Manuel Santelices

TESTIGO PRIVILEGIADO

RESIDENTE EN NUEVA YORK POR CASI 26 AÑOS, ESTE PERIODISTA Y CORRESPONSAL CONOCE TODOS LOS SECRETOS DE LA CIUDAD QUE NUNCA DUERME. HA ENTREVISTADO A DISEÑADORES, MODELOS, CELEBRIDADES DE HOLLYWOOD Y A GRANDES INTELECTUALES Y POLÍTICOS. DESDE 2016 SACÓ A RELUCIR SU TALENTO EN LA ILUSTRACIÓN, Y YA TIENE UN LIBRO Y PLANES CON MARCAS Y GALERÍAS DE ARTE. UN HOMBRE LLENO DE ANÉCDOTAS E HISTORIAS QUE ACÁ CUENTA SIN GUARDAR DETALLES.


Texto Carlos Loyola Lobo Foto Pato Mardones 

“Mis revistas preferidas son aquellas que poco y nada tienen que ver con el mundo real. Tome cualquier acontecimiento, déjelo en manos de un buen escritor y un mejor director de arte y verá cómo se transforma en una realidad alternativa, más bonita, más romántica, más glamorosa e infinitamente más atractiva que esa nube opaca a la que llamamos realidad. Las revistas son un derecho humano. Exíjalas en su kiosko”. En enero de 2008, Manuel Santelices escribía en su blog esta declaración de principios. Quién firma esta entrevista creyó haber encontrado un mantra en esa declaración. Pensar en Manuel Santelices -periodista, corresponsal, editor internacional de revista Cosas y residente de Nueva York por casi 26 años-, es pensar irremediablemente en revistas, en su amor por ellas. Es pensar también en Nueva York, en el mundo de la moda y las celebridades.

Manuel ha escrito en la edición española de Esquire, fue redactor de moda para Vogue México y Latinoamérica durante 7 años, fue también colaborador en Elle y Harper’s Bazaar en España, además de editor para Nueva York de Ocean Drive en Español durante seis años. Todas experiencias que han dado lugar para anécdotas y momentos inolvidables y que repasará sentado en un sofá bajo un lienzo de Cecilia Avendaño que descansa en la pared de su departamento en Santiago, mientras pasa unos días del verano, escapando de la nieve y del Fashion Week que envuelve a la ciudad donde vive el resto del año.

¿Qué habría sido de Manuel Santelices sin las revistas?
Uf, no sé. Las revistas desde chico fueron una especie de escapatoria, de refugio. Hay una frase del diseñador Bill Blass. Él creció en un pueblo chico en la Norteamérica profunda y decía que no hay mejor ventaja para el desarrollo de la imaginación que crecer en un lugar aburrido. Cuando yo crecí, Santiago era el lugar más aburrido. Era una nube gris, entonces las revistas te abrían eso, además estaban la televisión y el cine. Todas eran puertas. El Vogue que llegaba era el de 6 meses atrás y la gente lo ponía en la mesa de centro como un lujo. No llegaba nada. Cuando empecé a viajar, a mediados de los ochenta, fue la primera vez que fui a Nueva York y no traía nada más que libros y revistas, maletas repletas. Vivía en un departamento en Pocuro, no había muebles, la gente se sentaba en revistas. Y no hay nada más triste que deshacerse de ellas. Además me encanta como se ven, visualmente son fascinantes. No hay un equivalente digital de una portada, la gente aún comparte cuando está en una revista. Lo digital eso no lo ha superado.

¿Cómo eras de niño? ¿Cuáles eran tus gustos? ¿Te encontrabas distinto al resto?
Muy distinto, sí. Pero creo que a todos nos pasa en cierto modo. Era súper tímido, no tenía muchos amigos y pasaba básicamente todo el día en mi pieza escuchando radio, dibujando, leyendo. Mi mamá trabajó toda la vida, no estaba en la casa durante el día. Mi papá también. Él luego falleció y mi mamá trabajó aún más, entonces no fui especialmente apegado a ella por eso, por la dinámica de vida que fuimos llevando. Pero sí tuvimos una buena relación. Pasaba mucho conmigo mismo, solo. Y ahora es peor: hago videos, dibujos, ese mundo interior es mayor aún. En esa época me encantaban los discos de cuentos de Disney y hasta grande, tenía una colección de libros, los separaba por los Grimm, los de Perrault, etc. Crecí con los cuentos de hadas hasta muy viejo. Tenía como 13 ó 14 años y seguía metido en eso. Y de eso pasé a los cuentos de hadas de adultos, tenía libros de Jacqueline Susann, de Harold Robbins, historias de gente que vivía en Hollywood, en Nueva York. Para mí el cuento de hadas con la historia de la secretaria que se casa con un millonario y vive en Park Avenue era exactamente lo mismo. Veía mucha televisión: Música Libre, Hechizada, Los Ángeles de Charlie, Dinastía. A mi casa llegaban revistas desde la Eva, a Paula. Me llegaba Archie, Superman. A mis papás les gustaba leer revistas. Y lo otro era la música. Mi papá los domingos escuchaba ópera, que nunca agarré mucho, pero a mi mamá le gustaba el bossa nova o Manzanero y eso sí me gusta hasta ahora.

¿Cuáles son los personajes íconos que te han marcado?
Hay tres personas que de verdad formaron mi visión del mundo. Andy Warhol, Diana Vreeland y Woody Allen. Todo lo que veo y siento que puede ser relevante pasa por la influencia de ellos. Tom Ford dijo alguna vez que en el fondo toda tu imagen de lo que es elegante, de lo que es glamoroso e interesante se forma cuando tienes entre 12 y 13 años y para mí esos son los personajes que me marcaron. Diana Vreeland, incluso sin conocerla, porque tú veías producciones que había hecho ella y no supe quién era hasta mucho tiempo después, pero los años setenta en la moda sin Diana Vreeland no hubiesen sido lo que fueron. Y las películas de Woody Allen. Cuando vi Manhattan dije “o me voy a vivir a Nueva York o me mato aquí, me tiro del segundo piso del Teatro Oriente pa’bajo”. Toda mi visión estética de Nueva York, de las relaciones humanas, lo académico y lo frívolo de la ciudad viene de Woody Allen.

¿Estás suscrito a revistas?
Sí, a la New York Magazine, al New Yorker, la W, el Vanity Fair, el Vogue y el New York Times me llega todos los días. Colecciono algunos números. Antes coleccionaba todo, hasta que un día me tuve que cambiar de departamento y dije “nunca más voy a coleccionar nada”. Pero sí tengo una colección importante de Interviews de los `80, eso no lo suelto por ningún motivo. Conservo algunas portadas de la New York Magazine que me encantan, la última portada con Sex and the City cuando se acabó la serie, por ejemplo. Guardo números aniversario importantes, la edición de Hollywood de Vanity Fair, cosas de ese tipo. Estoy comprando harto Playboys de los años ´70, tengo una colección que he encontrado, por ejemplo, en el campo. Hay lugares que son como junkstores que tienen de todo y ahí están las Playboys de esos años que son fascinantes. Lees las cartas al director y te das cuenta cómo ha cambiado el mundo. Hay una donde escribe un tipo y dice “estoy suscrito y no puedo creer que una revista como Playboy le dé espacio a The Beatles, esos punks…”, cosas así de curiosas.

¿Cómo auguras el futuro de las revistas?
Soy súper optimista con eso, creo que las cosas no volverán a ser lo que fueron en ningún sentido, ni siquiera nosotros, pero es un período de transición. Nunca se ha necesitado más contenido que hoy día, porque el contenido es inmediato, porque hay millones de plataformas para mostrarlo, entonces las revistas están obligadas a presentar contenido. Y lo otro es que hay que entender a una revista como una marca, no como una mera revista. Una revista hoy tiene que ser video, tiene que ser conferencias, tiene que expresarse de un montón de otras maneras. Creo que vamos hacia lo digital, pero también creo que la revista en papel se ha convertido en un objeto de arte, de lujo. Si tú vas a los kioscos grandes de revistas en Nueva York, hay millones de nuevas revistas, entonces hay desde la revista del señor en Noruega que se le ocurrió hacer una con avisos de Tom Ford, Prada y Vuitton, sale tres veces al año y funcionan perfecto. Son productos de lujo. Las revistas noticiosas creo que no tienen futuro, no tienen sentido. Ahí sí que hay más problemas, porque qué noticias puedes dar que no se sepan. El aporte ahí es dar un punto de vista. Si vas a comprar una revista no la compras para enterarte de nada, es para leer una entrevista de un personaje que a nadie más se le ocurrió, porque para entrevistar al mismo personaje que sale siempre en televisión y en Instagram, no tiene mucho sentido. Lo otro es aportar visualmente con algo interesante, una revista fea no sirve de nada.

¿Cómo se ve a Chile desde la distancia?
Es increíble el cambio, este es otro país desde que me fui. 25 años es mucho tiempo, pero tampoco es tanto. Y Chile es otra cosa. Este país, aparte de aburrido, era el más conservador. La gente alega cuando digo esto, pero de verdad hoy no lo encuentro tan conservador. Estamos hablando de que hay un acuerdo civil, de una mujer que fue dos veces Presidenta. Eso no hubiese existido jamás cuando yo estaba acá. Se habla de cualquier tema en cualquier parte. Claro, hay todavía una especie de casta un poquito reaccionaria y conservadora, que en todos los países la hay y las cosas pueden retroceder un poco, pero lo avanzado es tanto que se sigue adelante. Tengo una confianza enorme en la gente joven, es gente que creció en su cabeza con la preocupación del medioambiente, el respeto a la diversidad, cosas de ese tipo que las sienten como causas, ni siquiera justas, sino que naturales. No se lo cuestionan. Hay una parte que me preocupa y es lo referente a los credos religiosos y la influencia que puedan tener grupos como los evangélicos, que en algunos temas son intransigentes, pero son claramente una minoría. El desarrollo es casi imposible de parar en ese sentido.

Esos cambios que has visto en Chile ¿Son extrapolables a la idiosincrasia del chileno? ¿Se están vistiendo mejor, están más desprejuiciados, tienen mejor gusto?
Sí, todo sí. Una de las razones por las que me fui fue que en el tiempo en que hacía entrevistas políticas me tocó entrevistar a un señor de la Democracia Cristiana. Entré a su casa y tenía un gomero en un rincón, un sofá como de terciopelo azul o verde y al frente una mesa llena de platería. Ahí dije “si entro a otra casa que se ve así, me tiro de la casa pa’abajo”. Y eran todas las casas iguales, había una especie de idea de lo que era elegante en esa época. Todo el mundo se vestía exactamente igual, todos veraneaban en el mismo lugar, todos iban al mismo colegio, esto era una fomedad y se daba en todos los estratos. La homogeneidad era la regla. Ahora no, creo que se está dando incluso un factor cool en descubrir el lugar distinto o desconocido. Aún existe la idea de la tribu, pero en la gente joven esta idea de descubrir un lugar nuevo y hacer cosas que otras no estén haciendo es un valor, no un defecto. En la vestimenta, yo prefiero a alguien mal vestido pero más interesante que alguien sumamente bien vestido. Hoy existe mayor acceso a la información y a los productos, hoy es más fácil viajar a Brasil o a Estado Unidos que a Valdivia de vacaciones. Es mucho más barato, entonces eso cambia mucho las cosas.

CHILEAN MAN IN NEW YORK

¿Cómo podrías resumir estos casi 26 años en Nueva York?
Es difícil resumir estos años, porque en Nueva York uno va haciendo diferentes vidas. Mi vida en los primeros diez años fue súper distinta a la que ha sido en los últimos 15. Tuve diferentes experiencias. Pero la verdad, te diría que es una experiencia de vida fantástica, es una ciudad que toma muchísimo de ti, pero te entrega oportunidades únicas y constantes. Y no es que haya una exposición de arte o conozcas a alguien interesante una vez cada seis meses, no, es de todos los días, es un estímulo constante.

¿En algún momento te deja de sorprender?
A veces sí. Pasa en cualquier ciudad donde vives y te metes en tu propia rutina. Mi trabajo no me ha dejado de impresionar, y aunque la ciudad en algún punto se convierte en tu ciudad, siempre me pasa que voy cruzando una calle o veo algo y es como “wow!” y te acuerdas de que estás ahí. Nunca tomo nada por descontado. Además es una ciudad muy dinámica, cambia constantemente; cuando piensas que la conoces te sorprende con algo nuevo. De repente recibes el NY Times con las cosas que van a pasar en otoño y te puedes morir porque son páginas y páginas de teatro, música, de exhibiciones. Es imposible abarcarlo todo y en algún minuto te relajas y seleccionas. Pero la oferta es impresionante y te pierdes de un montón de cosas.

¿Fue difícil hacerse un espacio?
La verdad es que no. Es súper competitivo, pero tuve una suerte enorme porque me fui sin ninguna expectativa. No me fui a hacer carrera, me fui a experimentar la ciudad. Estaba muy bien acá, tenía un buen trabajo, pero en ese momento decidí que quería tener una vida entretenida, una vida apasionante, que pasaran cosas. Y la verdad es que desde acá viajaba harto, tenía un montón de amigos, pero sentí que estaba en un tren donde sabía perfecto donde iba, era todo bueno, pero no había sorpresa y tomar la decisión de irme fue fantástico. En ese momento estaba a punto de cumplir 30 años, pero llegando allá sentí como haber devuelto el reloj y esos 30 los viví como si tuviera 20. Salía todas las noches, tenía amigos menores que yo, hacía trabajos que hace gente de 20 años pero no de 30 y además estaba en el Nueva York de los noventa y eso era de por sí alucinante. He tenido la suerte de no tener mayores responsabilidades que yo mismo y eso te da una libertad ideal. En esos años siempre pensé en que todo esto iba a terminar, quizás volver a Chile, pero en algún momento también me di cuenta de que las cosas estaban enrielándose solas y en el fondo he tenido una suerte enorme. Porque sí, he trabajado mucho, he creado las oportunidades y las he aprovechado cuando se han presentado.

¿En qué te ayudó el paso por el periodismo político?
Empecé en el periodismo haciendo entrevistas políticas. Era el año 83 y tenía reuniones de pauta con la Raquel Correa, la Malú Sierra, la Elizabeth Subercaseaux. Eran periodistazas, aprendí mucho de ellas, y eran todas muy distintas. La Raquel Correa era súper severa en su trato y en su profesión. Era intimidante. Yo estaba aterrado frente a ella, pero también tenía un lado muy dulce, una cosa que no era evidente a primera vista. Hasta vulnerable te diría yo. La Malú era magia, entraba con su pelo largo, crespo, era una especie de sacerdotisa, totalmente conectada a la tierra y a la naturaleza, estaba siempre entrevistando a científicos y astrólogos, pero de las tres, con la que más tengo contacto hasta ahora es con la Elizabeth, porque tiene una generosidad impresionante en el adoptar a periodistas jóvenes y además es una periodista mágica, fascinante. Entrevistaba por ejemplo a Sergio Fernández y leías la entrevista y era como un cuento de García Márquez. Si tus primeros años en periodismo son esos, en cierto modo lo trasladas a lo que hagas. Siento que hay cierta rigurosidad en lo que hago, cierta preparación, que uno esperaría que fuera lo común en esto pero no es tan así. Y lo maravilloso de la revista Cosas también es que me permitía saltar de un tema a otro con una libertad que no se puede en ninguna otra parte y que era entrevistar en ese tiempo a Jaime Guzmán y en la página siguiente haber escrito de Ornella Mutti. Y ahí quiero detenerme en otro referente súper importante para mí, porque es una editora astuta y talentosa, abierta a escuchar distintas opiniones y que se transformó en una gran amiga, la Mónica Comandari.

En todo este tiempo ¿Cuáles han sido esos entrevistados difíciles de olvidar?
Para mí, haber entrevistado al paparazzo Ron Galella fue lo mejor, porque me encantan sus historias, es un tipo súper divertido. Una vez entrevisté a John Richardson, un historiador del arte experto en Picasso que escribía en Vanity Fair. Además era un Walker, siempre salía con Nan Kempner a las fiestas, era muy amigo de Bill Blass y nunca he conocido a alguien que contara mejores historias que él. Contaba historias de Dalí, de Picasso, el tipo era fascinante. Y de personajes famosos, Javier Bardem es un tipo inteligente. Le hice dos entrevistas, la primera por Mar Adentro, un press junket en el Regency Hotel en Nueva York. Después de entrevistar a Alejandro Amenábar, me dicen que Bardem está en la habitación 802, la puerta estaba semi abierta y él estaba tirado en la cama con una polera de los Rolling Stones, una visión bien impactante. Hablamos hasta de política, es un tipo muy interesante. Las celebridades americanas son expertas en protegerse, Tom Cruise es el mejor ejemplo de eso. Nunca le he visto una entrevista interesante, ni mía ni de nadie. Los europeos y los latinoamericanos en cambio, son mucho más abiertos y relajados. A Meryl Streep la entrevisté durante la promoción de El Diablo se viste de Prada y no tiene nada de diva. Es una mujer muy inteligente, además viene de la generación de los actores de los setenta, cuando ser celebridad era algo distinto. Con Madonna tuve dos experiencias, la fui a entrevistar cuando lanzó Ray of Light, hace 20 años atrás, en el hotel Bel Air de Los Ángeles. Solo eso era impresionante, además en ese tiempo ella estaba en su peak. Y la otra experiencia fue cuando yo trabajaba en Barneys. Ella entra con Carlos León, sola sin guardaespaldas. Me acerco y le ofrezco ayuda, pero en todo momento ella le hablaba a Carlos León y él me decía a mí lo que ella quería. Eso duró hasta que entró al camarín a probarse ropa, porque después se soltó y terminó siendo súper amorosa. No todas eran así durante esa experiencia. Por ahí pasaron Diane Keaton, Bianca Jagger, Bette Midler. El primer día que trabajé en Barneys atendí a Farrah Fawcett, era increíble, casi me morí. Empecé a trabajar en Barneys cuando abrieron la tienda en Madison y estuve como tres años a cargo de la boutique de Hermès.

¿Quiénes te han sorprendido por su amabilidad?
Valentino es uno. Pensaba que era un pesado. Tiene esa ceja levantada, es tan perfecto, su pelo, sin embargo es muy amable, amistoso, cálido, pese a que su imagen no proyecta eso. Hay gente que tú sabes que van a ser simpáticos, Óscar de la Renta era un encanto, por ejemplo. Diana Ross, era exactamente lo que esperaba ¡pero no esperaba que fuera tanto!, es todo más exacerbado, es muy diva, muy demandante. Hay otros que son mucho más simples como la actriz Blake Lively. Pero depende de las situaciones.

¿Cuál es la sensación ambiente en EEUU con la nueva administración en la Casa Blanca? ¿Afecta en el día a día?
Sí, afecta. Yo llegué a Estados Unidos y lo primero que hice fue cubrir la convención demócrata donde Bill Clinton fue elegido como candidato a la presidencia. Y me ha tocado tener a Clinton, a Bush, a Bush hijo, a Obama y nunca he visto a los Estados Unidos tan dividido como está ahora. Trump ha creado temas, existe siempre la sensación de estar en crisis, y en esa crisis él se muestra como el único capaz de solucionarla en el tema para sus partidarios; en el tema de las armas, en lo del cambio climático, en todo ha creado una zanja de división y eso ha dividido al país y le ha permitido a él llevarse a toda una parte del país. El partido republicano yo te diría que está muy unido detrás de él. Nueva York y toda la costa este es súper distinta al resto del país y esa es la gente que se ha sentido durante décadas completamente ajena. En este oasis que puede ser Nueva York es imposible no sentir cómo afecta esto, es una conversación diaria, hay gente que de entrada te dice “por favor, no quiero hablar de Trump”.

 

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