Isabel Margarita Bustos

LA MADRE DE JEIDI

JEIDI ES EL NOMBRE DE LA PRIMERA NOVELA DE ISABEL M. BUSTOS, Y TAMBIÉN DE SU PROTAGONISTA, LA NIÑITA SANTA QUE HACE MILAGROS EN LA CRÍTICA Y EN LOS LECTORES. 


Texto Pablo Mackenna  Fotos Carlos Ortega

La literatura, como la vida, está llena de caminos misteriosos. Desde la perspectiva del lector, puede ser un título sugerente en el escaparate de una tienda, un comentario al pasar o simplemente un error, pero lo concreto es que los libros encuentran su camino para bien o para mal. -Pablo, encontré este poema de Isabel Margarita Bustos, me acordé de ti- Este mensaje lo recibí de mi amiga Helia por Facebook hace unas semanas. Era un perturbador poema sobre la infancia, sino el que más, publicado hace ya 15 años. Un par de días más tarde, en una comida a la que no había sido invitado, -el paracaidismo también da sorpresas- la anfitriona me regaló una salsa de tomates de su autoría y un libro que debía leer, Jeidi. Ella de nuevo. Me olvidé el libro y la salsa. No tengo edad para la cannabis.

Al día siguiente, Juan Manuel Vial, crítico literario, furibundo y temido, y futuro marido y ex, de mi ex mujer, reseñaba elogiosamente en el diario, el debut novelesco de esta Jeidi de La Dehesa. -Pablo, hay una autora que quisiéramos entrevistar para la revista- me dijo la directora de SML solo unos días después, no podía ser otra. Dos días después en un departamento en Vitacura con una privilegiada vista sobre el valle de Santiago, como una verdadera Jeidi en su montaña, y un curioso atuendo como sacada de “Grease” aparecía Isabel Margarita.

¿Me puedes explicar qué te pasa con la infancia?- le pregunto. Ella Sonríe.
Siempre me gustaron las historias a través de los ojos de los niños o con niños de protagonistas. Una oración para Owen, el mundo de Julius, el pobre Pedro cruzando el Atlántico en busca de su mamá o Heidi. Y el tema de la orfandad. Creo que es más interesante configurar los personajes desde allí en que la relación con el entorno se vuelve más potente, no sé si me interesa escribir sobre un huevón recién separado y el síndrome del nido vacío. Hoy estoy escribiendo otra novela con un niño, ya van como cien páginas. “El concho de su madre”, una especie de hijo de Agustín Edwards en los años 30.

¿Qué querías ser cuando grande?
A los cuatro quería ser planchadora. Más tarde como a los seis me bajó lo de escribir.

¿A quién veías planchando que veías tan feliz, o no tenía que ver con felicidad?
Tenía que ver yo creo, con hacer algo automático y poder oír música al mismo tiempo y estar pensando.

Eso es como suspender la vida.
Es que la parte de al medio de la vida es bien feroz. A mí cuando me preguntaban si quería tener hijos, yo quería tener nietos, encontraba mucho más entretenido ya haberte rendido un poco.

¿No será que quieres más a tus abuelos que a tus papás?
Así como de querer no tengo idea. A mi abuela la quería mucho y me sentía muy aceptada por ella. Como era la mayor de mis hermanas tenía algo de sobreadaptada y sobreexigida, tenía que ser matea, cumplidora, pero mi abuela paterna me dejaba ser loca. Ella es la persona que más me marcó, muy lectora, me enseñó los primeros libros de mi vida. Nunca me regaló otra cosa que libros. Todo Julio Verne, los Papeluchos, me los comía. Mi hija mayor se llama Ester por Ester Huneeus, era mi ídola a niveles incomprensibles.

Sin embargo tu poema sobre la infancia es feroz. El retrato, justo al fin, no es muy alentador. ¿Cómo fue tu infancia?
Creo que tuve una infancia feliz. Por trabajo de mi papá nos tocó viajar mucho. Mi mamá había perdido a casi toda su familia en tres años. Mi abuela y su marido en un avión chico en Coyhaique, el hermano en auto en Buenos Aires y le quedó un puro hermano. Así medio guacha era perfecto el irse a vivir afuera. Estuvimos en España, Paraguay, Boca ratón. Y entre medio, vuelta a Santiago. Colegio Apoquindo. Eso era medio feroz y cada vez peor. Me costó el contrapunto, un mundo muy discriminador. En Paraguay mi mejor amiga era ciega y podía leer los colores con las manos. Una cosa bien tropical. En Florida, negros, raperos, tatuados, ese era mi mundo y mis papás desde temprano se lo tuvieron que bancar. Me iban a gustar los límites.

¿Tu mamá no cambió con tanto drama?
Se volvió mucho más católica yo creo que de las puras ganas de encontrarse con la gente que perdió. Yo soy atea y no tengo ni un tipo de relación con eso, entonces no lo entendía mucho.

Pero lo religioso, o el conflicto con ello, cruza toda tu obra.
Me crié en un colegio católico, es mi cultura y me hacía mucho sentido cuando chica. Yo quería ser monja, levitar, y tener calzones grandes color carne. Pero con el tiempo hay cosas que dejaron de hacerme sentido. Cuando empecé a ver el cinismo, el elitismo, la cosa pituca que envolvía todo desde donde lo viví yo. Y luego te cuestionas los hechos. Te empiezas a dar cuenta que no existen los conejitos de los dientes, que el viejo pascuero no existe, que los musulmanes creen con la misma fuerza que tú. Se descalza el puzzle. No existen ellos, pero María tuvo un virginal encuentro con una paloma y al final de sus días se fue al cielo volando. Sospechoso. Las religiones me parecen premodernas en el sentido de que son parte de la infancia, cuando ya puedes abstraer, hacer cálculos algebraicos, puedes prescindir de ellas.

¿No crees que si no hay un dios, no es tan malo creárselo a los niños, al menos en la infancia?
Yo sí se los di a mis niñas, porque había un minuto que no las podía controlar, y tenía que amenazarlas con el infierno. Me hacía más falta el infierno criando niños, que el cielo. Mi vida perdió el sentido cuando me dijeron que el infierno no existía. De chica me obsesionaba: a los 10 sentía que ya había cometido los  pecados mortales más importantes y que me iba derechito para allá. Pero tampoco me importaba: cuando pensaba en las personas que se merecían el cielo me daba una lata terrible. El infierno, aunque te pegaran y esas cosas, me parecía más entretenido, más honesto y donde estaba la gente que se quería de verdad como yo y mis primos que nos mostrábamos el poto a los 11 igual que lo hace la Jeidi con sus amigos.

Tienes una obsesión, que comparto, con el personaje de Judas…
Sí, me parece muy injusto cómo lo han tratado. Si existe Dios, entonces ya pues, era el engranaje necesario, es una víctima en la construcción de esa historia. Es como el Chapman de Lennon, o como el que quemó la biblioteca de Alejandría. Tú sabes que el castigo para ese hombre fue el anonimato, el que lo nombraba moría, para que no perdurara, hoy en día nadie sabe quién fue.

¿Y Chapman?
Chapman tenía que inmortalizar a Lennon que junto a la Yoko Ono ya venía guateando. Ya andaba muy de boina, se le empezó a notar, le empezó a salir olor. Lo que es Judas yo creo que llegó al cielo y fue como buena compadre acá te damos tu premio, qué te importa que abajo te odien, eso va a durar hasta Kim Jongun tire su cuestión.

¿Te da miedo Kim Jong-un, o más Trump?
Me da más miedo Trump y Dios más que Trump. No me da miedo que se acabe el mundo, encuentro justo para la naturaleza que se acaben los humanos.

¿Y desaparecer tú, no te da miedo la muerte?
No, quizás un terror en particular, terror como a que se me caiga el avión, pero no desaparecer. Encuentro un alivio desaparecer. Así como cuando me quedo dormida de repente o te tomas unas copas de vino de más y es como qué rico no estar más acá tanto rato. Pero antes, mucho, cuando nació mi primera hija la miraba y lloraba pensando se va a morir, cien años, doscientos, mil, da lo mismo, se va a morir igual, no la puedo salvar de eso.

Hay quienes dicen que se crece a través del daño: te separaste hace poco y no los has pasado bien. ¿Has crecido?
Creo que se crece a través del análisis del daño, el daño te puede no hacer nada o incluso te puede hacer más niña. Yo antes andaba como las monjas, levitando. Pasándolo bien nihilistamente: estoy leyendo esto, escribiendo esto, viendo esta película, muy en los sentidos. Era más ingenua antes, no creía ni en la maldad del Fra Fra, y para el terremoto del 2011, viviendo en Pencahue se cayó un relave de su mina sobre mi casa. La sepultó. Yo me había ido el día anterior. Murió la familia de mi nana entera con sus dos niñas de la edad de las mías, Alejandro, el jardinero. Allí vi maldad, en la displicencia de no pensar en nadie más. Y todo lo que hizo después. Acusó al hijo, ofreció plata, trucos sucios, feos. La justicia y la verdad tienen tan poco que ver. Ver eso te hace infeliz, menos ingenua. No fui nunca más la Jeidi. Más tarde supe que nos estaba envenenando el agua con cianuro. Hoy no me atrevo ni a invocarlo, es como “el patas de hilo”.

¿Te ha ayudado la literatura para sobrevivir o se te ha vuelto pesada en algún momento?
La literatura nunca me ha abandonado. A los 6 años empecé a escribir mis diarios de vida. Tengo cientos. A los quince, por culpa de un pololo suicida, terminé en un siquiatra que me volvió a derivar a las letras. Me mandó a un taller. De alguna manera siempre supe que la literatura me iba a salvar o a ayudar a pasar la vida. Tiene que ver con el mundo interno y una cosa medio Asperger que tengo, de estar muy adentro de mi cabeza donde la vida te pasa por fuera como una escenografía que va cambiando, y vas siendo tú, y luego te das cuenta que eres un otro y el dolor esta afuera y se convierte en humorada. En mi casa siempre hubo mucho humor, y muy negro, nos reímos de lo feas de las guaguas de mis hermanas al nacer, de lo pernos que son, y mis papás se reían mucho de nosotras. Si se muere alguien igual nos reímos que se haya muerto de tal manera. Hay que reírse de los vivos, de los muertos y de todos. Cuando me separé empecé a reírme por todas las razones de por qué me pueden haber dejado. “Obvio me dejaron porque no sé hacer la cama” una de mis favoritas.

¿De dónde surge la idea de escribir la novela “Jeidi”?
En principio fue un guión que lo íbamos a hacer película con Sebastián Lelio. Pero luego se gana Berlín con “Gloria” y me dice que ya no puede hacer la película de una niñita que se embaraza a los diez del Señor, y quería meterle al bombero violador, una cosa más “gore”. Hasta ahí no más llegamos y seguí con mi idea original en forma de novela. Dos años más.

El cura de tu novela se llama Amador, y no me cabe duda que lo sacaste del Amador que vive con los Aymaras y que justamente me casó a mí. ¿Es la literatura un permanente robo de la vida y los que nos rodean?
No diría robo, más bien préstamo y homenaje. Yo lo hago con mi familia y con mis amigos. A veces sí, hay que cambiarles el nombre y la peluca. Al padre Amador lo conozco mucho, Henry, mi ex marido, es director de la fundación Altiplano. Amador me roba la ropa, ve teleseries turcas, es lo máximo. El cuento de la vieja que se salvó del cáncer y arrienda el ataúd que se había comprado, es un cuento de una amiga del padre Amador.

En la novela aparece el hospital de Talca. Ese lugar es como una fuente inagotable de guiones.
Es verdad, pero para mí es el lugar donde me tocaba atenderme mientras viví en el campo los últimos años. Ahora bien, que es una puerta dimensional, lo es. Como se explica si no, haber llegado de urgencia embarazada y que me toque de ginecólogo un tipo que había sido mi vecino, me había invitado a salir un par de veces y a quien había rechazado. Cómo se explica tener que terminar mostrándole la flor, justamente a él. El hospital de Talca te puede cambiar las guaguas y también torcer el destino.

¿Qué te parece que hay quienes han visto en tu novela un retrato de los tiempos de dictadura?
Es impresionante la libertad con que la gente saca sus conclusiones. El año 86 es plena dictadura. Cómo negarlo. Pero no se trata de eso. Que la gente quedara alienada frente a “Sábados Gigantes” probablemente habría pasado igual sin dictadura. Y el milagro de la Jeidi embarazada en la novela no es una invención de los medios para tapar hechos oscuros. Simplemente sucede. Aquí no aparecen por arte de magia “Los huasos Quincheros”.

Hay una mirada particular en tu novela en que la realidad se orilla, por así decirlo, sin aspavientos, ni estridencia. Muy piadosa. El malo no es tan malo ni el fanático rasga vestiduras.
Es que para la gente del campo, a la que yo conocí, el mundo es así, como el clima. Las niñas de doce se quedan embarazadas. Puede ser del vecino, y también puede ser un milagro. ¿Por qué no? Y la maldad, ni siquiera sé si creo en la maldad así en puro. Pueden haber actos puntuales malos, pero también hay algo altruista que nos hace sobrevivir como especie. De las cosas que me han gustado que se han dicho de esta novela es que hay ternura. Pero no una ternura falsa, de cuento infantil, sino una ternura que te puede llevar a capas más profundas y allí es donde el libro despega.

En tus libros hay un fraseo muy particular. Una concisión muy propia de la modernidad y las redes sociales y a la vez cercana a la poesía, como pequeños artefactos de lenguaje. ¿Sientes que hay una nueva oportunidad para la poesía en la economía del lenguaje?
Creo que hay una oportunidad para el ingenio semántico gramatical, contar con pocos recursos para expresarse. Sigo a gente en redes sociales que considero poetas aunque ellos no se enteren. Son todos unos miniparras. Parra, de haber vivido hoy, seguramente sería el mejor de los twitteros.

¿Y los personajes cómo los armas?
Al armar un personaje el buen resultado surge siempre de quererlos y conocerlos, el cura irlandés es igual a Henry, mi ex marido, un personaje muy particular que trotaba con mocasines e iba a los matrimonios con pantuflas. No son estrictamente iguales, pero los short de tennis y el cintillo de toalla en un cura, al menos los emparenta. Lo otro que me ayudó mucho para la construcción, fue un curso que hice de guiones. Allí aprendí a armar a los personajes a entenderlos a conocerlos fuera de la trama, qué color les gustaba, qué dirían en una situación particular. Una vez armados, los quieres. De vivir tres días con el Tila, te aseguro le tomas cariño.

¿Qué te parecen los tiempos que vivimos, la modernidad, los grupúsculos empoderados?
No lo sé. El feminismo de pancarta me parece sospechoso. Yo creo que hay que rescatar justamente lo femenino. El hombre es el que se tiene que feminizar. Tenemos que sacarnos mucha culpa, la moral del trabajo. Si quiero criar guaguas, bien. Y me quiero ver bien. Si me pillan con buzo por la calle probablemente estoy a punto de suicidarme. Hay cosas que no, el neón, jamás, el pantalón a la cintura, jamás. Y está la gente que se toma sus rayas personales muy en serio. A mí no me importa que se extingan los pandas, qué quieren. Ni pesco al ciclista furioso ni a los niños tiranos. Qué derecho van a tener los niños, si no se han ganado nada. Y al perno freak que me llama para corregirme porque puse en el libro que Terminator decía “hasta luego baby” en la primera película cuando fue en la segunda, next. ¡Es ficción la huevada! Y los jugos verdes y la comida saludable… siempre fue saludable la comida. Mucha conspiración. Y la peor de todas y aquí sí que no transo, es con la terapia alternativa, no me vengan con homeopatía. A mí no.

¿Entraste a estudiar sicología este año, grandecita ya. ¿De qué se trata esto, asegurarte una profesión?
Puede ser pero también es una excusa. La sicología te ayuda en la construcción de personajes aún cuando hay que tener cuidado con la generalización de las categorías. Y me gusta la copucha, los secretos. Siempre he trabajado, y es importante asegurarse un sueldo, tener algo parecido a un horario. Después de mi primer libro de poesía descreí algo de la palabra como sustento. Lo terminé y no pasó nada. Luego hice otros libros por encargo, libros de cocina, catálogos, trabajé en publicidad. Escribí otro libro de poesía, pero no sí pueda publicarlo todavía. Hay mucho dolor y me da como pudor. Yo veo a mis compañeros de literatura vendiendo seguros. Es complicado. Por otro lado he hecho demasiadas cosas gratis en la vida. La sicología me puede servir al menos para pedir prestado. Aunque la única vez que he hecho perro muerto fue con un sicólogo al que no vi más y le quedé debiendo las últimas dos sesiones. Mal.

Y me lo dices a mí. La historia de mi vida.

Share this post