Iris Murdoch

“MI ÚNICO PROBLEMA ES NO SER GENIAL. ESTOY EN LA SEGUNDA LIGA, NO ENTRE LOS DIOSES”, DIJO LA “MUJER MÁS BRILLANTE DE INGLATERRA” EN LOS AÑOS 80. LA MEJOR DISCÍPULA DE SHAKESPEARE Y DE WITTGENSTEIN, DAMA COMANDANTE DE LA ORDEN DEL IMPERIO BRITÁNICO, CASADA DURANTE CUARENTA Y CINCO AÑOS CON EL MISMO SEÑOR, JOHN BAYLEY, TUVO UNA VIDA DE NOVELA DE MURDOCH. MONÓGAMA PLATÓNICA, BISEXUAL, DIVERTIDA, ESCANDALOSA Y TAN FASCINANTE QUE EN SU PRIMER AÑO EN OXFORD RECIBIÓ SEIS PROPUESTAS DE MATRIMONIO. “YO SABÍA QUE ERA CAPAZ DE SEDUCIR A CUALQUIER HUMANO”. “IRIS, RECUERDOS IMBORRABLES”, DIRIGIDA POR RICHARD EYRE, CON KATE WINSLET Y JUDI DENCH SE FILMÓ DESPUÉS DE SU MUERTE SOBRE UN GUIÓN DEL VIUDO BAYLEY. QUE ESTUVO A PUNTO DE ROBARSE LA PELÍCULA.


Texto Mili Rodríguez Villouta

Tenía, como diría Oscar Wilde, “una de esas caras inglesas que vistas una vez se olvidan para siempre”. Pero también un encanto y una mirada rabiosa impactante. En sus novelas hay un reparto de alcohólicas, dandis, asesinos, promiscuidad a todo vuelo, amores locos. Y diálogos cómicos, fulminantes.

“Estaba ávida de movimiento, de acrobacia, de ruido”, dice de su juventud. Su primera novela, Bajo la red, comienza con un disparo en los despachos de Whitehall. Era 1954, al tiro fue un best seller y está anotada como una de las 100 grandes novelas del siglo XX. Murdoch tenía un efecto impredecible, un factor X: inmediatamente estableció contacto con un público que iba mucho más allá de los territorios mentales de Oxford, de donde ella venía. Iris había nacido en Dublín, en 1919, pero creció en Londres en calidad de niña prodigio. De madre cantante y padre funcionario, como si fuera una excéntrica Tenembaum, a los 13 años ya publicaba ensayos y obras de teatro.

Sus novelas tienen secretos flotantes que sólo se develan al final, como las de Agatha Christie. Sólo que el asesino no es el mayordomo ni la enfermera nazi: el enigma (que incluye uno que otro asesinato) es quién se va a enamorar de quién, con sucesivas pistas falsas. Adictivo como pocos, el sistema Murdoch no te suelta. El escritor Rodrigo Fresán dice: “Uno se va a vivir a los libros de Iris Murdoch”. Suceden bajo la lluvia y la niebla, en playas fuera de temporada, en casas con nombres: Winter House, Hall Cotagge. Castillos, bosques, pantanos irlandeses, cacerías, sofisticada vida social de verano.

Murdoch escribía sin parar en la alta velocidad de su vida radiante. John Bayley, académico de Oxford, se enamoró de ella la primera vez que la vio pasar en bicicleta, y antes de que aceptara con mucha desconfianza casarse con él en 1956, Iris ya había tenido una lujosa colección de amantes, hombres y mujeres, entre los que figuraba el famosísimo, casado y búlgaro judío sefardí -nacionalizado inglés- Elias Canetti.

Su vida amorosa fue su laboratorio literario. Dos años voluptuosos con el Nobel Canetti dejaron huellas visibles en sus novelas: en su repertorio de personajes siempre hay algún viejo sabio, un gurú descifrado y en total decadencia física e intelectual. Ella lo dejó por otros, y Canetti -un escritor lleno de odios- la trató de lo peor en sus amargas memorias. Unas memorias que se negó a publicar en Inglaterra, por lo mal que lo pasó desde que se refugió en Londres, 1939, en los bombardeados territorios de su Majestad.

En Fiesta bajo las bombas, los años ingleses, Canetti muestra la frivolidad de los jóvenes londinenses, retrata a T.S. Eliot con desprecio, habla de “las parties y las faunas británicas” y afirma: “Podría definirse a Iris Murdoch como el ragú de Oxford. Cuanto aborrezco de la vida inglesa está representado en ella”.

En La máquina del amor, una de las mejores novelas de Iris, cuando un indeciso marido se niega a elegir entre su amante y su esposa, Murdoch escribe: “Otros hombres en otras épocas y sociedades habían tenido dos, o muchas más mujeres que mantenían encarceladas en lugares distintos y sólo eran visitadas cuando a ellos les apetecía”. O: “Sophie siempre había sido estúpidamente coqueta, enredosa. Él se había sentido crónicamente celoso, un juez severo. La sermoneaba. Ella lloraba. Ella le insultaba. Se acostaban”.

UN ESTUDIANTE VEINTE AÑOS MENOR

En 2003, la publicación de sus cartas reveló juegos y campos de pruebas; un romance apasionado con su amiga la filósofa Philippa Foot (el apellido es el de su marido), y desclasificó un amor secreto con un alumno veinte años menor.

En 1964, a los 44 años, dirigía la tesis de David Morgan, de 24. Después de la muerte de Iris, Morgan publicó un libro, With love and range y describió el primer beso de los dos en un departamento en Londres, mientras hojeaban un libro de arte. Ella le había escrito: “Desde el pasado miércoles me resulta imposible vivir sin tocarte ni sentirte cerca”.

“Durante todo el tiempo estuve delirando de alegría”: Iris le contó de este romance a su marido, pero su alumno hizo algo peor: se jactó ante otro estudiante de que su relación con ella le aseguraba una buena nota en su tesis. Pese a la furia de Murdoch, la aventura duró dos años y luego se escribieron cartas amorosas poco menos que hasta la eternidad. Su último encuentro fue en 1995. Iris tenía 76 años y Morgan recuerda a “una anciana que chocheaba al subirse al tren y que ni siquiera me reconocía”.

UN DEPARTAMENTO EN MURDOCHIAN

Lo de Philippa fue muy epistolar. Quedaron 250 cartas escritas desde 1942 a 1995: ella tenía 20 años y Philippa 19 cuando se conocieron en Oxford y todo fue tempestuoso, peleas y reconciliaciones. Drama. Philippa era alta, delgada, lenta y aristocrática. Creció en una mansión de Yorkshire con institutrices, ponies y mucho dinero. Iris era pequeña, fogosa, más educada y andaba por la vida como un remolino.

Vivieron juntas desde 1943 a 1945 en un helado departamento en Seaforth Place en Londres. Durante esos años de la guerra trabajaron en oficinas estatales, Iris le escribía a un soldado, Frank Thompson, y uno de sus amantes era Michael Foot, mientras Philippa se fascinaba con el clever y depredador economista Tommy Balogh. Durante unos meses se produjo una especie de danza emocional, un mundo propio que los cuatro llamaron Murdochian. Iris abandonó a Foot y se quedó con Balogh: era el típico enredo de los que tanto entretienen en sus novelas. Luego el economista “dimitió” de la relación con ella, y Philippa y Michael Foot se enamoraron en serio, por lo tanto decidieron “fugarse” a Estados Unidos.

Por primera vez Murdoch era excluida, desamada y declarada indeseable. Y eso marcó su vida y toda su literatura. Poco después, en la guerra, asesinaban a su amor platónico Frank Thompson en Bulgaria, y la realidad entraba ya como un fuego por la escalera de incendios.

“Pasa derrota, ponte cómoda, estás en tu casa”, escribe. “Mi querida, tú eres más preciosa para mí, siempre más cerca, siempre en mi corazón”, era el tono de sus cartas a Philippa en esos días. “He terminado una novela y empezado otra, pero nunca son lo que yo espero”.  El experimento de las relaciones cruzadas continuaba, y según su amiga, en Oxford estaba siempre rodeada de dramas e indiscreciones.

“Como yo soy masoquista, para mí el miedo y el amor son consustanciales. En cierto sentido te tengo miedo”, le había dicho a Elias Canetti. Y alguna vez llegó a tener miedo de Philippa. Profesora de la Universidad de California, la filósofa, cada vez más seria, volvía todos los años a Londres. Una larga nube de cartas tristes salió del escritorio de Murdoch durante las siguientes décadas: “Creo que me enamoré de ti en los días de Seaforth. Y eso jamás ha terminado”.

En un paréntesis de 1968 se habían convertido en amantes, pero ella concluyó bastante pronto que esa no era la mejor forma de expresar su amor. “Solamente quisiera hablar contigo desde el corazón”. Philippa pasó el resto de su vida en California, pero a fines de los 90, cuando Iris estaba perdida en el alzheimer, era una de las pocas personas con las que Bayley aceptaba dejarla sola.

Toda su vida quiso entender dos cosas: cómo amar sin ego y qué hacer con los celos. “Estas cartas no son una crónica de una relación lesbiana: nos dan una inusual mirada hacia una fuerte y duradera relación y la fluida, bisexual y no convencional naturaleza de una gran novelista”, escribe Anne Chisholm, miembro de la Royal Society of Literature.

OYE, MASCOTA

“Irlanda es un país terrible. Yo no puedo decir eso en público, naturalmente. Todo ese sonido de voces irlandesas me enferma”.  El tono es puro Murdoch. “No puedo dividir la amistad del amor, ni el amor del sexo”. Una de esas pasiones fue con la novelista Brigid Brophy. En un momento de tormenta mental, Brigid le propuso a Bayley escribir sobre su mujer, pero Iris se opuso por motivos prácticos.

Sus referentes son Shakespeare, Dostoyevsky, Jane Austen, George Eliot y Proust. Siempre mezcla frases de Shakespeare en sus novelas. Eso hace a los ingleses sentirse “en casa”. El príncipe negro, publicada en 1973, es un cómico estudio sobre la obsesión sexual, y en El unicornio, una novela gótica -o una parodia del género gótico- casi todos los personajes mueren en las últimas páginas. El escenario queda poblado de cadáveres.

Y los honores continuaron. Ella los recibió con una sonrisa irónica. The Times clasificó en el número 11 a Murdoch en una lista de los mayores escritores británicos. Recibió Honoris Causa desde Cambridge a Kingston y Salamanca. En 1987 fue nombrada Dama del Imperio británico y Miembro Honorario de la Académica Norteamericana de Artes y Ciencias. Su biógrafo oficial, A. N. Wilson, designado por ella misma poco antes de que la alcanzara la nube amnésica, tenía su autorización para proceder con una franqueza ilimitada.

En un libro que The Guardian consideró “dañinamente revelador”, Wilson asegura que Murdoch “había sido, claramente, una de aquellas mujeres jóvenes encantadoras… que estuvo preparada para acostarse con casi cualquiera”.

Invitada a un programa de televisión en los años 90, ella puso como condición que en la entrevista se hablara solamente de ideas. La premiadísima publicaba textos de filosofía, además de novelas. Igual era cargante la advertencia. De modo que la respuesta del productor (que era su amigo) fue estrictamente machista e inglesa: “Mira mascota, olvídate de Wittgenstein. No nos importa si has cambiado de opinión respecto a él. Lo que nos interesa es saber con quién te has acostado”.

Aunque ella siempre fue una fina proveedora de morbo. “Lo que escribí antes, lo escribí en el agua, deliberadamente”, diría. Ya en el set, le preguntaron por qué en sus novelas había tanto mar, y ella dijo: ”Es que en el mundo hay un lote de agua, ¿no?”

EL MAR, EL MAR

En 1978, a su escritura le dio un nuevo ataque de belleza. Después de 26 novelas publicó El mar, el mar, y fue como si toda la vida hubiera caminado en esa dirección hasta alcanzar esa costa, esa historia. Con la novela recibió el Premio Booker y la crítica británica se rindió, unánime. Digamos que se puso casi de rodillas. Porque El mar, el mar es una versión Murdoch de La tempestad, la última obra de William Shakespeare, la más mágica.

La suya una tempestad contemporánea: en vez del mago de la isla encantada del siglo XVII, su personaje es un viejo dramaturgo que se retira del mundo frente a la playa de Shruff End. Lo único que espera es el estallido de los huracanes del invierno, solo, en una casa sin luz ni calefacción, en la frontera con lo imposible. Se baña desnudo en el mar, se lamenta de su vida exitosa y de la fragilidad de su fama, descubre un monstruo marino y una casa embrujada y termina enamorándose de una mujer fulgurante que viene como del pasado y es y no es una aparición. “¿Qué había ido a hacer allí? ¿Arrepentirme de una vida de egoísmo? No exactamente, y sin embargo algo parecido”.

Ese personaje, transparente alter ego suyo, había nacido en Stratford-upon-Avon, la aldea natal de William Shakespeare, junto al encantado bosque de Arden. Dice: “Mi madre creía que el teatro era un antro de pecado (estaba en lo cierto).” “Debo toda mi vida a Shakespeare, ese dios”. “El mundo entero es un escenario”, parafrasea a William.  “Mis obras de teatro fueron delirios mágicos, juegos de artificio”.

Murdoch era anticuada: a pesar de la vida loca. Era refinada, elitista. No había venido al mundo a hacer muchos amigos. Uno de sus adoradores la describió como “una Venus cruel y depredadora” y como “una semidiosa”. Luego de una temporada juvenil en el partido comunista abjuró del marxismo. No era religiosa, pero se preguntaba tanto por Dios, que se inscribió en el Budismo y concluyó que “La religión es mejor sin Dios”.

EL VIUDO RECIÉN CASADO

Además de escritor y académico de Oxford, John Bayley era un crítico temido y brillante. Su primera novela, In another country, 1954, narra sus experiencias en la segunda guerra mundial, donde fue soldado pero también trabajó en los servicios de inteligencia. Alrededor de Iris escribió dos memorias: Elegía a Iris (mientras la cuidaba, en su indiscreta decadencia), e Iris y sus amigos.

“Ella era como un torito, vital y masculina”, la describió. En El unicornio, un admirador le dice a la narradora: “Eres como un hombre”, un halago de la época. Murdoch no es una escritora para personas que no leen, pero al principio el público la quería mucho más que la crítica. El durísimo Harold Bloom se resistió a sus encantos con algunos de sus elogios envenenados: cuando publicó El buen aprendiz, le devolvió un comentario sobre Sartre cuando Murdoch se lamentó de la incapacidad del francés para escribir una gran novela. “Su propia incapacidad -disparó Bloom- se ha extendido a lo largo de 22 novelas”.

Le hizo bien casarse con Bayley después de que él la vio pasar en bicicleta y cayó en amor. El resto de su vida descansaría sus finos huesos en la misma cama de un -poderoso- crítico. Ese matrimonio a prueba de balas no tuvo componentes sexuales. Él consideraba que el sexo era ”ridículo”, mientras ella desplegaba en las nieblas exteriores una vida erótica sin censura.

Para 1986, el totémico Bloom también se rindió. “Los tiempos de Beckett y Pynchon, post-joyceanos y post-faulknerianos quedan a un lado con los procedimientos de la señora Murdoch”. “Ella es tan fantasiosa como realista”-dijo-. “Posee una superficie que constituye un entretenimiento brillante”.

Y nada los separó, hasta que vino el alzheimer. Iris se olvidó de todo, de casi todo. Cada  día preguntaba: “¿Dónde estoy? ¿Cuándo nos vamos de aquí?”

Con su chaqueta de tweed gastada en los codos y su tartamudeo erudito, Bayley fue su ángel guardián aunque ella no lo supiera. “¿Cómo podría describir -escribió A. N. Wilson- el nivel de caos y mugre en el que vivían, el olor de su casa?” Era el desastre. Ropa tirada en la cocina, libros y discos en el suelo. ¡Ratas! John no quería empleadas domésticas, y ella siempre vivió en otro plano de la realidad: ese donde no existen los platos sucios. “Se bañaban en una piscina diminuta en el selvático jardín, bajo la atenta mirada de una estatua de Neptuno”.

El camino del alzheimer fue corto y él la cuidó hasta el final, en 1999. Comenzó tres años antes, cuando Iris estaba dando unas fragmentadas conferencias en El Cairo, y se despidió para ir al aeropuerto pero tuvo que regresar porque no sabía a dónde iba.

Los libros de John Bayley sobre Murdoch contienen -necesariamente- cantidades de autohalagos. También la verdad se inventa. A pesar del glamoroso casting, la película filmada en sus playas favoritas de Southwold en Suffolk -con guion de Bayley- se supone que no es tan inteligente como ella. A pesar de Kate Winslet y Judi Dench.

La imagen es la siguiente: dos ancianos, uno que olvida y otro que recuerda, tomados de la mano. Ella se había ido a vivir en el olvido. En estos días, intermitentes oleadas de jóvenes la siguen descubriendo en todos los idiomas. Es la irresistible escritora que bailaba bajo las bombas, en Londres, 1939. Murdoch fue tan importante y por un tiempo casi todo el mundo la ha olvidado. Pero en su revivida fama, leerla es sorprendente.

La viudez de Bayley se terminó pronto. Antes de un año del invierno de su último descontento, se había casado con Audhil Villiers, una de las mejores amigas de Iris. Como siguiendo, ahora, un guion de ella.

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