Elizabeth Kassis

Pura sangre

ES LA PRIMERA MUJER EN ASUMIR LA DIRECCIÓN DE LA FEDERACIÓN DE CRIADORES DE CABALLOS CHILENOS. PERO HACE TIEMPO YA QUE INCURSIONÓ EN TERRITORIO MASCULINO EN EL CONSORCIO DE ALIMENTOS DE SU PADRE (LA PREFERIDA, SAN JORGE Y WINTER). SU ORIGEN PALESTINO LA LLEVÓ A ESAS LEJANAS Y CONVULSIONADAS TIERRAS DONDE INTRO- DUJO LA HIPOTERAPIA, DESCONOCIDA ALLÁ, Y HOY LA TIENE RECUPERANDO MÚSICA QUE TRAJERON LOS INMIGRANTES Y QUE ELLOS PERDIERON PRODUCTO DE LA GUERRA.


Texto Manuela Jobet  Fotos Pato Mardones

Se subió a un caballo por primera vez a los tres años. Su padre, el empresario Alberto Kassis, había comprado un campo en Melipilla y la idea de tener caballos, chilenos y árabes, llegó en forma natural. La conexión con ellos fue inmediata. “Me volví loca. Hoy lo racionalizo y puedo decir que sentí que me reencontré con los caballos, que en mis vidas anteriores había estado conectada con ellos. A los tres años y medio ya andaba sola. Hoy, siendo mamá, no entiendo cómo me dejaban”.

Nunca más se bajó. Y esa afición se transformó en una terapia que la ha llevado a conectarse con ella misma. Hoy tiene conciencia además de sus beneficios físicos y psicológicos. “Ahora que conozco el concepto de la hipoterapia, entiendo porqué sentía la necesidad de andar a caballo. Y entiendo esa tranquilidad mental inexplicable que sentía al bajarme”.

A los nueve años empezó con clases de equitación en la Escuela de Carabineros de Santiago. “Era buena saltando, pero en las competencias me paralizaba. Nunca lo pude enfrentar, porque me ponía muy nerviosa y le transmitía eso al caballo. El placer de montar era para mi”.

Al salir del colegio entró a Ingeniería. Luego de un año se cambió a Administración de Empresas. Su padre le dijo entonces que tenía que trabajar de día y estudiar de noche. Entonces entró a la empresa familiar CIAL -consorcio industrial de alimentos que reúne a La Preferida, San Jorge y Winter- donde estuvo por veinte años. En sus inicios entraba a la planta a las siete de la mañana a despostar cerdos a punta de cierra eléctrica y cuchillo. “Partía el día en la fábrica, a las cinco de la tarde me iba a la Escuela de Caballería de Estación Central donde montaba hasta las 6 y partía al instituto a estudiar de 6:30 a 11 de la noche”.

En 2008 partió a Brasil con su padre a visitar criaderos de caballos árabes. La idea era comprar yeguas y eventualmente un potro para profesionalizar su afición. Tres años después fue a Estados Unidos, donde compró un plantel de yeguas madre, sangre nueva para Chile. “Ahí decidí dedicarme por completo a los caballos y dejé el trabajo con mi papá. Hoy, el criadero Santa Ana tiene alrededor de 90 caballos, mitad árabes y mitad chilenos. Uno de estos últimos, Lindo Chico, ha recibido tres veces consecutivas el premio de Gran Campeón de la Raza en esta competencia de belleza. “Ha sido el único en la historia que ha salido tres veces consecutivas campeón nacional de exposición. Y eso tiene mucha gracia porque, así como los niños, los caballos cambian constantemente, entonces no es algo fácil de lograr”.

Elizabeth cuenta que no fue fácil incorporarse a este mundo de hombres. “Al principio fue doloroso por el prejuicio de que soy la niñita a la que el papá le compró caballos para cumplir con su capricho. Pero por suerte he demostrado que soy buena, porque una cosa es comprar caballos buenos pero otra muy distinta es criar caballos buenos, y yo demostré que los que crio son extraordinarios”.

Es que ella va mucho más allá de la mera belleza del animal. Acompaña a sus caballos durante el parto y los cuida personalmente, porque tiene claro que su objetivo es formar animales funcionales, deportistas. Para eso ha tenido que estudiar genealogía, líneas de sangre; analizar las mezclas y esperar once meses para ver los resultados. Otra cosa que destaca es el trabajo en equipo de Santa Ana. “A las competencias llegamos todos vestidos iguales y gritamos. En las de los chilenos nadie hacía ruido hasta que llegamos nosotros. Nos abrazamos, saltamos, lloramos cuando perdemos. Todos hacemos de todo”. Ese ruido y el éxito de sus caballos la llevaron a ganar, hace dos meses, la elección de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos con mayoría absoluta.

Chile-Palestina

Aunque ha vivido toda su vida en Chile, de manera muy espontánea su sangre palestina la ha llevado a estrechar lazos con el lugar de donde vienen sus antepasados. Después de conocer al presidente del Bank of Palestine, que vino a conocer a la comunidad chileno-palestina -la más grande del mundo fuera de países árabes-, quiso llevar la hipoterapia para allá. “Fui a hacer un sondeo y me di cuenta que no conocen este concepto. Me interesa llevarlo porque es un aporte para la gente con incapacidades físicas, tanto motoras como por consecuencia de la guerra. También para quienes tienen trauma sicológico post guerra y por la ocupación que están sufriendo hace 70 años. Allá, por un tema cultural no van al sicólogo, es mal visto, y los pocos que se están atreviendo lo hacen por skype, entonces es una herramienta tan potente que me entusiasmé”. La idea tomó más fuerza aún cuando descubrió el revelador detalle de que en el Corán, el caballo es animal sagrado.

Pero su entusiasmo fue más allá. En sus viajes se dio cuenta que la música que escuchan en Palestina es muy distinta a la que oyen aquí en matrimonios, bautizos y otros eventos. “Lo que escuchamos acá son canciones que trajeron los primeros inmigrantes hace 80 o 100 años. Estas canciones en Palestina se perdieron con la guerra, no hay ningún registro de ellas, entonces me propuse recuperar este patrimonio chileno-palestino. Junté una banda de amigos músicos, remasterizamos estas canciones antiguas y las modernizamos. Hicimos un disco que me llevé a Palestina. Allá me junté con el director del Conservatorio de Música Clásica y rayó con el proyecto. El gesto era ir a devolverles esta música. Ahora estamos mejorando las canciones con ayuda de la gente del conservatorio y a fin de año haremos siete conciertos con toda la banda del Conservatorio y los tres cabros de la banda adelante”.

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