Francisco Undurraga

Francisco Undurraga
SABOR A NARANJA Y JENGIBRE

CONVERSAMOS UNA SEMANA ANTES DE QUE FUERA ELECTO. SE FUMÓ 3 PUCHOS, SE TOMÓ UN CAFÉ Y HABLÓ DE TODO SIN PUDORES NI CENSURA. EL EX GERENTE DEL EMPORIO LA ROSA, BISNIETO DEL FUNDADOR DE LA VIÑA UNDURRAGA, SE PARECE AL HELADO QUE LE GUSTA. 


Texto Ximena Torres Cautivo Foto Pato Mardones 

 

“Al comienzo te hace gracia, pero a la quincuagésima vez que se repite la misma tontera, te empieza a molestar. ‘¿Cuántos alumnos tiene este curso?’. ‘39 y medio’, respondía siempre el mismo personaje. Mirado con la perspectiva del tiempo, eso era bullying, aunque entonces no se le llamaba así. Algo dañino, ofensivo. “Hoy soy amigo de ese compañero y no les guardo rencor a los que hacían esas tallas fomes” -reflexiona el publicista y empresario Francisco Undurraga Gazitúa (50), hoy flamante diputado de Evópoli por el distrito 11 de Santiago.

Conversamos y compartimos varios puchos en la terraza de un café de Vitacura, cuando faltaba más de una semana para las elecciones del 19 de noviembre. Entonces nos dijo: “Si salgo electo, seré el primer parlamentario discapacitado sin llegar por ley de cuotas a la Cámara, lo que sería importante, pero más que por eso, me gustaría ser reconocido como un tipo que hace la pega, que crea y que trabaja en equipo. Espero no ser un diputado tony, de esos que aparecen cuando llegan las cámaras”.

Usa la palabra tony también para definir su estrategia de defensa cuando estaba en el San Ignacio, colegio donde se educó: “Fui mal alumno, quizás porque me dediqué mucho a que el resto me aceptara. Puse el empeño en generar carácter más que en absorber conocimientos. Desarrollé una personalidad medio de tony, muy extrovertida. Repetí curso en segundo medio. Después caí en un muy buen curso, aunque era un colegio de hombres. Eso quiere decir bruto, muy brusco, de mucho empujarse, de mucho roce físico. Pero conmigo los jesuitas fueron fantásticos. Me cuidaban, pero no me sobreprotegían. Desde que entré al San Ignacio de Pocuro empezó un proceso de inclusión sin tener entonces la más puta idea de qué significaba eso”.

¿No tienes recuerdos traumáticos entonces?
No. Tuve como profesora jefa a Cecilia Navarro, hermana de Andrés, que mucho después sería mi jefe en Sonda. Los jesuitas siempre se preocuparon de ponerme buenos profesores al lado. Recuerdo al padre Alfonso “Poncho” Vergara Tagle, cariñoso y acogedor. Pero con la adolescencia llegan las grandes crisis y uno las empieza a vivir como todos, como cualquiera.

Discrepamos. Pancho Undurraga no puede haber vivido nada como cualquiera. Él nació sin piernas, sin su brazo izquierdo y con sólo cuatro dedos en su mano derecha. Su mamá, la artista plástica Teresa Gazitúa, tuvo un accidente automovilístico que le generó una pequeña lesión en la columna. Fue sometida a rayos X sin saber que estaba embarazada, y el niño que esperaba sufrió las consecuencias. Francisco era el primer nieto y bisnieto por el lado de su mamá, de los Gazitúa Costabal y el primogénito de Teresa, la artista, y del publicista Francisco Undurraga Mackenna, hijo del agricultor Francisco Undurraga Vicuña, fundador de la Viña Undurraga. O sea, familia vinosa y champañosa. “Que naciera una persona sin piernas fue un impacto para todos. Mis padres tomaron las riendas y se pusieron a ver qué podían hacer conmigo. Me llevaron a cuanto doctor existe y mi papá se tomó muy a la letra lo que les dijo un médico gringo: ‘Busquen todo en Chile’. No tenía sentido comprar prótesis en otro lado, porque, como pasa con los zapatos, yo iba a ir creciendo y me iban a ir quedando chicas”.

¿Cuál de los dos crees que sufrió más: tu mamá o tu papá?
Ambos fueron igualmente fuertes. Mi madre estaba más en mi día a día. Hasta tuvo que aprender a hacer prótesis; no a hacerlas ella, pero a acomodarlas, a ajustarlas. Mi papá no fue sobreprotector, sino una persona de intuiciones muy atinadas. El año 65 empecé a ir al Instituto de Rehabilitación, por eso tengo mucho vínculo con la Teletón. Me atendían en el Hospital Luis Calvo Mackenna. Desde mi nacimiento estuve en manos del doctor Federico Puga, un tremendo personaje, que generó mucha calma, mucha esperanza, mucha cordura en la familia. A mí me dijo que nunca iba a jugar fútbol como Carlos Caszely, pero que podía andar a caballo y nadar. Pancho nada en la piscina de su casa. Es el deporte que practica, el que lo relaja. Y el que nos recuerda una declaración de Paulina Dressel, su mujer desde 1992 y la madre de sus 3 hijos, en una revista: “Cuando Pancho se sacaba las prótesis en la playa, mientras estábamos de luna de miel en República Dominicana, la gente se daba vuelta a mirarlo”.

La cita revela la naturalidad con que él lleva su discapacidad.

Antes mencionaste las crisis de adolescencia, ¿cómo fueron esas?
Fueron las mismas de cualquier adolescente, cuando se toma conciencia de las características físicas, del cuerpo, de las limitaciones. Si eres gordo, pecoso, colorín -afirma-, insistiendo en que lo suyo no es peor que eso. Y agrega: Mi criterio es que hay que darle para adelante no más, porque yendo para atrás, no cunde. Nunca no tuve prótesis; sólo sé lo que es caminar con ellas. Mis compañeros me conocieron así desde kínder y, sí, ya adolescente, había niñas que no querían bailar conmigo en las fiestas, no porque fueran malas personas, sino por desconocimiento, nervio, susto. No tengo malos recuerdos de esa etapa; la mente es sabia y bloquea ciertas cosas. Pololeé menos veces de las que pedí pololeo y tenía doble tarea: conquistar a las niñas y también a los papás.

“UNA LINDA FAMILIA QUE ME APAÑA”

Su bisabuelo, gestor del emprendimiento familiar, la Viña Undurraga, que ya no pertenece a la familia, fue riquísimo. “Mi abuelo también. Fue un tremendo empresario, un hombre rico, pero las vivió duras con la crisis de los `80. Y tenía 12 hijos, entre ellos mi padre, pero no le correspondía educar y hacerse cargo de sus 48 nietos”, responde, cuando le preguntamos sobre las ventajas económicas de llevar “un apellido vinoso”. “Mi padre tomó sus opciones, que no fueron muy rentables. En su origen fue publicista, pero después se dedicó a trabajar en la Comisión Paz y Justicia. Luego se enfermó, se le produjo una deficiencia renal alta. Murió hace una década, con 73 años. Mi mamá fue decana de la Escuela de Arte de la Universidad Finis Terrae y sigue pintando hasta hoy”.

¿Cómo descubriste tu vocación?
Yo me di la vuelta muy larga. Estudié dirección de TV, locución, fui productor de prensa en televisión. Trabajé con Jaime Moreno, una bellísima persona. A los 24, decidí estudiar publicidad en la Academia de la Mónica Herrera, donde con dos años salías como técnico y con cuatro como profesional. Como la paciencia de mis papás ya se estaba agotando, hice dos años y me quedé trabajando en la agencia donde hice la práctica.

Era publicista en 1991 cuando se enamoró de la que hoy es su mujer y a la que conoció en una discoteca. “Me enamoré al verla. Esta será la mujer de mi vida, me dije. Pero además me cautivó porque es una persona muy libre, que no le teme a lo distinto, a lo desconocido. Paulina es digna hija de mis suegros, que son fantásticos, gente de mente abierta al mundo. Una pareja que tomó la decisión de criar a sus cuatro hijos en el sur, en Osorno, pero no a punta de kuchen y strudel, sino de cultura, de apertura del mate. Son extraordinarios los dos, los quiero muchísimo”.

Paulina tiene un negocio, que su marido describe de manera bizarra: “Mi mujer despioja al ABC1. Ni te imaginas a qué conspicuas cabezas les ha aspirado los piojos”, dice, “picándonos” la curiosidad y la cabeza. Lice Team se llama la peluquería, que tiene un moderno sistema de aspiración para eliminar la pediculosis, entre otros tratamientos y productos más glamurosos. Pancho y Paulina se casaron cuando él tenía 29 años.

¿Fue complejo tomar la decisión de compartir tu intimidad con ella, cuando probablemente tienes necesidades especiales?
No, para nada. Pololeamos poco, pero yo me preocupé de que me conociera mucho. Además no tengo nada adaptado ni diferente en mi casa. La única particularidad de mi baño es que en vez de tina, tiene pie de ducha.

Vivieron un año solos, sin hijos, hasta que Paulina quedó embarazada. Ella contó en revista Paula los temores de su marido en la primera ecografía. “Muéstreme todos los dedos, las patas, muéstreme todo”, contó que le dijo al médico y reflexionó a propósito: “Ahí entendí que Pancho, a pesar de que sabía que lo suyo no era hereditario ni nada, igual tenía susto”.

Ahora Francisco comenta: “Lo mío no es genético, pero la carga se prueba sobre la marcha. Por suerte, ya en la ecografía vi que el cabro era mucho más que yo físicamente”, dice, bromeando sobre Juan Francisco, su primogénito, hoy de 21 años y estudiante de periodismo.Luego llegaron Laura, de 19, y Martín, de 15, quienes completan esa “linda familia que me apaña”, como afirma, refiriéndose a la expuesta y compleja opción laboral que acaba de tomar: la política.

“EN POLÍTICA EL QUE SE PICA, PIERDE”

“Aspiro a transformar Chile en un país más humano. A que los carros no se sientan emocionados porque la selección quedó en el Mundial de Fútbol, sino porque tenemos un país que les da oportunidades a todos”.

¿Quién sería tu político chileno admirable?
Creo mucho en lo que hicieron Aylwin y Lagos, ambos presidentes que transformaron Chile. Aylwin fue un gran político, cuyo fin era reconstruir las confianzas, y Lagos empezó una modernización del país.

¿Qué hace de ti un buen político?
La acción política radica en ejecutar. No es que yo me las sepa todas, pero he pasado por muchas cosas. Después de quedar cesante, formé una empresa. Eso significa que he tenido la desgracia de despedir y la alegría de contratar trabajadores; la angustia de juntar la plata para pagar el IVA todos los meses, y los sueldos de todos, incluido el mío.

Hoy ser empresario es más razón de desconfianza que prueba de honestidad…
Me eduqué bajo el concepto que la usura no era permitida y que el lucro era legítimo. Eso permite el desarrollo y es la base de todas las grandes empresas, pero el concepto lucro ha sido satanizado por gente que teoriza y no produce nada. Como publicista sé que el producto debe ser coherente con la promesa; esa es la clave del éxito.

Fue el verano de 2005 que Francisco se quedó cesante, y su hermana Teresa le ofreció una oficina en su recién creado emprendimiento, el Emporio La Rosa, una heladería junto al Parque Forestal. Muy pronto se asociaron y el negocio creció, prosperó, se convirtió en franquicia. “Así me di cuenta de que como empresarios éramos capaces de aportar a nuestro entorno con programas de prevención de drogas para nuestros colaboradores, con iniciativas de inclusión”. El éxito comercial, publicitario y de marketing, al que colaboró su papá y luego su tío José Manuel Gazitúa y, por supuesto, “la Tere, que veía lo gastronómico, porque tiene un gran talento para eso. Es creativa y osada para generar sabores”.

Dicen que no hay nada peor que trabajar con la familia…
Al revés, construir con un hermano es genial, porque no tienes dudas sobre sus intenciones. La confianza es total. Con la Tere tenemos una relación buena, bien intensa, pero el resultado fue estupendo. El negocio creció, se generó una marca, una buena cadena. Nos eligieron como una de las mejores 25 heladerías del mundo, sin que supiéramos que nos estaban evaluando. Lo que más destacaron de nuestro emprendimiento fue la innovación.

Hace justo un año, los socios resolvieron vender el Emporio La Rosa a la familia Bofill.

El éxito de la heladería, que tiene a su abuela materna en el logo, lo había acercado a la SOFOFA, que lo puso a cargo de la comisión de discapacidad. “Desde hace un año soy político.
Trabajé en esa comisión, porque una parte de mi trabajo político tiene que ver con ese tema”. Felipe Kast, hoy electo senador por La Araucanía, lo invitó a hacerse cargo de la discapacidad en el gobierno de Sebastián Piñera, pero entonces estaba full con el Emporio La Rosa. Por ese contacto y una incipiente amistad, no dudó en ayudar a levantar su candidatura presidencial. “Fue una campaña con mucha épica, con un relato potente. Y aunque el partido es apenas un boliche, sin mayores recursos económicos, me interpreta, tanto que hoy lo presido”, dice, destacando los méritos de Evópoli y de su líder Felipe Kast. “Es honesto. El tema social no es una cuestión conceptual para él; es realmente su pasión”.

De Piñera rescata lo que él considera “una verdadera vocación por la clase media” y cree que este es el momento en que es necesario que la derecha se aglutine.

Fuiste electo, eres diputado. ¿Cuál es tu sueño ahora?
Los de Evópoli. Que los niños de este país efectivamente estén primero en la fila. Ese no es un slogan. Es un hecho real que las grandes diferencias se generan en los primeros años, no en la

universidad. No estoy minimizando el valor de los estudios universitarios, pero no todo el mundo tiene que ir a la universidad. Estamos prontos a una segunda revolución industrial y se requiere conocimiento técnico. Yo no fui a la universidad y no tengo problemas en decir que soy técnico. ¡Por qué no le metemos fuerza a las escuelas técnicas!

Undurraga insiste en que nunca entró a la universidad, que se dedicó al mundo de la comunicación y al mundo social, “especialmente a partir de la Teletón”. Y asume así a los que la critican: “No hay que pensar la Teletón como el estereotipo del programa de televisión con el que se inició. Con esa cruda exposición de casos orientados a inspirar lástima para que la gente diera dinero. Los críticos se quedan con ese uso del morbo, pero desconocen la evolución que ha tenido Chile con la discapacidad física gracias al trabajo de la Teletón. Es verdad que aún queda mucho por hacer. En especial en lo cultural, como el no respetar los estacionamientos para discapacitados o los asientos reservados en el Metro”.

Mientras enciende su tercer pucho y un par de personas se acercan a palmotearlo (recordemos: durante esta entrevista aún no era diputado), confiesa que aunque tiene humor y se ríe mucho de sí mismo, también es polvorita. “Soy bien mal genio. No es bueno estar cerca cuando me enojo. Ahora debo aprender a controlarme, porque en política el que se pica, pierde”.

En la realidad, la descripción de su helado favorito es una metáfora de sí mismo: “Adoro el sabor a naranja y jengibre. Combina lo dulce y lo agrio, con un dejo refrescante. Como las naranjas no se comportan igual todo el año, siempre sorprende. A veces es más dulce; a veces más amargo”.

 

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