J.D Salinger

EL SECRETO DEL PIEL ROJA

SALINGER FUE EL ESCRITOR MÁS OCULTO DEL SIGLO XX. RARO COMO UNA JOYA. AHORA, THE REBEL IN THE RYE, PROMETE ABRIR LAS COMPUERTAS DE SU BUNKER.


Texto Mili Rodríguez Villouta Foto Getty Images 

ESTRENADA EN SEPTIEMBRE DE ESTE AÑO EN ESTADOS Unidos, con la actuación del atacado Kevin Spacey como el director de la revista Story. Nicholas Hoult es Salinger joven, y Zoey Deutch, Oona O’Neill, la “Debutante del Año” de 1942, en el Stork Club, en la parte principesca de Nueva York. Oona fue su gran amor, pero ella se casó con Charles Chaplin, cuando J. D. desembarcaba en el infierno de la II Guerra Mundial.

El Día D, en la playa de Utah, Salinger llevaba en su mochila, junto a una dura máquina de escribir, los seis primeros capítulos de The catcher in the rye. Y esa novela fue su amuleto. Terminó de escribirla en el duro avance de las tropas hacia París. Esta es la enésima crónica de su vida, un paso más en el misterio. ¿Por qué dejó de publicar? ¿Por qué se encerró en New Hampshire durante más de cincuenta años?

Desde su publicación en 1951 se han vendido 80 millones de copias de su novela maravillosamente divertida, trágica y sutil a morir. Con un buen set de adjetivos, fue capaz de todo, menos de recuperar a Oona, que sonaba como Luna. Esta es la historia del hombre que desde 1967 se encerró en un bosque durante más de 50 años. Y así comenzó la leyenda.

The catcher in the rye estuvo arriba en la lista de best sellers todo el año ‘51. Fue algo fulminante. Pasó de todo con ese libro. Los adolescentes y los inmaduros lo convirtieron en su bandera, generación tras generación. Algunos asesinos, también, como el execrable Mark Chapman que mató a John Lennon en el portal de un edificio de Manhattan, el 8 de diciembre de 1980. El tipo llevaba la novela junto al revólver, como un cocaví letal, y dijo que lo hizo para llamar la atención del mundo sobre el libro del que se había enamorado. Salinger, por lo menos de esa parte, es inocente. Lo que pasa, aventuran algunos, es que esa historia establece una relación demasiado íntima con los lectores. El personaje de El cazador en el centeno, Holden Caulfield, es un adolescente escapado de su casa y echado del colegio, que va por la vida con una gorra roja con la visera hacia atrás. “Es una gorra para cazar gente”, dice. “Yo me la pongo para matar gente”.

Pero lo demás no es tan poco tierno. Holden no quiere matar a nadie. El escritor, después de todo, también se escapó de su casa, a los cuatro años, con tocado de plumas y vestido de piel roja. Lo encontraron en otro edificio, en el ascensor.

CUANDO CONOCIÓ A OONA O´NEILL

Él tenía 20 años y ella 14. El cazador había apuntado alto. Pero no era más que un adolescente tardío de brillante incontinencia verbal, que de niño se había escapado por el ducto de respiración de su edificio de Park Avenue. Oona, vestida de terciopelo negro y joyas de plata, era “hermosa de una forma inmediata pero perfectamente lenta”. Después del colegio, ella se iba al Stork Club, donde siempre la fotografiaban con un vaso de leche en la mano, porque era menor de edad, obvio.

Él escribió: “No hay ningún club nocturno donde puedas pasarte mucho rato sentado, a menos que puedas comprar alcohol y emborracharte. O a menos que estés con una chica que quita el hipo”. Oona era la bellísima hija de un Premio Nobel, el amargo Eugene O´Neill, y J. D. le escribía cartas de 14 páginas que a ella le encantaban. Pero después, otro cazador se había interpuesto. En lo peor de la guerra -cuando lo único que tenía él eran los calcetines de lana que le tejía y mandaba como fuera, su madre dulcísima, y las ídem cartas de Oona-, ella dejó de escribirle sin explicaciones y se casó con Charles Chaplin. Con él tuvo ocho hijos y fue feliz. Chaplin era adorado por el mundo, como su propio padre O´ Neill, con la diferencia de que el gran actor la quería. Cuando O´Neill, que ya la había “despedido” de su vida por lo del reinado en el Stork Club, supo que su hija se había casado en Hollywood con su propio (viejo) millonario, dejó de hablarle. Pero Oona era una huérfana desde mucho antes.

Salinger tenía algo de Philip Marlowe (es decir de Humphrey Bogart), el antihéroe de la post guerra, algo rudo y rasposo que le pasaba sobre la cara. Era buenmozo, tenía encanto y estaba un poquito loco. No era bonito. Era algo peor. Un destructor veloz. Un metro 95, delgado para siempre, ojos oscuros, un sentido del humor refinado y la voz de actor que paralizaba un poco. Aunque alguien dijo que era alto, moreno y tenía cara de caballo. A la gente que le caía mal les decía, por ejemplo: “John, estás hecho todo un príncipe”. “John, encanto, tesoro”. “Cuando me da por hacerme el indio, llamo encanto a todo el mundo. Lo hago por no aburrirme”.

Decía que Oona era linda y malcriada. “Con metro sesenta de altura y 57 kilos, la señorita O´Neill confía en estudiar teatro”, informaban las páginas sociales. Cuando ella lo abandonó, hubo un cambio de tono. En el cuento La larga puesta de largo de Lois Tagget, de 1942, dice: “Aquel invierno Lois se esforzó en pulular por Manhattan con los más fotogénicos de los jóvenes que bebían whisky con soda del sector ‘Dios y Walter Winchel´ del Stork Club. Y no lo hizo mal. Tenía buena figura, y además se consideraba inteligente. Era la primera temporada en que ser inteligente estaba de moda”.

Aram Saroyan dice: “Ella era preciosa y Salinger la quería, la adoraba, le parecía tremenda y a la vez superficial. ¡Y le molestaba mucho su superficialidad!”

LA PARTE ZEN

A Jerome David, su padre lo había mandado a una academia militar por porro. Pésimas notas, ausentismo, mala conducta. Y allí lo sorprendió la Segunda Guerra Mundial, el desembarco en Normandía y los humeantes campos de concentración. Por eso existe un Salinger AS y otro DS.

El de Antes de Salinger tuvo un gran romance fracasado y publicó en revistas semi frívolas, cuentos que tenían un clima de Francis Scott Fitzgerald, que se hizo rico escribiendo sobre los ricos, y de una manera espléndida. Simplemente todos los escritores jóvenes querían ser Fitzgerald o Hemingway y ser aplaudidos con guantes de terciopelo, anillos Cartier y suaves escotes por las estrellas y starlets de Hollywood. En cambio, el Salinger Después de Salinger, es un tipo con los nervios y el corazón rotos.

Mientras Oona era molestosamente feliz, este ex novio y ex combatiente podía pastar en las praderas de la fama y el prestigio literario todo lo que quisiera, pero ya no competir con nadie por el amor de nadie.

Por lo demás, luego del difícil silencio epistolar, él también se había casado con Sylvia Welter, alemana -la chica era nazi, se dijo, y finalmente él supo que había mucho de eso-, y le había proporcionado, él mismo -como agente de inteligencia de los aliados- pasaporte de francesa. Con ella regresó a Manhattan, pero el amor no duró nada: a los seis meses Sylvia estaba de vuelta en su destruido país. Dijo que eran “desesperadamente infelices”, pero que tenían una inexplicable comunicación telepática. Y sobre ese amor algo tenebroso, parece que trata uno de los cinco libros que -se anuncia, ya no muy ruidosamente- saldrán uno de estos días de su caja fuerte. Porque dentro del búnker verdadero y compacto que construyó huyendo de la fama, Salinger tenía también una caja fuerte donde guardó sus pertenencias literarias.

Salinger no solo era un herido de guerra, sino un hombre de una sensibilidad y delicadeza tan grande que no pudo -sin morir- vivir en el mundo. Así que se salió del mundo.

Andrés Hax escribe en Página/12: “Que haya abandonado la publicación en pleno auge de su talento, se vivió entre sus seguidores casi como un suicidio. Pero un suicidio lento y extraño, nunca confirmado del todo”.

Nadie se esperaba (¿o sí?) que el escritor estrella de Nueva York y de la revista New Yorker (que antes del Cazador, le rechazó una serie de cuentos por los motivos más extravagantes), se desplomaría en el bombardeo del éxito y se volvería invisible. Desde de 1967, quedó solamente su primera novela, y un alimento más preciado que nada para sus devotos, la descomunal autobiografía portátil que funciona enNueve cuentos y lo demás.

Gracias a El filo de la navaja, de W. Somerset Maugham, encontró una religión hindú: el Vedanta.

Al otro lado del bunker de New Hampshire -donde tenía un camastro del ejército y todo era papel-, en ese bosque de 36 hectáreas, estaba la casa donde vivieron sus mujeres, cada vez más jóvenes. Chicas de 14 años que cuando crecían un poquito dejaban de ser su objeto artístico. Igual, en 1955 se casó con Claire Douglas, fue un pésimo marido y tuvieron dos hijos antes de divorciarse.

El escritor vivió allí hasta el final. El lugar se parecía perturbadoramente al demasiado conocido por él, bosque de Hürtgen, registrado en las crónicas de la II Guerra Mundial como El Infierno Verde. Se dice que demoró diez años en escribir El cazador entre el centeno y pasó toda la vida tratando de olvidarlo. Entrevistarlo era imposible, tomarle fotos, una misión improbable, y muy pocos lo lograron. Adiós entrevistas, adiós prensa, prohibición total de llevar

El cazador entre el centeno al cine. Se pensaba que había dejado de escribir. En Cornish, el pequeño pueblo al otro lado del río, donde hacía sus compras y recogía curiosamente el correo, se sabe bien que todo pueblo tiene su esqueleto en el armario. Sus códigos. Y el código de Cornish era: aquí no se habla de Salinger. Cuando preguntaban por él al dueño de la farmacia, o a los empleados del correo, la gente invariablemente decía: “¿Salinger?”, con cara de malos lectores y encefalograma plano, y algunos pensaban que era mejor dejarlos en la ignorancia.

JERRY, PARA SUS DESCONOCIDOS

Los de la primera oleada habían sido instruidos para morir en masa: la playa era un campo minado, y desde arriba, la defensa alemana atacaba sin límite. “Marinero Ken Oakley: La noche anterior, el oficial al mando nos dio las instrucciones, y yo no me olvidaré nunca de sus últimas palabras: No se preocupen si a los de la primera oleada los matan a todos. Nosotros nos limitaremos a pasar por encima de sus cuerpos con más y más hombres”. Así fue. “Jerry Salinger bajó con la Cuarta División de Infantería en el asalto a la playa de Utah a las 6.45. Bajó a tierra junto con el 8avo. Regimiento, que hizo de punta de lanza del desembarco de la 4a División”. “Salinger desembarcó en la segunda oleada del asalto del Día D”, se confirma en la biografía de Shields y Salerno. La bien llamada “Biografía definitiva”.

A los 25 años, el alto, delgadísimo y atractivo J. D. fue uno de los cientos de miles de soldados norteamericanos, canadienses y británicos de infantería que bajaron en esa playa, esa matanza. Un coronel cuenta: “Todos sabían que si querían llegar vivos a la noche, primero iban a tener que sobrevivir a la carrera (sobre el agua) hasta la playa”, completamente indefensos bajo el fuego”. Era “terror en estado puro”.

Por eso ahora, las fotografías más simples de ese día resultan traumáticas: “Desembarco en la playa de Utah. Día D, el 6 de junio de 1944”. Durante ese largo día de verano, el sargento de inteligencia Salinger llevaba en su mochila las primeras páginas de su novela. Más una máquina de escribir que inevitablemente, tecleaba en el avance de esas semanas, entre asalto y asalto, muertos y más muertos. Parece que el universo tiene sus preferencias literarias: los seis primeros capítulos de The catcher in the rye fueron su amuleto.

A continuación, combatió en el bosque de Hürtgen, otro horror interminable, y en las Ardenas: por lo menos un campo de batalla despejado, donde entre diciembre y enero de 1945 se enfrentaron, ni más ni menos que un millón de soldados de ambos bandos. Los soldados alemanes eran los que le quedaban a Hitler: tenían 15 o 60 años. Y llegó a París con los muchachos que habían ido a ganar esa guerra y la ganaron, y entraron a París en grandes jeeps, con los uniformes destrozados, entre gritos, canciones, besos y lágrimas. Todo eso ya se sabe, pero había sobrevivido. Ahí estaba Salinger: para muchos el mejor escritor del siglo XX. O quizás ese fue Ernest Hemingway, o Borges, o Jean Rhys, no importa. En esos avatares conoció a Hemingway. Venció un abismo de timidez para ir a presentar sus respetos al monstruo en las sonoras inmediaciones de Hürtgen. Se cayeron absolutamente bien, y luego lo visitó en el Ritz de París, donde “Papá” Hemingway campeaba, y tuvo la gentileza de leer sus cuentos y le dijo que era un capo, con una generosidad posible en él sólo porque estaban en la misma guerra, el chico era bien educado, y en verdad escribía salvaje.

Junto a sus cuatro mejores amigos para toda la vida, Jerry se salvó. Todos tenían 18 y 19 años, y él, que tenía 25, y era un niñito bien de Park Avenue, amado por sus padres de mucho dinero, mestizo de judío e irlandesa, lo vio todo. Todo lo que pudo soportar, que fue demasiado. Y fue un herido de guerra el resto de su vida.

LA MIRADA DE LOS MIL METROS

“En la guerra, Salinger entendió lo que es ser judío”, dicen sus biógrafos Shields y Salerno. Su foto de entonces, con el casco desabrochado, tiene esa mirada imborrable que llega demasiado lejos. Porque además fue uno de los primeros norteamericanos que abrieron el campo de concentración de Kaufering IV, y encontraron en primer plano el olor del infierno, y unos altos de algo que parecía leña: los cadáveres de cientos y cientos de prisioneros esqueléticos que habían quemado los alemanes antes de huir. Un aturdido jefe de campo nazi se paseaba aún entre tanta muerte con cara de funcionario público en horas extras. “Nunca olvidaré el olor de la carne quemada”, le dijo Jerry a su hija Margaret. Se lo decía a veces. “Desembarqué el Día D, ya sabes”.

Los soldados aliados se tiraban al suelo, vomitaban, se desmayaban, los pocos prisioneros que quedaban con vida trataron de aplaudir. Una mujer fantasmal abrazó a uno de ellos y lloró: “¡Por qué no llegaron antes!”

LA PUERTA FALSA

Días después, el joven escritor terminó en un psiquiátrico de Suiza, destrozado. La novela que publicaría en 1951, define como horroroso e inaceptable el mundo adulto. Depende de cómo se lea, The catcher puede ser una historia de iniciación cuyo protagonista es un adolescente enojado que tiene rabia, y habla con mucho garabato (casi no pasan la censura del Código Hays del New Yorker, la cautelosa revista que la publicó primero, y que él endiosaba). O puede ser y es, una novela bélica camuflada. Una novela perfecta -y en eso hay un acuerdo sorprendente- que tiene bajo la línea de flotación, otro nivel, otro piso, que es el de la guerra donde no murió, pero de alguna manera sí. Lo más importante, y quién sabe cuánto de deliberado, es que eso nadie lo entiende a la primera lectura.

Su autor fue “un hombre que nunca dejó de vivir su vida como si fuera un agente de contraespionaje”. Sin embargo, El cazador en el centeno es la puerta falsa de entrada a Salinger. Todo lo que publicó después, que no fue mucho, es francamente de una belleza inmaculada, y sin embargo fue recibido por la crítica -como se dice- con violencia asesina, especialmente contra su ficticia familia Glass, la familia más encantadora, disfuncional y zen de la literatura. El hecho es que ni siquiera eran propiamente críticos los que destrozaron Franny and Zooey. Seymur, una revelación. Levantad, carpinteros, la vida del tejado. Y Nueve cuentos. Eran escritores de segundo y quinto nivel. No lo soportaron.

UN DÍA PERFECTO

“Un día perfecto para el pez banana”, que se sostiene primero en los efímeros rankings trasnochados de los mejores cuentos del mundo, sucede en Daytona Beach, donde el escritor volvió muchas veces -con sus hijos y sus amantes adolescentes-, como asesino que vuelve al lugar del crimen. O quizás para revisitar a su Glass favorito, Seymour Glass que fue -lo dijo- él mismo.

El cuento fue amado por los lectores del New Yorker y mucho más allá. Seymour es un soldado post guerra que va de luna de miel con una chica perfecta, a la que llama “Miss Golfa Espiritual 1948”, y que se aburre en el hotel mientras él descubre en la playa a una niña deslumbrante de tres años, que le muestra algo así como el cielo. Y ese día Seymour se pega un tiro. En sus cuentos hay muchos niños maravillosos y un par de suicidas.

FLORES EN EL BUNKER

Salinger fue un productor a distancia de fans, devotos y conversos. “A un dios, para convertirse en dios, le basta con desaparecer”, ha escrito el lúcido Rodrigo Fresán, el amigo argentino de Roberto Bolaño. ¿Fue un inhibicionista?. Todo pudo ser una gran maniobra publicitaria, piensan algunos. “A diferencia de lo que nos han dicho, Salinger NO se pasó recluido los últimos 55 años. Viajó mucho, tuvo muchas aventuras amorosas”, dice Salerno. El autor que aprendió a escribir con una linterna bajo las sábanas, habría seguido escribiendo. Pero dijo que serían otras las generaciones quienes leerían esas páginas.

Las primeras biografías publicitadas del escritor son idiotas y deliciosamente especulativas. Como las de Shakespeare, que se han hecho con cero rastros de su presencia física. “Hagan lo que quieran conmigo, pero sin mí”, pareciera decir. “Para qué vamos a hacerlo difícil, si podemos hacerlo imposible”. Es literatura de ficción disfrazada de literatura de no ficción. (Aunque en el caso de Shakespeare, por lo menos, hace 400 años no existían los diarios, ni el género biográfico, ni la fotografía, y todo lo que tenemos de él, como cara, son retratos póstumos). Al fin de más de quince años de penosa investigación y obstáculos legales, “Salinger”, de David Shields y Shane Salerno, publicada en 2014, es una rica excepción de 700 páginas, que se suma a los fragmentos anteriores.

AMORES RAROS

Su ambición literaria era que hubiera “fuego entre las palabras”. Más o menos en 1950 conoció a Jean Miller, de 14 años, en un hotel de Florida. Se enamoró de ella como un maleante pero con el permiso de sus padres, y fue una relación platónica de la que quedaron cartas subastables y fotos preciosas. “Era un gran actor, era un personaje tremendo”.

En 1972 vino lo peor; Joyce Maynard: chica conoce a chico muy mayor después de aparecer en la portada del New York Times. ¿Ella estaba ansiosa? por escribir cómo ser virgen en un campus universitario donde la virginidad era una anomalía, no grave, pero sí divertida, y manejaba un humor muy atractivo y una pinta bellísima, del estilo exacto que podía trastornar a Salinger. Con ella fue a Nueva York y se presentó en lugares donde el secreto, por una temporada, se rompió. En su exitoso libro autobiográfico, Maynard NO contó que mientras lo escribía, vivió con él durante nueve meses. Todo comenzó con las cartas más lindas del mundo, una hoguera incandescente, y terminó porque Joyce le había dado su número de teléfono (es decir el del bunker) a la revista Times. Tenían un viaje a Daytona Beach con los hijos de él -Matthew, de 10 años entonces y Margaret, de 16- y no lo suspendieron, pero la primera tarde, él le dijo que nunca iba a tener más hijos, y era mejor que se fuera. Esa noche, ella entró a la habitación donde él dormía con Matthew, y le rogó que no se separaran y que no le exigiría tener hijos. Él le cerró la puerta en la cara. Entonces Joyce llamó a su madre -”me había quedado sola en el mundo, con un traje de baño y una toalla”- y le pidió que le enviara un pasaje para volver a Nueva York. Tuvo que esperar un día más para el vuelo. Después, cuando sacó sus cosas de New Hampshire, dejó escrito “BINT”, en la escarcha de la ventana: el nombre de la hija que soñaron tener juntos, “aunque  no estábamos haciendo nada para que eso ocurriera”. Por razones médicas indescriptibles -problemas de ella-, nunca tuvieron sexo. Y el nombre de la niña -cosa que supo después- significaba una obscenidad.

Comenzó a llamarlo y suplicarle. El jamás accedió a verla, salvo un año después, una tarde que pasó con su hijo a conocer la casa que ella se compró en el mismo New Hampshire, y que no soportaba que él no conociera. “Jerry estuvo allí 15 minutos”. Dentro de poco, Joyce Maynard se casaría con un joven actor, uno de los seres más guapos y olvidados de Estados Unidos, y en las fotografías del matrimonio se ve deliciosamente linda e infantil, superando su propio pequeño mito que comenzó con las fotos de portada que sedujeron al gran hombre.

El mismo guión: cartas de amor, celibato, abandono intempestivo, lo repitió el escritor a lo largo de los años. En los ´80, un fotógrafo de Life logró sorprenderlo con expresión de gran amargura en su jardín. Al afortunado cazaestrellas que logró esas imágenes, pudo haberlo matado con el rifle de matar fotógrafos. Era el gran Mamut. Le habían puesto precio a su cabeza. Años después, un paparazzi más afortunado tomó una buena secuencia de un Salinger de 72 años, pelo y cejas blancos, caminando por Cornish, relajado y “normal”.

Casi al final, el refugio sufrió un incendio. Pero no alcanzó al bunker. Se había casado con una enfermera muchísimo menor que él, que lo cuidó de todo y lo acompañó hasta el día de su muerte sin dolor, el 27 de enero de 2010. Salinger fue un Koan: un bello misterio, un problema sin solución. El New York Times se pregunta hoy dónde están las novelas que nos prometieron. Sus fans seguiremos leyéndolo y suspirando involuntariamente sin mayor esperanza de volver a ver a Seymour o a Franny Glass. O esperando más información desclasificada. Y todo lo demás es impublicable.

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