Juan Luis Dörr

A CAMPO ABIERTO

ALEJADO DE LA GRAN CIUDAD, DE TODOS SUS RUIDOS Y MOVIMIENTOS, EL ESCULTOR JUAN LUIS DÖRR DA RIENDA SUELTA A SU INSPIRACIÓN Y CAPACIDAD CREADORA EN CADA TROZO DE PIEDRA QUE ÉL ESTIME PERFECTO PARA TRABAJAR. SOLO EN ESE HÁBITAT, EN MEDIO DEL CAMPO CHILENO O A LOS PIES DE LA CORDILLERA DE LOS ANDES, ES DONDE JUAN LUIS PUEDE SENTIRSE CÓMODO.


CON LA CABEZA INCLINADA HACIA ABAJO, MONTANDO sobre su caballo e inmortalizado en piedra es como se ve la imponente escultura de Manuel Rodríguez en la Plaza de Puente Alto. Quizás es esta una de las obras con más significado para el escultor Juan Luis Dörr (47). “Siempre sentí una conexión con Manuel Rodríguez, entonces, apenas vi el llamado de crear este monumento, no dudé ni un segundo en postular”, nos cuenta el artista que también tiene obras en lugares tan diversos como Pirque, Curicó, India o Turquía.

Juan Luis entra a su taller solo si tiene definido su objetivo. Ya con ese paso dado, toma con ambas manos algunos de los tantos huesos de animales muertos que ha ido encontrando en la cordillera, y de los que extrae las formas y diseños que adoptan sus esculturas. Los mira, los analiza, los investiga y a veces los rompe. Luego, toma su libreta y con total concentración comienza a trazar líneas, círculos y todo tipo de garabatos que nacen de su motricidad e imaginario hasta plasmarse en tinta sobre esas hojas. Con su idea ya diseñada, va escogiendo entre las distintas posibilidades. “Veo el tamaño y veo también qué puedo traspasar de lo que diseñé a ese pedazo de piedra”, cuenta mientras explica lo que pasa por su mente cuando trabaja la piedra. “En algunas oportunidades pasas mucho tiempo o incluso varios días puliendo la misma parte con el fin de conseguir la curvatura precisa”. En esas situaciones consigue un nivel máximo de concentración, el cual describe incluso como un mantra.

Así como sus obras permanecen en galerías de arte o en espacios públicos por los cuales caminan miles de personas, Juan Luis vive alejado de esa bulla, en un lugar que se encuentra en las antípodas de lo que puede significar Santiago de Chile.

“Creo que no podría ser productivo en Santiago; las veces que voy solo estoy un rato para ver a mis amigos, ir al cine, ir al teatro o para comprar algo que necesite, pero mi lugar está acá”, afirma sentado cómodamente sobre un rústico asiento dentro de su taller ubicado en Requínoa, localidad en la que también está su hogar. “Necesito estar en el campo, además me gusta mucho ir a la cordillera”.

CAMPO Y CORDILLERA

“Nacimos con una pata en la cordillera porque mi familia tenía un campo metido en los cerros, una cosa bien perdida”, recuerda y agrega que, por su cercanía desde muy pequeño con los caballos, su conexión con el mundo cordillerano se dio manera armónica y natural junto a los arrieros de la zona. “Son unos sabios de las montañas. Aprendí la capacidad de internarme en ella con caballos y mulas, llevando víveres para veinte días”. Todo ese conocimiento aprendido de tantos viajes con arrieros fue fundamental para que él pueda contar hasta el día de hoy sobre sus distintas aventuras en este cordón montañoso. Aventuras de las que se puede destacar la vez que recorrió desde Manantiales (Romeral hacia la cordillera) hasta Pucón, siempre por rutas perdidas y huellas cordilleranas.

Junto con la cordillera y la escultura, los caballos son su otra gran pasion. Juan Luis no se imagina un día sin cabalgar un rato por el campo, sin sus botas y sin su sombrero que, junto con sus jeans gastados y camisa a cuadros, forman parte de su identidad. Es el campo también lo que lo ha llevado a desarrollar otra faceta como artista: el diseño de cuchillos, una herramienta fundamental para hombres que como él valoran la vida en la montaña, en el campo, al aire libre.

Su última exposición fue “Tiempo de Piedra” en la galería La Sala.

 

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