Cristóbal Bellolio

MATEO, COMPETITIVO, AUTO DECLARADO HEDONISTA, ATEO, LIBERAL CON TROPEZONES SEXISTAS, BUENO PARA LA CONVERSA Y DESPLEGAR NOMBRES DE GRANDES PENSADORES. EL ABOGADO, CIENTISTA POLI?TICO Y ANALISTA DE LA ACTUALIDAD, CRISTÓBAL BELLOLIO, HABLA DE CÓMO HA LLEGADO A SER QUIÉN ES Y DESMITIFICA TODOS LOS RUMORES ACERCA DE LA BARBA MEDIA HIPSTER QUE ANDA TRAYENDO.


Texto Rita Cox Fotos Sebastián Utreras

Pertenece a esa nueva, refrescante y escasa fauna de académicos que, aunque cargados de máster, doctorados y harto término en inglés, no se quedan encerrados en las oficinas de sus universidades y cuando salen al mundo no hablan en difícil o, derechamente, no latean. Al contrario. Aunque durante esta entrevista Cristóbal Bellolio – profesor asistente de la Escuela de Gobierno de la Adolfo Ibáñez- no tuvo pudor en citar cien nombres de autores para él imprescindibles  -desconocidos para quien teclea estas páginas-, este abogado y doctor en filosofía política, especializado en las ideas de libertad, teoría política y religión, se las arregla sin mayor esfuerzo para ser entretenido. Lo hace tiñendo sus argumentos de vida real y cercana: desde fútbol (su fuente inagotable), literatura, figuras y trivia pop, cotidianidad y biografía.

Así se le escucha de lunes a viernes como analista en el programa radial La Prueba de ADN, junto a Andrea Arístegui y Gerson del Río. Así se le lee hace diez años en revista Capital, donde puede escribir del súper comentado libro feminista Teoría de King Kong, de la irrupción de los millennials en la escena política nacional, de los beneficios que podría tener eliminar el doblaje de los dibujos animados, y de todo lo que ataje su radar. El hilo conductor es la mirada liberal. Bellolio, ideólogo de Red Liberal, y en 2012 precandidato a la alcaldía de Providencia, tiene en pausa, pero no apagado, el interés de volver a ser un actor político.

De traje a cuadrillé en tonos cafés, camisa de jeans, peinado cuidadísimo y un casco de bicicleta elegido con pinzas llega al café de Pocuro que recomienda  para sentarse frente a la grabadora. Está a unas cuadras de su casa (es vecino de su amigo Hernán Larraín Matte), donde vive con su pareja, la fundadora del emprendimiento de moda Prilov. Juntos debutaron hace unas semanas como padres de una niña que eligieron llamar Roma, como la ciudad que a él le fascina y cuyo nombre antes había tatuado en una de sus piernas.  

Imposible dejar pasar su barba. Tema obligado entre hombres y mujeres que lo conocen, hablan bien, hablan mal, pero hablan de Cristóbal Bellolio. Con esa barba regresó hace un año a Chile, tras cuatro realizando su doctorado en University College London, y ha llevado a un par de consultados a concluir que de Europa, Bellolio volvió hipster. Pero la explicación, según él, es otra. Allá tuvo que hacerse un examen al esófago – “el omeprazol es mi droga number one”, dice-  que lo obligó a de dejar de tomar durante tres meses. Una eternidad para este bebedor social. “Mientras durara ese proceso decidí dejármela crecer. Mis amigos allá me bautizaron como ‘pastor’ y quedé como ‘pastor’. Después, fíjate, me gustó y me la dejé”.

Acabas de cumplir 39. ¿Te paras aún en los 30 o ya diste el paso a los 40?
Una vez le leí a Fernando Atria que decía que cuando cumplió 40, había actualizado la imagen que tenía de sí mismo. Actualizó la imagen que tenía de sus veintitantos y entendió que ya era una persona adulta. Me está pasando lo mismo. Yo salía a carretear con mis alumnos los primeros años, y no digo que es algo que hoy no se me ocurriría, pero no siento que haya mucho en común, ni siento esa necesidad de validación. Lo que pasa es que viví mucho tiempo como veinteañero, tomando en cuenta que he tenido una larga vida de estudiante. Entre los ocho años de pregrado, de Derecho y Ciencias Políticas, un año de máster y cuatro de doctorado, son trece años de estudiante.

¿Se acabó la fiesta?
Es que me gusta mucho la fiesta. Yo soy un hedonista y no tengo problema en reconocerlo.

El placer es un tema recurrente para Bellolio. De hecho, en una suerte de declaración de principios fue que en marzo pasado su columna de Capital se tituló “En Defensa del Hedonismo”. Allí, desde la vereda opuesta de las “culturas culposas”, exponía a sus lectores los seis puntos de su “mapa personal del placer”: “la amistad”, “la discusión entre iguales”, “aprender algo nuevo”, “viajar”, “el consumo del cuerpo” (se declaraba sibarita, “caído al trago y drogadicto recreacional”) y el “placer de la piel” o “las pulsiones del apareamiento”, como escribió. De los textos más personales que se le han leído junto a “Me llamo Cristóbal y soy Sexista”, en la misma revista, donde recordaba el papelón que hizo cuando en un congreso al norte de Londres, le comentó a un colega -cientista político, “escocés y marxista” – lo guapa que era la expositora y el correctivo manual de estilo de lo políticamente correcto que le tocó enfrentar.

¿De dónde saliste tan estudioso?
Sobre estimulación temprana, tal vez. Soy hijo mayor y el nieto mayor. Mi abuelo, Sergio Badiola, tenía una biblioteca y yo era muy feliz allí de chico. De muy niño, también, me interesaron los vaivenes y las discusiones políticas.

Bellolio es nieto de Sergio Badiola Broberg, militar nombrado en 1977 Ministro Secretario General de Gobierno de Pinochet y director de la Dirección Nacional de Comunicaciones (DINACOS). Luego fue director de la Dirección General de Deportes (DIGEDER) y, desde 1981 a 1983, fue intendente Metropolitano de Santiago.

¿Era una buena biblioteca?
Tenía libros, no sé si una buena biblioteca. Vista con los ojos de hoy, la mía es mejor, pero ese lugar fue un mundo fantástico para mí. Además, mi mamá, que no diría que fue muy sobre exigente conmigo, sí me guio a hacer las tareas desde chico. Desde los diez años, siempre gané el premio al mejor alumno en el colegio. Estaba en el Verbo Divino que –no sé cómo será ahora-, entregaba dos medallas a los mejores alumnos, entre ellos el premio Arnoldo Janssen, nombre del cura fundador del colegio, que reconocía mejor rendimiento académico y espíritu. Yo peleaba a muerte, con dos o tres competidores del curso, por esa medalla. Si no me la ganaba a fin de año, me daba como una depresión infantil.

¡Qué niño tan competitivo!
Era muy competitivo. Tanto que una vez mi mamá me dijo: “Cristóbal, he creado un Frankenstein. Da lo mismo si te ganas o no la medalla. Importa que seas feliz”. Pero yo era feliz si me la ganaba.

¿Dónde están todas esas medallas?
En una bodega.

¿Valió la pena correr tanto?
Es que nunca fui capaz de resolver, y probablemente aún no lo resuelvo, si yo quería ser el más mateo o quería ser el líder que dirigiera al grupo.

¿No se pueden las dos cosas?
Es que normalmente los intelectuales no son líderes políticos y los líderes políticos no son tan intelectuales. Un profesor de castellano me decía: “la diferencia entre el más inteligente y el más líder es que el más inteligente toma la mejor decisión y el líder la toma primero”. A estas alturas, me doy cuenta de que el intelectual trata de someter a juicio crítico todas las opciones y el líder, de cierta manera, tiene que hacer oídos sordos frente a las evidentes debilidades de algunos de sus argumentos y echarle para delante no más y tratar de convencer al resto.

¿Eras mateo y popular?
Nunca fui muy popular, pero tenía buenas relaciones políticas con los populares, por así decirlo. Pero sufrí bullying, como muchos. Mi colegio era bastante cuico y yo era negro, chico, pelúo, no muy bueno para los deportes, mateo y usaba anteojos. Aunque creo que esa cuota de bullying me sirvió. No voy a decir que “es bueno y que desarrolla el carácter”, pero esa jungla me hizo desarrollar ciertas capacidades. Fui presidente de curso varios años y en cuarto medio fui presidente del Centro de Alumnos. Es decir, intenté combinar esta idea del intelectual con el líder, ya que en ese minuto era un pendejo bastante ávido de poder. Del poder por el poder, sin estar seguro de la causa.

¿Te veías a ti mismo como un intelectual?
Pasar un sábado completo leyendo creo que basta para considerarse intelectual en segundo medio.

¿Qué te provocaba estudiar?
Placer. Siempre lo he disfrutado, me ha generado incluso placer físico, la idea de que los argumentos me hagan sentido. O, por el contrario, darme cuenta de que estaba equivocado, porque un argumento ilumina donde antes había oscuridad. Varios profesores del colegio fueron importantes e influyeron para eso. Tuve un muy buen profesor de Historia y un profesor de Literatura que me hizo leer a Orwell, Huxley y Bradbury; todas estas novelas distópicas que me hicieron muy feliz. No recuerdo haberme saltado jamás un libro. Me los leí todos, completos.

De adolescente, ¿encontraste una zona segura en el estudio?
Inseguridades físicas siempre tuve. Intelectuales no. Pero las habilidades intelectuales no eran muy valoradas en una fiesta de 15. No es un tema que haya pensado, en realidad. Yo soy bastante orientado a la tarea y lo que yo sabía, por ejemplo, cuando comencé primero medio, es que desde ese día las notas contaban para la PAA. Ese día dije: “tengo cuatro años desde hoy, necesito un NEM sobre 6,7, todo lo de antes no valió, no existe”. Así funciono.

Desde esa lógica, ¿perder las primarias de Providencia fue tu primer gran fracaso?
No. Ya entrar a estudiar Derecho en la Universidad Católica significó llegar, por primera vez, a un lugar donde había muchos como yo o mucho mejores que yo. Eso fue una bajada a tierra. Ahí conocí al tipo del Instituto Nacional que era número uno y que respiraba estudio. Durante los primeros dos o tres años me bastó el cuatro, me dediqué a tejer lazos de amistad, a fumar pitos y a tomar. Me vino una crisis muy grande con la carrera y una noche fui donde mi mamá y le dije que me quería cambiar a Historia. Se puso a llorar y me respondió: “tú me pones el cartón de Derecho en mi tumba y después estudias Danza Contemporánea o lo que sea. Pero me sacas la carrera”. Y dije “ok”. En tercer año fui de oyente a la clase de Teoría Política de Oscar Godoy, que hablaba de Platón. Fue amor a primera vista. Llegué a mi casa a declamar a Platón y La República y pensé: “esto es lo mío”. Hice Ciencias Políticas como carrera paralela.

¿Por qué estudiaste Derecho?
A los 10 años, un día me miré al espejo y dije: “Cristóbal, tú vas a estudiar Derecho”. Era obvio. No había otra opción para alguien que vibraba con la dimensión humanista de las cosas. Me gustaba leer, me gustaba argumentar, me gustaba discutir. Seguramente mis primeras discusiones fueron defendiendo la dictadura. Me estoy viendo a mí de tiernos diez años hablando a favor del Sí.  Recuerdo también al profesor de Educación Cívica comentando que la Constitución del ochenta no era democrática y yo pidiendo un espacio para, a la siguiente semana, exponer porqué sí había sido aprobada democráticamente. Y con la Constitución en la mano llegué una semana después a la sala.

Con toda esa “educación de calidad”, ¿te sentías a la par frente a tus compañeros del doctorado en Londres?
Yo tenía súper buenos hábitos de estudios. Entré ranqueado 9 a la universidad por mi puntaje en la PAA, en la generación bajé a 140 rápidamente y después me estabilicé en 70. Pero cuando llegué a Londres, me di cuenta de que estos tipos nos han sacado mucha ventaja. Sin importar las horas de trabajo que le dedicara, un texto mío no iba a quedar igual de profundo, analítico y bueno que el de un cabro que hizo su pregrado en Oxford y terminó a los 23 años, a los 24 estaba cursando su doctorado y a los 27 ya está publicando. Frente a él, era poco lo que podía hacer. Recién, hace dos semanas, gané un concurso de ensayos en Inglaterra y siento que estuve en condiciones de competir y ganar.

¿Cuál es la raíz de esta desigualdad que describes?
El idioma, por supuesto, y la manera de pensar. Algunos sociólogos explican que las culturas anglosajonas protestantes se acostumbraron a poder discutir sobre los textos sagrados, por lo tanto se acostumbraron a discutir sobre el texto en general. Nosotros, que no tuvimos ni reforma ni Ilustración, sino por el contrario tuvimos el Barroco –que es la exaltación de las formas-, nos acostumbramos a fijarnos más en la manera en que se dicen las cosas, en la forma y no en el texto. Y eso es un problema, porque pierdes cierta capacidad analítica para discutir sobre argumentos y te concentras más en el mensajero. A mí me costaba tener un enfoque más analítico.

¿Te tuviste que reeducar durante esos cuatro años?
Sin duda.

¿Te frustraste?
Muchas veces. Cuando presenté, por ejemplo mi avance de esta tesis, hubo como dos trabajos que le entregué a mi supervisora y me los hizo pebre. Yo quedaba súper golpeado, anímicamente golpeado.

¿No es peligroso para un académico opinar a diario?
Hay mucha gente que cree que por tratar de comunicar mucho se termina diciendo poco. Yo partí como un opinólogo ilustrado y luego pasé a una etapa de intelectual público, con miras a convertirme en un académico serio. Tengo la impresión de que la trayectoria de muchos de mis colegas es al revés: primero se forman académicamente, luego viene el máster y el doctorado, publican en revistas especializadas, se hacen respetados por los pares en el ámbito académico y después se relajan y escriben libros para la audiencia en general. Durante un tiempo tuve miedo de que participar mucho del debate público me cerrara las puertas de la dirección académica. Haber hecho el doctorado es un paso con el que trato de decirme a mí mismo “ahora rentabilicemos y dediquémonos a la academia”. Pero también tengo que parar la olla.

O sea, no es que andes opinando porque no te resistas.
No. Si se tratara se eso, están las redes sociales. Tal vez cuando partí había cierta vanidad, pero ya no. Hoy tengo entre un 20 y un 30% de docencia, un 50 % de investigación y el resto es vinculación con el medio. Es decir, el doctorado también opera como una red de protección.

SACUDIRSE DE LA HERENCIA

Tenías 9 años cuando ganó en No. ¿Tenías conciencia del poder de tu familia?
Sí. Yo vivía rodeado de los guardaespaldas y los choferes de mi abuelo. Y no sé si eran tiras o milicos, pero por su casa rondaba un personal de servicio armado. Veraneaba en el lago Riñihue, y me acuerdo de un verano que estuvimos con dos comandos, que yo miraba perplejos, instalados en carpas, al lado de la casa.

Defiendes el derecho a desvincularse de la herencia familiar. ¿Qué dejaste tú atrás?
Mi quiebre con la dictadura, es lo primero. Un quiebre desde el punto de vista afectivo, porque afectivamente fue una presencia, y diría una omnipresencia, en los primeros 15 años de mi vida, hasta cuando toman preso a Manuel Contreras y yo recién comienzo a darme cuenta de muchas cosas. Luego, en la universidad, cuando fui dirigente universitario, conocí a personas con familiares detenidos-desaparecidos. En ese proceso, encontré dispositivos que me ayudaron a reflexionar sobre lo que quería ser. Entender que yo era un liberal desde el punto de vista doctrinario fue clave para saber qué aspectos de esa herencia familiar quería conservar y qué aspectos soberanamente –y esta vez autónomamente- iba a rechazar. Así como ocurrió con la dimensión política y la conexión afectiva con la dictadura, ocurrió con la dimensión religiosa, y la conexión afectiva con el mundo de la iglesia.

Antes de ser ateo, fuiste creyente.
Sí, y era una relación bien tormentosa con ese Dios. Le hablaba y le discutía. Era como bien arrogante y le preguntaba por las injusticias del mundo. Progresivamente me fui alejando de la fe y el proceso culminó en 2013, cuando publiqué “Ateos fuera del clóset”, el único de mis tres libros que ha llegado al top 10 de los más leídos de la semana. Ese libro fue una salida del clóset. La idea nació después de una discusión con unos tíos en que dije que era ateo y uno de ellos me respondió: “puedes ser ateo, Cristóbal, pero no es algo de lo cual sentirse orgulloso”, como si yo tuviera que reconocer alguna mácula ética. Fue lo que me motivó a escribir.

¿Qué tipo de ateo eres?
Soy un progresista hasta el paroxismo de la ingenuidad. Creo en el progreso moral. Soy como Steven Pinker y compañía. Creo que hoy el mundo está mucho mejor de lo que estaba antes. Y que crea que mi cuerpo se lo van a comer los gusanos, y la única posibilidad de sobrevivir es en el recuerdo de tus seres queridos y en aquellos en los que dejé alguna huella, no me priva de un ápice la intensidad con la cual vivo mi existencia.

Y serás el primero en tu familia que no bautice a un hijo.
Sí, pero vamos a hacer lo que los gringos le llaman un naming ceremony, o ceremonia de nombramiento, para traducirlo al castellano y no ser como tan siútico, ya que a la gente le molesta que uno hable en inglés. Una ceremonia que mucha gente hace en Inglaterra, también, donde la cultura secular y laica es potente. No desconozco el poder que tienen los ritos, no solamente en la cultura cristiana, sino que en todas, de juntar a la comunidad, a los seres queridos y hacer una especie de presentación en sociedad. Pero me parece que aquellos que nos decimos ateos, en algún momento tenemos que vencer la presión cultural de hacer lo que todo el mundo hace, o es como una salida del clóset muy poco jugada. Me parece que no bautizar a mi hija no es solamente un capricho mío. No sería justo con ella bautizarla. ¿Por qué la voy a enrolar en una institución si ya la tuve que enrolar en otra llamada Estado de Chile?

¿Te reconoces como parte de la elite o eres de esos que la reniega?
Nunca podría ser tan cara dura. Si la elite tiene diez dimensiones, pertenezco a nueve de ellas. No me vas a escuchar nunca tratando de sacarme de eso, como Piñera cuando dice que es de clase media.

CUMPLEAÑOS EN HOOTERS

Hace años, celebraste un cumpleaños en Hooters. Hoy, sería inmolarse ¿o no?
Hace como once años. Si te contara otras cosas, Hooters es un pelo de la cola. Pero, claro, sería una imprudencia política, me harían bolsa, pero me han hecho bolsa por mil cosas. Lo mismo que con los cafés con piernas. Cuando trabajaba en el centro iba a los cafés con piernas como miles de personas que trabajan en el centro. No me siento culpable de haber ido, ni moralmente pecaminoso, que es distinto al miedo social, que lo entiendo por prudencia, por querer cuidar la pega, porque no me funen en Twitter, y es razonable. Porque hay una policía que vigila nuestra moralidad de manera bastante acuciosa. Ahora, desde el punto de vista de cómo entiendo el feminismo, considero que la cosificación es parte de los derechos que tienen las personas en una sociedad libre y yo debiese ser lo suficientemente valiente para defender ese punto cuando vengan por mí, ¿cachai?

¿Cuál sería tu defensa?
Estamos en un permanente juego donde las personas tienen ciertas herramientas para mejorar su estatus, como diría Carlos Peña. Las mujeres, históricamente han contado con uno, que es básicamente explotar la femineidad, por un lado como elemento de deseo, y por otro como capital maternal, por su capacidad de reproducción. Creo que es injusto que la mujer quede reducida a la dimensión de su deseabilidad sexual, porque veo al hombre que tiene un abanico de posibilidades sobre las que construye su estatus y me gustaría que existiera ese mismo abanico para la mujer. Pero no puedo decir que la cosificación no puede estar dentro de ese abanico. Si un hombre quiere explotar su dimensión física, que lo haga.  No veo razones para decir a priori que explotar el cuerpo sea moralmente inferior que explotar la cabeza. Ahora, me parece que la mujer no puede ser reducida a objeto.

Ese es argumento defendido tanto por Zizek como por Emily Ratajkowski. Filósofo y modelo hot unidos a favor de la libre determinación de la mujer a cosificarse.
También está la crítica que recibió Emma Watson o Beyoncé, cuando se muestran feministas y al mismo tiempo exquisitas. Entiendo el argumento de las feministas que se quejan de la incoherencia de explotar el cuerpo y al mismo tiempo declararse feminista, porque efectivamente para mujeres como la Watson y Beyoncé, resulta muy rentable. Pero ¿qué pasa para las mujeres en que no lo es? Si construyes un mundo donde solamente los valores estéticos cuentan, es muy injusto. Es injusto que solo sean los valores estéticos los que determinen tu posición social. Por eso yo avanzaría a un sistema más pluralista, por así decirlo, donde hombres y mujeres sean valoradas por distintas herramientas, pero dentro de esas herramientas, cabe la cosificación voluntaria.

Los hombres de hoy, con una mujer que quiere ser par y exige a un par, ¿son más o menos felices que sus padres o abuelos?
No sé si somos más felices, pero la cosa es más justa. Y a mí me importa más la justicia que la felicidad en este caso. Tendremos que aprender a ser felices en un mundo con equidad de género. Tener una hija, por supuesto que me va a ser más militante de esta causa por la igualdad. Ahora, en el extremo en que no quiero caer es el del feminismo de redes sociales que de manera bastante acrítica asiente a todo y trata de parecer ante el mundo más papista que el papa y pontifica. Yo no voy a pasar por deconstruido.

A propósito de tu hija, ¿cómo ha sido el primer mes de paternidad?
Una maravilla, estoy alucinado. Y han aparecido dos cosas bastante obvias. Lo primero, es cachar que ya no hago las cosas por mí. El otro día fui a correr, sentí un dolorcito en el pecho y fue como: “mierda, voy a dejar a Roma huérfana”. El problema no es si me muero yo, sino que hoy una persona necesita de mí, como nunca antes otra persona necesitó de mí. Lo otro es la fascinación enorme de tener in situ un experimento en casa, para constatar la vieja discusión entre naturaleza y cultura.

Roma en estudio.
Claro. ¿Somos primates, básicamente, cuyos instintos vienen prefabricados? Estoy frente a una persona que me permitirá conocer qué tan maleable es la mente humana, qué se aprehende del mundo a través de la educación –aprehende con H-, o hay cosas cuyas categorías ya vienen pre configuradas y nosotros la vamos llenando con experiencias. Me parece fascinante tener este “juguete” nuevo que seguramente me va a sorprender todos los días al respecto.

Tu madre parece especialmente importante en tu vida.
Es mi soporte principal. Siempre lo ha sido. No estaría donde estoy sin ella. Es la persona más importante de mi vida. Me acompañó a mi graduación de doctorado y después la llevé un fin de semana a Estocolmo. Viajo con ella a todos lados, somos buenos partner. Incluso me elige la ropa. Esta camisa que llevo puesta, me la compró ella.

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