llevar todo, carpa, cocinas, vasos, todo, todo. Era un trabajo impresionante.

Pablo siempre tuvo una porfía personal, una especie de convicción interna de que no había que cambiar tanto. “Cuando la gente venía a pedirme que quería un matrimonio único, que no se pareciera a los demás, que fuera el mejor, ¡me daba una rabia! Me carga cuando la gente dice el mejor. Porque es como competir. Entonces en la casona de Colina siempre me empeñé en ir creando una puesta en escena que fuera evolucionando, lentamente, mejorando, encontrando su tono, pero no cambiando. Siempre ves una mano, un look, mi look. Pero es el mismo jardín, las mismas lámparas, y ciertos detalles que iban cambiando. Siempre sentí que no había que cambiarlo todo. Ese era mi estilo. Pablo Bagnara, en cambio, lo cambia todo, de un matrimonio a otro hace algo completamente distinto. Si piensas bien, es un trabajo de unas dimensiones inabordables, que en el fondo no tiene precio. Y ahí ves un rasgo bien competitivo de la gente. Todos quieren ganarle al otro, hacer el mejor matrimonio. El más lo que sea. Eso de competir para mí es horroroso. No me gusta”.

Y sube la voz como imitando a una novia cualquiera que vocifera “el vestido más lindo, el más”.

Mira al punto que llegamos, o sea para ti es tan cargante esa competitividad, que mira lo activista que eres en tu postura, que fuiste a buscarte tu gran amor y tu pareja en la vida, ahí justamente donde estaba el meollo mismo de tu competencia, tu única competencia, Pablo Bagnara, y no fue un problema.
Claro, y la gente cree que es un problema, y para mi nunca lo fue.

Es que para ti esa tontería de la competencia no es tema.
Yo nunca le he querido ganar a nadie. Incluso me cargaba cuando me decían que era el mejor banquetero. Yo pensaba, dime que soy bueno, el concepto era ese, eso me bastaba. Yo era bueno, no eso de el mejor. Nunca me sentí así y siempre me incomodó ese rotulo. Piensa que yo vengo de esa escuela del Tabancura en que te enseñaban que tenías que hacer todo bien. Pero no competir. Mira mi casa, como está puesta. Es cero pretenciosa o competitiva. Es bien única si lo piensas. No quiero copiarle a nadie. Y cuando puedo ayudar a la gente lo hago sin ningún interés, y con mucho gusto. Siento que en la vida también la gente y los amigos me han ayudado mucho. Siento que uno tiene que devolver lo que uno ha recibido. Yo me siento demasiado afortunado y agradecido por la vida que he tenido, la familia que tuve, hasta el colegio lo agradezco. Todo lo que he logrado y podido tener, mis casas. Siento que ha sido un lujo haber conseguido vivir todos estos años que viví en esta casa de Bustamante. Me retiro, no porque esté cansado ni hastiado, me retiro simplemente porque siento que llega un momento en que uno tiene que dar un paso al costado. Así de simple. Y creo que ese momento llegó para mí. Yo venía diciéndome esto hace rato; primero me dije a los 50, quiero terminar bien, y lo fui postergando hasta que ya. Ahora llegó el momento.

¿Y te arrepientes de algo?
No, de nada. Fui bien estricto en mi vida. Cuando compré esta casa dije ya me meto en esa inversión, y no viaje en 8 años. Porque estaba metido en una inversión que era grande para mí. No me correspondía. Di un salto muy grande. La banquetería me ha dado una cantidad de beneficios en mi vida personal. Piensa que vivo como un príncipe, lleno de gente que trabaja para mí, muchos empleados, acceso ilimitados a todo tipo de comidas, tragos, postres, delicias de todo tipo, flores, vajillas. Es por mi trabajo que vivo como un príncipe en mi especie de Downtown Abbey. Mi casa enorme, todo el personal que me ayuda, todo es posible porque es trabajo. Si no fuera por mi trabajo yo jamás habría podido vivir en esta casa.

Detesto

“Siento que vi mucho living de casas que no se usa, nadie se sentaba. Toda la gente antigua era así. Es una cosa chilena anticuada cargante. Eso me enerva. Me molestaba. A mí me gusta que mi casa sea usada, todo, y si se mancha o ensucia algo, me da lo mismo. Yo abro mi casa a mis amigos cuando recibo y quiero que lo pasemos bien y usemos todo.  Igual reconozco que la gente es mal educada y apagan los cigarros en el suelo en las casas. Si se les da vuelta una copa de vino y se mancha el sofá, bueno ¡qué más da! Qué es eso del tapiz único para toda la vida. “Las casas son para vivirlas, las copas para usarlas”, grita agitado. Las viejas no usan la cuchillería buena, las copas finas y la losa de la abuelita, las guardan para momentos especiales. Imagínate. En vez de usarlas todos los días, siempre. Son costumbres irritantes que cuesta entender.

¿Eres feliz?
Soy feliz. Me queda harto por delante todavía, creo, espero.

¿Te retiras tranquilo, arriba?, ¿no estás en el hastío?
Con sentimientos encontrados, porque me gusta mi trabajo. Hice lo que quise, ofrecí lo que sabía hacer, solo que siento que es tiempo de retirarme.

Nuevamente, es evidente que no hay un plan maestro, que no hay largas horas de meditación al respecto, ese sentimiento de que es tiempo de retirarse aflora desde la guata, es un instinto, como siempre, como todo en su vida.

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