Benjamín García-Huidobro

Benjamín García-Huidobro
Mi amigo Agustín

ES HIJO ÚNICO Y LÍDER DE LA AGRUPACIÓN “HUASOS POR CHILE”, DOS CARACTERÍSTICAS QUE LO LIGAN AL POLÉMICO AGUSTÍN EDWARDS EASTMAN. “ÉL SE CRIÓ SOLO, RODEADO DE NANNIES, EN INGLATERRA. PERO AMABA A CHILE, AL PUNTO QUE RESCATÓ LA FIGURA DEL HUASO Y DIGNIFICÓ LA CHILENIDAD”, AFIRMA ESTE HOMBRE QUE CON SOLO QUINTO DE HUMANIDADES, PERO DUCHO EN CABALLOS Y CAMPO, TRABAJÓ DURANTE 15 AÑOS PARA EL DOONIE. EN MEDIO DEL SECRETISMO EN TORNO A LA MUERTE DEL DUEÑO DE EL MERCURIO, ÉL LE RINDE TRIBUTO Y CUENTA CÓMO ERA EN LA INTIMIDAD SU AMIGO AGUSTÍN.


Texto Ximena Torres Cautivo Fotos A.A.I.

“Yo partí como empleado y terminé como amigo. Trabajé 15 años con él. Fui director de una empresa agrícola suya, pero especialmente estuve a cargo de sus caballos pura sangre chilena, que tenía distribuidos en sus fundos Llollelhue, en Futrono, y La Compañía, en Graneros, y eran parte de su criadero Santa Isabel. También le veía sus plantaciones de frutales. Lo ayudé a forestar solamente con árboles nativos Illeifa, su isla en el Lago Ranco. Recolecté en distintos campos y replanté como 180 robles. Lo hice con retroexcavadoras y no con yuntas de bueyes, como insistía él. Lo acompañé a Holanda durante un mes mientras supervisaba las terminaciones interiores del yate más elegante del mundo, el suyo, el Anakena, donde después navegué con él. Así, entre una y otra cosa, se forjó mi relación con el personaje”, recuerda Benjamín García-Huidobro (76), líder del naciente movimiento político Huasos por Chile, ex miembro de Patria y Libertad, director honorario de la Federación de Criadores de Caballos, productor de una variedad única de limones y ex vicecampeón de rodeo, entre otras particularidades, algunas de las cuales propiciaron su condición de amigoempleado de “Agustín”, al que no llama Doonie, como sus cercanos.

¿Por qué consideras que Agustín Edwards Eastman es un personaje?
Yo digo que hay gente que tiene paso por el mundo como líder y otra, más escasa, que nace siendo líder, vive como líder y muere como líder. Don Agustín es de estos últimos. Ya ves tú lo que pasó con el general Pinochet: fue un líder, se murió y se acabó el líder. Agustín Edwards Eastman, en cambio, nació en una familia de grandes empresarios, dueña de un grupo histórico y económico importante, que es lo más parecido a una dinastía en Chile, y tuvo plena conciencia siempre de ello. Hablando como amigo de Agustín, te puedo garantizar que él sintió eso como una responsabilidad y, al mismo tiempo, como un tremendo apego a este país, pese a que se educó en Europa,
en Inglaterra fundamentalmente.

¿Eso no era más una razón de desapego que de apego?
Podría ser. Sin embargo, conociéndolo, a mí me parece que él siempre mantuvo una especie de deuda con Chile, con su nación. Esta es una especulación mía, pero yo lo percibí así. Él estaba imbuido de un nacionalismo verdadero, de un amor a la nación genuino. Amaba a su patria, que era Chile. Él siempre quiso lo mejor para su país.

Benjamín conoció a Agustín Edwards Eastman en los años 80. Cuenta: “Él tenía su palco y siempre me tocaba quedar sentado a su lado. Y me preguntaba cosas y yo le respondía y él decía ‘¿por qué sabes tanto tú’?”.

Agustín Edwards felicitando a Benjamín García-Huidobro, tras obtener la copa del Champion de Chile (Rodeo) con el equipo Santa Isabel. 1999

¿Era un palco en el Teatro Muncipal? -preguntamos, despistados.
Jajaja. No, era uno en la medialuna de Rancagua, un sector en la zona de las atajadas, que tenía él. Se le llama palco, quizás porque la medialuna es como un Teatro Municipal pobre -dice, celebrándose la comparación.

Benjamín no estaba montando ese año, pero al siguiente, cuando salió vicecampeón de Chile en el Champion y batió el récord nacional de puntaje, “don Agustín se quedó plop. Ahí entendió por qué yo sabía tanto cuando conversábamos”. Eso fue un domingo, que culminó con una carreteada noche de celebración en Rancagua. “Nunca supe quién pagó la cuenta de esa fiesta: si don Agustín o Gonzalo Vial Vial. Investigué después, pero no pude dar con el responsable”, bromea.

El lunes post farra, cuenta, la empleada de la casa donde estaba alojado, llegó a decirle que don Agustín Edwards estaba afuera y quería conversar con él.

Fue como una carambola. Coincidimos en el palco, hablamos, me vio después ganar en el Champion, y él estaba sin administrador en el criadero. Recién había renunciado el Coteco, José Manuel Aguirre, que se lo manejó durante muchos años. Yo tenía un campo en el sur y no me estaba yendo bien. Y él estaba bien informado de mi mala situación financiera; así son los banqueros, saben todo de sus clientes. “Quiero que te vengas a trabajar conmigo”, me dijo esa mañana y así lo hice. Me tocó ganar cuatro campeonatos nacionales con sus caballos, estuve a su lado 15 años y renuncié hace unos 12”.

¿Fue la pasión por los pura sangre chilenos lo que los unió?
Sí, y esa pasión es una manifestación del amor por Chile. Yo te digo una cosa: la recuperación de la dignidad del huaso chileno viene de una sola persona, Agustín Edwards Eastman. Él inventó la Semana de la Chilenidad, que partió como una excentricidad de unos pocos, y hoy congrega como a dos millones de personas todos los años.

El líder de Huasos por Chile no comparte la imagen negativa que muchos tienen de su ex patrón, aunque no niega que haya intervenido para propiciar la caída del gobierno de Salvador Allende y el Golpe de Estado. Supone que en esa materia su gran influenciador fue David Rockefeller. Precisa: “Yo los vi juntos en Nueva York y sé que se tenían mucho cariño. Eran bien amigos. También me tocó conocer a la señora Peggy, la mujer de David Rockefeller, con quien fui a Siracusa por orden de don Agustín, a comprarles una pocas vacas Simmental y unos cuantos caballos frisones. Anduve en toda esa jarana y en muchas otras con él o enviado por él, y así lo conocí humanamente.

Fui su amigo. Lo respeté y él me respetó a mí. Por eso no lo puedo pelar, aunque sé que para muchos es un personaje diabólico. Yo creo que era un hombre muy fuerte, de gran carácter, que imponía respeto, al que yo asimilo a un rey. A aquel que nació para mandar, lo hace de por vida y luego trasciende, porque es parte de una dinastía. La de su padre; de su abuelo, al que quería más que a nadie; de su bisabuelo; de todos los Agustines Edwards.

No es el único cercano a Agustín Edwards Eastman que lo compara con un rey. En lo bueno y en lo malo, aunque Benjamín rescata sólo lo primero cuando le pedimos que describa su personalidad:
-Como jinete, era un salvaje. Podía montar durante 12 horas seguidas sin cansarse. Había que tener mucho físico para seguirlo. Era muy corajudo. Le gustaba enfrentar el peligro y plantearse desafíos. Recuerdo una vez que propuso que fuéramos a San Juan de la Costa desde Osorno. Así fue como en pleno invierno partimos a caballo cruzando la Cordillera de la Costa por una selva increíblemente tupida. Éramos como 14 hombres, entre varios gringos amigos suyos, su cuñado, otros cuantos y yo. Nos alojamos en carpa, porque nos tocó un temporal y él ni chistaba. Era aguerrido y aguantador.

A esta fortaleza física, a “su salud de fierro”, nuestro entrevistado agrega su cultura: “Era el hombre más culto que he conocido. Sabía de lo que le pidieras, en especial de botánica. De plantas, de pájaros y de naturaleza lo sabía todo. Hablaba inglés y francés a la perfección. Era además inteligente y un gran lector. Tengo la suerte de conocer sus bibliotecas, que son fabulosas. En la casa del campo en Graneros hay dos. No tengo idea cuántos volúmenes suman, pero son fantásticas”.

¿Vivía como un rey?
Nunca he visto a nadie vivir mejor que a él, pero en el buen sentido de la palabra. Hoy abunda la gente aspiracional, que sueña con ser como Agustín Edwards, lo cual es imposible porque Agustín era un rey de verdad. Para él los caballos chilenos y el rodeo era una pasión verdadera, no una herramienta de ascenso social como vemos hoy en tantos arribistas.

Comparado con un multimillonario de los actuales, con un Sebastián Piñera, por ejemplo, ¿nada que ver?
Nada que ver, chancho en misa. Yo no quisiera decir que Sebastián Piñera es arribista, pero partió pobre y llegó a ser multimillonario, mientras Agustín fue siempre rico -declara y en su mirada hay que entender que “pobre” vendría correspondiendo a la clase media ilustrada de donde proviene “el Chatito de oro”, como le decía su mamá a Sebastián Piñera. Hecha esta salvedad, retomamos la respuesta de Benjamín: -Actualmente hay muchos aspiracionales, que tienen las lucas bien o mal ganadas, y que quieren ser Agustín Edwards, pero no lo van a lograr nunca, porque para eso se necesita historia.

La historia, teoriza Benjamín, además afina el gusto. “Don Agustín tenía un enorme buen gusto. Sabía qué era lo mejor en todos los ámbitos. Si hablábamos de caza, él tenía no una, sino dos Purdey, que es la escopeta de caza más fina del mundo. Él, que era un gran comedor de carne, sabía que el wagyu era lo más rico, sin duda. En caballos, la excelencia de sus animales es insuperable. Yo trato de ser parecido a él en eso, pero es imposible porque no tengo las lucas.

¿Todas sus aficiones eran caras?
Es que todo lo bueno es caro. Yo no soy marino, no entiendo de navegación, pero cualquiera puede darse cuenta de que su yate Anakena es una joya. Yo estuve con él en Holanda, en un puerto que se llama Urk y que casi no sale en el mapa, acompañándolo durante un mes para que supervisara en el astillero las terminaciones interiores del Anakena. Como era un detallista, nos levantábamos todas las mañanas a ver cómo estaba quedando una incrustación de madera en una mesa o el canto de un mueble. Toda esa decoración fue diseñada o al menos intruseada por él. Y el resultado total es un yate sobrio, elegante y con alma. De una belleza increíble y sin siutiquería.

¿Por qué te invitó si lo tuyo son los caballos y el campo, no los barcos?
Porque se entretenía conmigo, porque soy cuentista. Nos entendíamos en la conversación. Como le gustaba la carne rica y en Osorno había una parrillada muy buena, a veces le daba el antojo y me decía “vamos a comernos una carnecita” y partíamos en helicóptero, auto o lo que hubiera. Siempre sumábamos a un par más de personas más, porque a él le encantaba estar con gente, aunque eran grupos restringidos. Casi siempre los mismos y muy diversos. En el grupo podía estar el cura de Graneros o David Rockefeller. Y no tenía ninguna zalamería ni trato especial ni con uno ni con el otro. Yo tuve la suerte de compartir con él lo que lo hacía feliz: el campo, los caballos y sobre todo navegar. Lo acompañé en varias regatas y en viajes largos también. O sea, en el puro disfrute, no en los temas duros, como les pasaba a sus colaboradores del diario El Mercurio, por ejemplo. Quizás por eso me resulta más fácil encontrarlo “dije” y una gran persona.

Tenía fama de hosco y mucha gente le tenía miedo.
No era simpático, pero cuando lograbas entrar en confianza, en su intimidad, la cosa cambiaba. Yo tuve profundas conversaciones con él. Muy íntimas, que nunca contaré. No porque sean malas u oscuras, sino porque hablan de soledad personal, de temas que sólo se dan entre amigos. Eran confesiones que me dejaban con los pelos parados. Por eso le tengo tanto cariño y puedo decir con franqueza y no por mandarme las partes que fui muy cercano a él y que durante años estuve con él en las buenas y en las malas.

¿Qué tipo de jefe era?
Había que trabajar 48 horas al día para él. De repente, se despertaba a las 5 de la mañana y me llamaba por teléfono, una cosa bien cansadora, que yo corregí mediante una pesadez. Le dije que no lo hiciera más; ahí quedó la grande, pero al final no volvió a despertarme.

¿Y qué tipo de padre te parecía? ¿Cómo era la relación con sus hijos?
No sé. Sólo por observación, puedo decir que había algo parecido a lo que tiene la nobleza inglesa con sus hijos. Yo creo que eso se debe a la formación que tuvo de niño, muy solo, criado por nannies. O sea, no era soberbia ni frialdad de carácter, sino por cómo fue educado. No me tocó ver nunca un beso a un hijo. Lo que sí vi es que no podía vivir sin su mujer, la señora Malú del Río. “Malú, Malú, Malú”, estaba llamándola todo el día.

Así como Benjamín destaca la conciencia dinástica de Agustín Edwards y su actitud de rey, a su mujer la tiene elevada a la categoría de reina por otras consideraciones. “Realmente es una mujer encantadora, femenina, linda y con mucha paciencia. Es bella por dentro y por fuera. Le tengo gran cariño y una admiración sín límites”.

Al parecer ella es la amante de la jardinería, la responsable de los jardines…
No, esa era una pasión de él, que ella compartía, pero nacía de él. Yo conozco todos sus jardines y mi preferido, el más precioso de todos, es el de la isla Illeifa. El de cactus y suculentas que tienen en Viña del Mar lo conozco, porque una vez me tuve que encontrar allí con el hermano de Juan Sone, dueños de los víveros de Hijuelas, que eran los que le manejaban las plantas, y otra vez fui invitado a un matrimonio que se celebró ahí. Como te dije: él era un tremendo botánico e impulsó la publicación de muchos libros sobre flora y fauna chilenas, paisajismo y sobre todos sus demás hobbies, la navegación, los caballos, los pájaros. Pero para que te aprobara y financiara un proyecto, tenías que saber.

En dos minutos, separaba lo que valía la pena de lo que no. Era como una luz para distinguir lo bueno de lo malo. Volviendo a lo de los jardines, el de la isla del lago es insuperable. Está todo forestado con especies nativas: robles, coihues, raulíes. No hay ni un árbol foráneo, salvo las plantas en torno a la casa. Yo hice ese trabajo al gusto de él, por supuesto, pero haberlo ayudado en esa tarea es para mí un orgullo.

¿Alguna otra pasión que se nos esté olvidando?
Yo diría que la navegación y la lectura eran las principales. Y las otras son aquellas de las que hemos hablado. Ah, ¡y las casas! Le encantaba la arquitectura y sus casas son increíbles. A mí me gusta la de Graneros, porque es casa chilena. La compró hecha y la fue ampliando y remodelando de a poco. Hoy es enorme. No digamos cuántos metros cuadrados construidos tiene para no darle el gusto a los comunistas de hacer cálculos odiosos, como cuántas casas de subsidio cabrían ahí adentro.

¿Por qué si lo pasabas tan bien con él decidiste renunciar?
Porque estaba cansado y quería armar algo mío. Cuando renuncié, creo que él quedó con un pequeño resentimiento y nada volvió a ser lo mismo. Don Agustín no tenía la capacidad de absorber un no, menos de un empleado. Cuando le presenté mi renuncia, después de preguntarme si quería ganar más, me dijo una frase muy dura “A mí no me ha renunciado nunca nadie”. Ahí se le notó claramente lo del rey que tenía. En vez de irme en marzo, como planeaba, me fui en diciembre y, desde ahí en adelante, se terminó la relación y se convirtió en un “Hola, Benja”, “Hola, don Agustín”, cuando nos cruzábamos en el rodeo.

O sea, al final de cuentas, tan amigos no fueron.
No, poh, pero no por eso dejo de tenerle un gran cariño. Fuimos amigos mientras duró.

 

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