Cristian Bofill

EL PERIODISTA EN SU LABERINTO

POCAS PERSONAS HAN ESTADO DURANTE TANTOS AÑOS MANEJANDO LOS INVISIBLES HILOS QUE DIVIDEN Y A LA VEZ SOSTIENEN LA RELACIÓN ENTRE LA POLÍTICA Y LA INFORMACIÓN. FANÁTICO DE HISTORIAS DE ESPIONAJE, SABE QUE TRAICIÓN Y LEALTAD PUEDEN SER DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA. EN LOS ÚLTIMOS 27 AÑOS FUE DIRECTOR DE QUÉ PASA, LA TERCERA Y CANAL 13. HOY, DESDE LAS OFICINAS DE QUIÑENCO, JUNTO A ANDRÓNICO LUKSIC, TRABAJA EN EL DESARROLLO DE UNA NUEVA PLATAFORMA DE COMUNICACIONES E INFLUENCIA. LOS TIEMPOS CAMBIAN Y QUIERE SEGUIR NAVEGANDO LA OLA. INFORMACIÓN ES PODER. SOLO HAY QUE SABER DÓNDE ESTÁ, CÓMO ENTREGARLA, CUÁNDO Y QUÉ GUARDARSE. EN ESO NO SE EQUIVOCA. LOS SECRETOS VALEN. 


Texto Pablo Mackenna Fotos Sebastián Utreras

El 3 de diciembre de 1987, en las oficinas del diario O Estado de São Paulo, reciben el llamado de un vocero del FPMR preguntando por alguien que hablara español. Habían decidido entregar al General Carreño, experto en armamentos, secuestrado 92 días antes en Santiago. Una historia sórdida que implicaría facciones distintas del régimen militar involucradas en ventas de armas, traiciones, muertos en venganza. Al minuto de entregarse, sus secuestradores, quienes habían pedido a cambio camiones de ropa y alimentos para las poblaciones, parecían sus amigos. Antiguos compañeros de armas lo preferían muerto. Una historia más propia de espías de la guerra fría, de las mismas historias de espionaje que devoraba, un chileno de 27 años, radicado con su familia desde los 12 en Brasil, periodista, izquierdista en sus comienzos, quien trabajaba de enviado especial por Latinoamérica para el mismo diario O Estado -en México, Argentina, protestas en Chile, cubriendo revoluciones, escaramuzas en la selva, Nicaragua, El Salvador-, tomó el teléfono. Su nombre: Cristián Bofill. “A Carreño me lo encontré de frente en la puerta del diario, lo habían mandado en un taxi. Sonreía. El problema es que yo al fotógrafo lo tenía apostado en la entrada del estacionamiento. Le pedí que repitiéramos la escena por el otro acceso. Salió perfecto”.

¿Tú le pides a un tipo, que ha estado secuestrado 92 días no sabes en qué condiciones, que repitan la escena del encuentro para la cámara? ¡Eres una bestia!
No, soy un periodista.

¿Qué tan de izquierda fuiste de joven?
En mi época universitaria fui muy cercano al Partido Comunista Brasileño. Trabajé en el mundo sindical, un mundo muy ajeno social y culturalmente a lo que había sido mi vida hasta entonces. Fue mi servicio militar. Aprendí disciplina -levantarse a veces a las 5:00 de la mañana, trabajar el fin de semana, obedecer instrucciones que no me gustaban-, conocí una ciudad distinta al São Paulo que estaba acostumbrado y recibí mis primeras lecciones de periodismo y política en un ambiente duro. Pero lo más importante fue la experiencia de vida.

¿Qué te cautivó de la izquierda?
Yo entré a la universidad cuando se iniciaba la apertura política en Brasil, había terminado la censura y se conocieron más las violaciones a los DDHH, la corrupción y el lado más oscuro del régimen militar. También había una cuota importante de rebeldía y de creer que la historia estaba recién empezando. Estaba, como se dice, embriagado de lecturas y de afán de aventuras.

¿Cómo te alejaste de ese mundo?
Mientras estudiaba periodismo e historia, tuve un profesor de ética Opus Dei, muy inteligente y buena persona que me insistía -pese a saber que yo era ateo y de izquierda-, en que debía postular a una beca de la Universidad de Navarra. Finalmente me gané la beca gracias a su apoyo y pasar un año en Europa, en Pamplona y en Londres, ver cómo funcionaban las democracias modernas, pensar más los temas, me fueron alejando. Además, mi vocación siempre fue la de periodista, no la de militante político. Fue un proceso natural.

¿Es verdad que crees que un buen medio tiene que ser de derecha en economía, de centro en política y de izquierda en cultura?
Esa frase es del periodista argentino Jacobo Timerman, ex director de La Opinión y que la pasó muy mal durante la dictadura de Videla. Es una caricatura, aunque algo de sentido tiene.

¿Qué dirá tu actual pareja, Alejandra Pérez, ministra de la cartera de Piñera, de que la cultura tenga que ser de izquierda?
Yo no pienso eso. La caricatura del artista de izquierda proviene de la rebeldía con el establishment, la transgresión, el mundo de los grandes sueños, pero mira lo que terminan siendo los estados de izquierda totalitaria y su relación con la libertad. Por lo demás, el ministerio también tiene que ver con la gestión, la difusión y el apoyo, tanto a los artistas como al público.

¿Qué te queda de Brasil?
Me quedan algunos amigos y muchos recuerdos. Profesionalmente, siento que fue el período de mayor libertad. Era corresponsal de un diario muy bueno, viajaba la mayor parte del año, no estaba casado ni tenía hijos, ni gente a cargo. Mi única responsabilidad era hacer buenos reportajes. Llegué a Chile en 1990, como editor general de Qué Pasa, me casé y al año siguiente nació mi primer hijo. Me sumergí en la revista. Roberto Pulido, que era el director, fue muy generoso y paciente conmigo, me ayudó mucho. No conocía a todo el mundo al dedillo, lo que es una desventaja, pero también tiene su lado. Eres más independiente. Yo era muy arrogante y me metía en las patas de los caballos. El periodismo político tiene cierto vértigo que se termina transformando en un vicio.

Pero no todo es política. La mitad de los diarios en Chile son fútbol y farándula.
La identidad de los medios de influencia está básicamente en su manejo de la agenda política y económica, aunque su menú temático es más amplio que eso. En la medida que tienes influencia política y económica llegas a los tomadores de decisiones, y puedes cobrar más por la publicidad y suscripciones. El periodismo de influencia es la política con todos sus derivados, es también el mundo de las ideas, la economía, lo que pasa fuera de Chile, es el mundo del poder.

Es un mundo repleto de intrigas.
Se puede decir que es como estar mirando una obra de teatro, ahí están los personajes, tragedias, derrotas, victorias, egos. Hay lealtades y traiciones. Existen muchas definiciones de política y la que más se repite es que es el arte de lo posible. Otra definición, para algunos más realista, es que consiste en debilitar al adversario. Esa frase se la escuché al caudillo catalán Jordi Pujol, que gobernó Cataluña más de 20 años y terminó de la peor manera: involucrado en un escándalo de corrupción.

Está bien, pero esta oficina armada por Elizalde para buscar faltas, como de perros de aeropuerto, es medio miserable…
Fiscalizar al gobierno es parte de lo que debe hacer la oposición. Hoy más que nunca se exige un comportamiento ético y no hay nada más eficiente que cuestionar al adversario. Pero otra cosa es engolosinarse y “denunciar” el gasto en un televisor para Cerro Castillo. A ese paso pueden terminar viendo cuánto se gastan en papel confort en La Moneda. Respecto del viaje a Harvard del ministro Felipe Larraín, su gran error es que debió haber zanjado el problema en 15 minutos. Bastaba decir que había sido una equivocación y que, por supuesto lo iba a pagar, por más que pensara que no había hecho nada malo. Lo peor que le puede pasar a alguien en política es que no lo dejen cambiar de tema. La política tiene que ver con quién pone la agenda, igual que en prensa es quien pone la noticia.

A mí me pareció muy bien Insulza, más moderado, diciendo “a mí no sé si me gusta tanto esta área chica del ataque, me gustan más las ideas”.
Toma cierta distancia. Es cierto. Pero siempre hay alguien que hace la pega sucia y otros van de palomas. Pasa en todos los sectores. Moreira en la UDI por ejemplo, fue siempre más soldado, de ir al frente, con todos los costos que conlleva.

¿Qué te parece la fuerza del movimiento de reivindicación feminista?
Aunque la frase ya es un cliché, no hay nada más fuerte que una idea a la que le llega su momento. Y esto estalló. Con el tiempo se matizará y quedará algo permanente. Y es que hubo un proceso de acumulación. Como también fue necesario que se crearan previamente las condiciones materiales. Hoy hay una cantidad mucho mayor de estudiantes y con más conciencia de sus derechos. La participación laboral de las mujeres es mucho más amplia y el país está más globalizado. Es una rebelión en la prosperidad. A Chile le ha ido bien y las mujeres hoy día pueden exigir más derechos, tal como le pasó a los estudiantes del Mayo del 68 francés hace exactos 50 años. ¿Por qué reclaman estos jóvenes que tienen comida, ropa, educación?, se preguntaban sus padres que habían vivido la Segunda Guerra, que habían pasado hambre, frío y privaciones. Pero la nueva generación quería más porque podían más. Querían romper las jerarquías rígidas del padre con el hijo, del profesor con el alumno. Fue una rebelión contra la autoridad. Hoy a las mujeres les llegó su momento de protestar contra el abuso, de exigir más igualdad.

Pero has sido crítico de algunos aspectos.
Hay una cuota de fanatismo que, aunque uno sabe que es inevitable, no se puede dejar de criticar. No es aceptable defender que a las denunciantes siempre hay que creerles, que hay que expulsar de las universidades inmediatamente a los acusados sin un debido proceso y sin derecho a defensa. Otra tontera es empezar a cuestionar obras literarias porque no se ajustan al pensamiento políticamente correcto. Hay que ver las nuevas ediciones de Lolita de Nabokov, con una mujer en la portada a la que le clavan un cuchillo en el pecho, representando la opresión a una niña de 12 años: ¿Qué entendieron? Solo falta elaborar un índex como el de la Inquisición. Mario Vargas Llosa escribió una gran columna al respecto en El País.

En esta crisis de las estructuras de poder, ¿no se genera un desincentivo a la labor pública, a la política, a las comunicaciones, donde hay que ser extraordinario, donde tus faltas se multiplican al infinito? Demasiado fácil equivocarse y terminar preso. Mira a los últimos presidentes vecinos.
Los estándares van mejorando en la sociedad y todos tienen que adaptarse a las nuevas reglas del juego, no solo los políticos. Basta pensar en los cambios que va a traer el movimiento feminista en las universidades. Es difícil pensar en todo caso que van a disminuir las vocaciones políticas por las mayores exigencias. Para desarrollar la vocación de político y tener éxito hay que esforzarse mucho. Es como el deportede elite o un pianista de excelencia: se necesita entrenar varias horas al día, sacrificarse, competir. El político es un tipo que el fin de semana va a besuquear a la gente, reírse de chistes malos, en vez de quedarse con sus amigos o hijos pasándola bien. Se requieren muchas ganas. Es la ley del deseo.

¿Crees que existe una nueva y una vieja política?
Eso es un mito que repiten los grupos o las generaciones que entran a la política para diferenciarse de las anteriores. Pero por algo las reglas y los consejos que dio un florentino hace más de 500 años siguen vigentes. Maquiavelo sigue tan actual como siempre porque se preocupó de mostrar en forma descarnada la naturaleza humana frente al poder, de mostrar la realidad como es, no como quisiéramos que fuese. Por eso se dice que él no es maquiavélico; es lúcido. No es que los políticos sean todos malos ni mucho menos, pero no es un oficio para santurrones y es natural que no lo sea. Cuando uno ve a dirigentes estudiantiles o debutantes que se presentan como puros, hay que tener cautela, tal como hay que tenerla con todos los predicadores de moral. Conocí a Lula en sus comienzos, cuando la consigna del PT era moralizar la vida pública brasilera. Hoy él y su círculo de hierro están presos.

¿Crees que están bien presos?
Sin duda, y les van a caer más condenas. Los problemas de probidad de la política vienen mucho del financiamiento y ahí los estándares están cambiando para bien. Lula se deslumbró con la plata y su proyecto de poder terminó basado en la corrupción. Ahora, es verdad que no se hace política sin tener una caja. La caja tiene que existir. Por eso es bueno que se legisle y se transparente. La sociedad exige cada vez mayores niveles de trasparencia. Al periodismo también. Los periodistas estábamos acostumbrados a quedarnos con la última palabra, a ser los únicos intermediarios entre los dirigentes y la sociedad. Buenos para equivocarnos en portada y dar las disculpas a pie de páginas interiores, a pedir renuncias cuando otros cometen errores pero medirnos con otra vara. Hoy las redes sociales cuestionan eso. El poder en general está más cuestionado que nunca.

Te tengo que preguntar por Andrónico Luksic, tu jefe. Su campaña de acercarse a la gente a través de twitter es notable. Pero contestarle hasta a los que les sacan la madre. ¿Cómo tan zen?
La de abrirse a twitter es una decisión que él tomó y casi todos sus cercanos, por no decir todos, se lo desaconsejaron. Su idea era mostrarse como la persona que es y no como lo estaban caricaturizando. Creo que lo ha logrado y me alegro por eso. Con respecto contestarle a los llamados “haters”, creo que les responde de forma civilizada para mostrar que es un hombre de dialogo. Y si los descoloca, mejor.

Las redes sociales son adictivas, se prestan en su inmediatez para errores y cuando te equivocas, pueden ser lapidarias. A ti te paso en tu ataque a “las vírgenes de burdel” que atacaban a Herval Abreu. ¿Fue un exabrupto?
Fue una estupidez mía. Yo siempre he usado –y la gente que ha trabajado conmigo lo sabe-, la expresión “virgen del burdel” para referirme a la hipocresía. En los burdeles no hay vírgenes, por lo tanto quien se las dé de eso es un hipócrita. Con lo de Abreu me refería a muchos de los que salieron rasgando vestiduras y que siempre supieron lo
que pasaba y se declaraban escandalizados para salvarse de la hoguera. Dije también que el no es mi amigo, que cuando fui director del 13 no supe nada y que las acusaciones me parecían serias y graves. Hoy no usaría la expresión “vírgenes del burdel”. Tampoco me gustó el episodio de Rafael Gumucio.

Gumucio tiene vocación de mártir.
El problema no es lo que dijo y se arrepintió. Tiene derecho. Pero esa carta de arrepentimiento me recordó las confesiones de las purgas de Stalin, que se las exigían antes de pegarles un tiro en la nuca, para que sus familias no sufrieran represalias. Aquí da la impresión que tuvo que hacerlo para no perder la pega en la UDP.

¿Qué es el buen periodismo?
Hay muchas definiciones: una fiscalización del poder, un servicio a la sociedad. También lo es investigar y exponer de buena fe y con honestidad intelectual todas las visiones sobre un problema, incluso los argumentos que tú no compartes. Hay que tener cuidado con una visión justiciera del periodismo, de creerse dueño de la verdad. Me cuesta mucho soportar a los predicadores, a los que siempre separan el mundo entre los buenos y los malos. Se pueden cometer muchos errores. Un buen ejemplo es el caso Gema Bueno.

¿Qué hay de esa frase “no hay que dejar que la verdad arruine una buena historia”?
Eso es una parodia de la prensa sensacionalista inglesa. Hay otra: “too good to check” (una noticia demasiado buena como para chequearla). Pero hay una sentencia histórica de la Corte Suprema de EEUU, de 1963, que sostiene que el periodismo no está obligado a decir la verdad. Es a propósito de una demanda contra el New York Times por parte de un comisionado racista de Alabama, sobre el cual el diario había publicado una información equivocada. La sentencia sostiene que si los diarios estuvieran obligados a publicar la verdad – bajo la amenaza de multas o penas de cárcel-, no podrían cumplir bien su misión de informar, porque están siempre sujetos a errores. Lo que no se puede hacer -y eso está establecido en la sentencia- es publicar deliberadamente mentiras. Muchas veces la verdad se devela sobre la marcha.

¿Crees que el periodismo es el tercer poder?
La prensa está atravesando una etapa de cambios muy grande por la revolución tecnológica. Donald Trump salió electo con prácticamente toda la prensa en contra. Su estrategia se basó en el uso de las redes sociales, cuyo alcance solo ahora estamos conociendo en detalles gracias al escándalo de Cambridge Analytica. Es bien complicado, porque lo que ha hecho internet es destruir el modelo de negocio tradicional de los medios. Y las redes sociales muchas veces son una selva con sus fake news y tanta gente que opina e insulta desde la ignorancia.

Es un poco apanicante el estallido de las redes, su virulencia, sus condenas sin juicio, su postverdad. Es muy fácil caer en la hoguera.
Por eso que son importantes los medios de comunicación y líderes de opinión que se atreven a ir contra la corriente y no le temen a ese bullying. Lo más fácil es subirse a la ola sin ejercer el espíritu crítico. Mira cuántos tipos de izquierda consignan hoy que el feminismo es su gran batalla. Raro, porque no lo era hace un mes.

¿Qué extrañas del periodismo en tiempos de inmediatez?
El periodismo es sobre el presente. Hoy el mundo es más global gracias a internet y la gente tiene más oportunidades de acceder a buena información, si se quiere dar el trabajo de hacerlo. Lo que se echa de menos es tal vez más reporteo, más calle. Hay mucha opinión y mucha primera persona. Tom Wolfe murió estos días. Lo que él hacía era entrar en los mundos que retrataba, desde los cócteles de la izquierda exquisita hasta el programa espacial norteamericano. Criticó tanto a los periodistas como a los escritores por mirarse el ombligo en vez de retratar la sociedad.

¿Cuál es tu momento más feliz en el periodismo?
Cuando viajaba por América Latina haciendo reportajes en los 80’s, una época muy agitada, de mucha adrenalina. Pero, aunque tuviera la oportunidad, no volvería a eso. Ya pasó. Además, es posible que uno tienda a mitificar todo lo que hizo cuando era joven.

¿Pides perdón cuando te equivocas?
Es lo que corresponde y con el tiempo se aprende que reconocer los errores fortalece la credibilidad del periodista y del medio. Ahora hay errores y errores. A veces entran al anecdotario. El más conocido de La Tercera, fue cuando en una columna sobre el Festival de Viña, un periodista dijo que el Pollo Fuentes había cantado pésimo. Pero no se había presentado. El periodista dejó la nota escrita y se fue a pasarlo bien. Se pidieron las disculpas correspondientes. El periodista dejó el diario.

¡El guatón Hidalgo, un mito!
Era el cronista más talentoso que he conocido. Tenía todo, menos disciplina. Era tan bueno que lo despedí tres veces y lo contraté cuatro. Lástima que murió muy joven.

¿Fuiste tirano?
Probablemente y me arrepiento. Venía de un estilo muy autoritario, duro para criticar y convencido de que mantener un nivel alto de tensión en las redacciones era beneficioso. Ya no creo en eso. Y creo que sí, los puedo haber tenido a todos enfermos, trabajando a un ritmo endemoniado, cambiando portadas y pauta a última hora.

¿Cómo lo pasaste en el 13? Estuviste de director de prensa y también en dirección ejecutiva.
Hubo muchas cosas distintas, que claro, me desafiaban: otro tipo de gestión, otro lenguaje, que no conocía. La televisión abierta es masividad y yo venía del periodismo de influencia. Fue una gran experiencia y conocí grandes profesionales.

Tienes obsesión por las buenas portadas, como las de Der Spiegel o el New Yorker, lenguajes gráficos sorprendentes…
Para hacer una buena portada gráfica o humor se requiere algo más que creatividad o capacidad. Se requiere genio. Y es escaso. El humor es lo más difícil en periodismo. No hay término medio. O eres excelente o no sirves.

¿Qué te parecen las portadas de LUN? Hay veces que dan ganas de llorar.
No soy lector habitual de LUN, pero es un diario muy bien hecho para el público que se destina. Y esas portadas que criticas, las eligen los propios lectores en internet a través de un algoritmo. Es disruptivo y comercialmente efectivo. Es difícil renovar un diario y tener éxito y a ellos les funcionó.

¿Qué te parece lo de Pato Fernández, The Clinic y su problema con los trabajadores? ¿Le tocó bailar con la fea?
Lo único que sé, es que cuando se está a cargo, hay que tomar decisiones. Es la diferencia entre ser oposición y gobierno en política. Como oposición se puede decir u ofrecer cualquier cosa, pero cuando eres gobierno, hay que buscar soluciones realistas a los problemas y a veces solo hay margen para escoger la alternativa menos mala.

¿Es verdad que eres aficionado al mundo del espionaje de la época de la guerra fría?
Lo interesante del mundo del espionaje es que se trata del tema de las lealtades y las traiciones. Es como una selva de espejos, donde nada es lo que parece y todo se rige por el secretismo. Tiene un aspecto en común con el periodismo: lo importante es lo que se esconde, lo que hay detrás. Ahora, esa búsqueda obsesiva por lo oculto puede derivar en paranoia. El espía más famoso de la guerra fría es Kim Philby, un aristócrata inglés que casi llegó a dirigir el servicio secreto de su país y que huyó a Moscú cuando descubrieron que había sido espía soviético desde su juventud. Traicionó todo: su familia, su país, su clase social, sus amigos. Pero tuvo un destierro miserable en Moscú. El escritor que refleja mejor ese mundo es John le Carré.

¿Qué te parece el reciclaje de la revista Paula, no se debió salvar en tiempos de mujeres empoderadas?
La revista tiene un lugar muy importante en la historia del periodismo chileno y todavía era muy buena. Hay que ver si las miles de mujeres que lloran hoy su partida, la seguían comprando. Porque los números no dan. Patricio Aylwin diría que el mercado es cruel.

¿Y el fin de Qué Pasa? Por lo que entiendo, incluso hubo una oferta para comprarla. No se entiende entonces matarla.
No tengo información sobre eso, en todo caso tengo entendido que sigue en internet. Trabajé en Qué Pasa nueve años, siete de ellos como director. Tengo excelentes recuerdos de ese equipo. No debe ser feliz para el dueño ninguno de los escenarios, ni venderla, ni cerrarla. Espero que se recupere.

Hoy estás emparejado con Alejandra Pérez, ministra de Cultura. Hay quienes insinuaron que tanta cercanía con el gobierno podía ser incómoda.
No me parece. Cada uno tiene su carrera, su visión de mundo y trayectoria. Y su área, por lo demás, no es mi campo de acción.

La política es dura y las caídas se pagan caro, ¿de qué hay que estar hecho para sobrevivir?
Fíjate que justamente uno de los elementos más importantes, y no solo en política, es cómo te enfrentas a la caída.
La compostura en la adversidad es lo más admirable en una persona, porque al final del día, todos en algún minuto caemos, o nos miramos y descubrimos que no éramos aquello que nos habíamos figurado de nosotros mismos. Esto es como el boxeo, hay que saber pararse, pero también tienes que entender cuando se acabó. Hay que saber retirarse.

¿Como ves a Boric y a Jackson?
Son muy buenos políticos. Se ganaron su espacio. Y todavía funcionan bien juntos. Pero más adelante van a tener que solucionar el problema de quién va a ser el número uno y eso los va a separar. En el fondo, están enamorados de la misma mujer. No puede terminar bien.

¿Cuál sería un símil, en términos de pareja?
Podrían ser Piñera y Allamand. Al principio de la transición también eran jóvenes y lideraban la renovación de la derecha. Eran grandes amigos. Pero Piñera fue el presidente. Y ya nada fue igual. Allamand sigue siendo un buen político. Quizás todavía tenga tiempo.

¿Cómo Piñera puede ser presidente sin tener una gran épica, sin una persona que muera por él?
Antes era más fácil fabricar tu propia leyenda, ahora se está más expuesto. Todos se dan cuenta que los grandes políticos son seres humanos y no gigantes. Hay mucha información y la relación con los políticos es más horizontal. “Nadie es un héroe para su mayordomo”, dicen los ingleses, refiriéndose a que los mitos mueren cuando conoces su intimidad. Churchill -que vivió en una época en que un presidente de EEUU, Franklin D. Roosevelt, podía esconder que andaba en silla de ruedas- dijo una frase muy buena: “la historia me va a tratar bien, porque yo la voy a escribir”. No solo lo hizo, sino que hasta se ganó el Premio Nobel de Literatura por sus memorias. Muy deshonestas, desde luego, como las de cualquier ser humano.

¿Te gusta Churchill? Yo tengo una fascinación por ese personaje, política y literariamente.
Es fascinante. Los políticos ingleses lo son. Churchill tiene una mitología increíble. Hay una de sus leyendas que me gusta mucho, esa cuando una líder laborista en el Parlamento le dice: “si yo fuera su esposa, le envenenaría el té” y él responde, muy serio: “si yo fuera su marido, me tomaría el té”. Pero cada uno tiene sus preferencias. Los grandes dictadores, como Stalin y Hitler, me despiertan mucha curiosidad. Lo mismo Fidel Castro. Otro tema interesante es cómo un acto final puede definir todo tu legado. Hay dos suicidas muy interesantes en el siglo XX latinoamericano: Getulio Vargas y Salvador Allende. Ambos se pegaron un balazo para entrar a la historia por la puerta grande en el momento que se encontraban acorralados.

¿Y cómo dejas huella sin tragedia?
Hay muchos que lo hicieron y se les agradece mucho no haber derramado sangre, aunque tuvieron menos épica y sus biografías como gobernantes son menos interesantes. Un ejemplo es Patricio Aylwin.

¿Te gusta la figura de Aylwin?
Se le reconoce menos su habilidad política de lo que se merece. Condujo la mejor transición a la democracia en América Latina. Al contrario de otros países, en Chile no hubo hiperinflación, ni rebeliones militares como caras pintadas o terrorismo como el de Sendero Luminoso. Manejó a Pinochet con mucha calma y astucia. Entregó un país mucho más unido del que recibió. No buscó la reelección y supo retirarse. También fue clave en la derribada de Allende -como brazo derecho de Frei Montalva- y en la derrota de Pinochet. No es poco para una carrera política.

¿Estás contento con tu vida hoy?
Sí, en la medida de lo posible, para citar a Aylwin.

¿No te pican los dedos del periodismo?
Estoy haciendo periodismo, estoy en la tele y en la radio. Además, estoy concentrado en explorar el mercado de los medios para ver si hay oportunidades para el holding TV-Medios. Estoy disfrutando esta etapa con más tiempo para la reflexión. Y mi nuevo ambiente de trabajo es muy grato. Lo que está claro es que moriré haciendo periodismo.

¿Te sientes por momentos fuera de tu hábitat, como león enjaulado?
Al revés. Dejar de ser director después de 27 años a cargo de medios, da una sensación de libertad muy grande para opinar y para pensar el futuro.

¿Y de qué se trata el nuevo proyecto que estás trabajando?
Estamos en una etapa muy preliminar todavía. No hay nada que contar.

Bofill no quiere hablar de su nuevo trabajo. “Periodismo de influencia en internet” es todo lo que logro sonsacarle. Por momentos siento que algo no cierra en el cuadro. Hay demasiado silencio en las oficinas corporativas de Quiñenco. Los pasillos pulcros, las flores del día, que de tan vivas parecen falsas. Faltan los gritos de la sala de redacción, el stress, la sangre. “Un hombre con un secreto es un hombre poderoso”, dijo John le Carré a propósito de Philby, el espía que no deja de obsesionarlo. “No te puedo hablar de mi nuevo proyecto” me explica. A su manera, sigue siendo el mismo. Administra la información. Reportea en secreto. Escudriña las claves del pasado. A unos pasos, la oficina de Andrónico. Sus dedos traquetean la mesa. Algo se está cocinando. Siempre es así, cuando estás cerca del poder.

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