La Vie en Rosé

Rosé, rosado, rosato, imposible no reconocerlo

Texto Nano Mitarakis  Foto Javier Álvarez Producción Mari Mackenna y Gerri Kimber

Por suerte existen los clásicos. Y mejor aún, cuando los clásicos se transforman en íconos. Esos que mucho más que referentes, son la unidad sólida y perfecta desde donde siempre se puede partir. Algo así pasa con el Rosé. Creemos que a veces vuelve a estar de moda, como ha sucedido últimamente, pero la verdad es que siempre ha estado ahí. ¿Cómo se toma?, ¿con qué se combina?, ¿con qué plato se marida?. Esa es exactamente la gracia de un ícono. No hay malas respuestas.

En 1957, en otro clásico -del cine- como es An Affair to Remember,  Deborah Kerr  y Cary Grant (otro par de íconos) hablan de lo mucho que aman el rosado. Toda la película gira entonces en base a este vino y los dos acuerdan que una vida juntos debe ser exactamente como un buen Rosé: “divertida, ligera y agradable”.

Casi 60 años más tarde, en el verano de 2014, el diario New York Post titulaba: “Peligrosa escasez de Rosé en los Hamptons”. La nota hacía alusión a las “penurias” que estaban viviendo los veraneantes de la exclusiva localidad del estado de Nueva York, por la repentina privación del singular vino que personifica el refinado estilo “chic-well being” tan en boga en el mundo de hoy.

Rosé, rosado, rosato, imposible no reconocerlo. También distinguido como el primer vino del mundo; la historia del Rosé parte en la antigua Grecia y Roma. A grosso modo, en esos tiempos las uvas se aplastaban, para independizar el fluido de la piel y semillas. Posteriormente, se vertía en tinajas, y ahí comenzaba la fermentación.

Más que una tendencia pasajera, el Rosé se ha integrado constantemente a todas las épocas por una razón muy simple. Es un vino versátil. No puede ser encasillado y entrega a cada persona un atributo apenas distinguible, tan sutil como su color rosa pálido, “como el rubor de una virgen”, han dicho algunos.

Gracias a su particular sabor ácido y notas frutales que le aportan frescura, podemos tomarlo igualmente sentados al mediodía en una playa en el verano, en el atardecer del invierno, como aperitivo en la comida y, por supuesto, partiendo el día, en un desayuno con huevos y caviar.

Podría decirse que nunca el rosado fue tan masculino como en las manos de Cary Grant, más sensual que en la copa de una mujer como Deborah Kerr, más sexy que en la canción “Hotel California” de The Eagles donde hay “Mirrors on the ceiling y The pink champagne on ice” o más pop que en la canción de Ariana Grande que nos invita a “make it pop like pink champagne in the purple rain”.

Además, las cifras son elocuentes. Su consumo a nivel internacional ha aumentado exponencialmente, a la par con su fama. Según el Conseil Interprofessionnel des Vins de Provence (CIVP), organización vinculada a los viñateros de rosé en la región francesa de Provence, en Francia se toma más rosé que blanco. Coincide la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV): consumo mundial de rosé ha crecido un 20% desde 2002. En Suecia, un 750% (!); en Reino Unido y Hong Kong, un 250%; en Canadá, un 120%.

A estos porcentajes hay que sumar la generación Millennial, fuerza impulsora del actual consumo global. El deseo de conectar con los orígenes del producto y su historia los ha acercado a la autenticidad del rosé. Actores y actrices como Drew Barrymore, Angelina Jolie, Leonardo DiCaprio y los cantantes Nick Jones y Sting lideran el goce más visible.

Y mientras el verano en Chile recién parte, en el hemisferio norte la temporada terminó con la coronación del Frozen Rosé como el trago estival. El “Frosé”, como también se denomina, es una mezcla de vino rosado, con jugo de limón y azúcar en la juguera y luego congelado seis horas. Las versiones caseras del trago inundan Twitter e Instagram.

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