Cristián Arriagada, Cirujano Plástico

ENTRENADO PARA SUFRIR

SU HIJO ES PEDRITO MILAGROS; SU MUJER, UNA JOVEN PERIODISTA QUE VIVIÓ SU EMBARAZO SOMETIDA A QUIMIOTERAPIA; SUS PACIENTES, VÍCTIMAS DE QUEMADURAS SEVERAS; Y SU FAMILIA PATERNA TIENE UN TRÁGICO RÉCORD DE MUERTE Y ENFERMEDAD. POR ESO MISMO QUIZÁS ÉL ES ENTUSIASTA, RESILIENTE, POSITIVO, ENAMORADO Y VIVE CADA DÍA CON LA INTENSIDAD DE QUE PUDIERA SER EL ÚLTIMO


Texto Ximena Torres Cautivo Foto Sebastián Utreras

ES ALTO, FLACO, GUAPO, DE GRANDES OJOS AZULES en una cara pulcra y agradable, pero asimétrica. Su ojo izquierdo se cierra más que el derecho y el surco nasogeniano de ese mismo lado lo tiene mucho más marcado. “Son secuelas de un infarto cerebral que padecí cuando estaba terminando la beca de cirugía plástica. Estuve una semana en la UCI. Quedé con hemiparesia, una parálisis parcial en un lado de la cara y en un brazo. Tuve una larga rehabilitación. Pienso que fue una especie de entrenamiento que me preparó para afrontar lo que nos ha tocado vivir ahora como familia”, afirma el cirujano plástico Cristián Arriagada Irarrázaval (37), jefe del Servicio de Quemados de la ex Posta Central y parte del staff de profesionales de la Clínica Las Condes.

El joven doctor transmite una madurez que no se condice con sus años. Casado desde octubre de 2016 con la periodista y conductora de televisión Javiera Suárez, se enteró de que sería padre cinco días antes de saber que su mujer padecía cáncer, un melanoma diseminado, grado 4, de muy mal pronóstico. Los medios y su propia mujer a través de las redes sociales tuvieron a medio Chile pendientes de la evolución del embarazo.

¿No entró en sus planes que Javiera abortara?
Muchos nos aconsejaron irnos fuera y hacerlo. No nos demoramos nada en decidir qué hacer. El diagnóstico del cáncer lo recibimos un viernes y ese fin de semana tomamos varias decisiones. La primera fue hacer todo lo necesario para proteger la vida de la Javiera. Si eso significaba la muerte de Pedrito (desde un comienzo lo llamamos así sin siquiera saber si era hombre o mujer), nosotros lo aceptábamos, porque entendíamos que el bien superior era ella. Lo segundo era que no estábamos dispuestos a matar deliberadamente a Pedrito, que, con 7 semanas de gestación, ya no era un grupo de células, sino Pedrito Arriagada Suárez. Sabíamos el riesgo que significaba seguir con el embarazo y lo aceptamos. Lo tercero es que no íbamos a preocuparnos de los números y las probabilidades en casos como el nuestro; teníamos todas las estadísticas en contra, pero decidimos aferrarnos al uno por ciento a favor. Por último, acordamos que los dos éramos los pacientes, no solo ella, y que ambos manejaríamos toda la información. Nada de secretos ni verdades a medias.

Hoy, Pedrito Milagros tiene 9 meses. Tiene los mismos ojos azules, grandes y expresivos de su papá y una risa fácil en todas las fotos que nos muestra, chocho, Cristián.

¿Fue un milagro que Pedro naciera?
Hace una década, las mujeres con este tipo de cáncer se morían. Ahora existen medicamentos que han cambiado ese pronóstico, pero no existía el caso de una embarazada con este tipo de cáncer. En Estados Unidos, el protocolo para el tratamiento de mujeres con este cáncer pasa por el aborto. Pero Pedrito nació y está perfecto. No tiene ningún efecto a causa de la quimio, como lo demostró el examen de la placenta, que estaba limpia.

Su hijo está creciendo sano y le llena la vida de felicidad. Javiera, aunque se siente bien, sigue con quimio oral y ambos saben que el cáncer no es algo que se pase de un día para otro. “Estamos enfocados en que ella se va a mejorar, pero valoramos cada nuevo día. Nos decimos todo lo que hay que decir, somos cariñosos, nos tratamos bien. Muchas de las cosas que aprendí e hice cuando sufrí el infarto cerebral, las hemos vuelto a aplicar ahora, desde la meditación hasta la alimentación, pasando por ser menos autoexigentes, autodemandantes. La Javiera ha crecido infinitamente, tanto que ahora se dedica a hacer coaching en estos temas a través de su página que se llama Liveat.cl

MÁS HUMANISTA QUE CIENTÍFICO

Cristián le atribuye a su mamá, Cecilia Irarrázaval, su vocación. “Ella estudió en Buenos Aires para ser asistente quirúrgica, lo que acá llamamos arsenalera. Ella tiene un hermano oftalmólogo y mi tío Jaime Arriagada es uno de los profesionales que armó el área de Cirugía Plástica acá, en la Clínica Las Condes, pero yo siento que la medicina me viene de ella. Cuando la conocí, o sea, cuando nací, ya no ejercía, pero siempre ha sido la enfermera de todos, del que se cae, se golpea, sangra”, dice el mayor de los 5 hijos del matrimonio Arriagada Irarrázaval.

Los Irarrázaval son un gran familión, integrado por 9 hermanos, que vivieron su infancia en un extenso fundo en la zona de Illapel, el que fue expropiado durante la UP. Ese tremendo quiebre llevó a su abuelo a buscar mejores oportunidades en Buenos Aires, donde pasó de agricultor a constructor. “Mi abuelo, que acaba de cumplir 90 años, es lo máximo, un referente para todos nosotros. Representa valores como la perseverancia, la resiliencia, la capacidad de superar los momentos difíciles y el enfrentar la muerte como una realidad, como algo que existe, que va a que pasar”.

Los Arriagada, por su parte, tienen una historia trágica, marcada por la enfermedad y la muerte. “Mi papá es el menor de 5 hermanos, de los cuales solo quedan él y mi tío. El mayor era buzo táctico y se ahogó en el sur; nunca encontraron su cuerpo. Otro hermano murió atropellado en la calle, y un tercero a causa de una enfermedad. Mi abuela murió de un cáncer cuando yo tenía 7 años. Todo eso ha sido muy marcador para mi papá, que es ingeniero comercial de los años de los Chicago Boys, aunque él se formó en Boston. Fue discípulo de Miguel Kast, quien le derivó una oferta para irse de asesor a El Salvador, en Centroamérica”.

Cristián y sus hermanos dejaron el colegio Mackay de Reñaca localidad en la que vivían, y partieron a El Salvador, a un colegio gringo y mixto donde se educaba la elite de ese país marcado por la desigualdad, la guerrilla y el comienzo de un gobierno de derecha.

¿Qué recuerdos tienes de tu infancia salvadoreña?
Buenísimos. Nosotros éramos de los privilegiados en un país de una desigualdad tremenda. Íbamos a los campos de nuestros compañeros en helicóptero los fines de semana. Al lado de nuestra casa vivía el presidente del Banco Central de El Salvador, lo que nos daba seguridad y al mismo tiempo nos exponía. Una vez pasó un helicóptero disparando desde el cielo, había semanas en que por seguridad era mejor no ir a clases. El Salvador era un país emergente con un gobierno de derecha, que empezó a agarrar vuelo. Vivimos allá 6 años. Mi papá armó una empresa de asesoría y logró, entre otras cosas, introducir el código de barras en el país.

Al volver entró al Colegio Cordillera, del Opus Dei, movimiento del que su madre y el hermano que lo sigue en edad son seguidores. “Él estudió Derecho en la Católica, luego Derecho Canónico en Roma y después se hizo cura del Opus. Ahora vive en Nueva York”.

¿Tú eres Opus Dei?
No quiero que esto suene como una defensa pública del Opus, pero tengo un hermano y una mamá que están metidos mucho en la Obra. No soy Opus Dei, pero es un movimiento que preconiza la santificación a través del trabajo diario. Postula que no hay que ir arrodillado a ningún santuario ni peregrinar a la Meca para encontrar la salvación, sino que se debe hacer lo mejor que se pueda cada día. Yo creo en eso, pero no soy Opus. Soy católico practicante y con todo lo que nos ha pasado me he vuelto aún más cercano a la religión. Hoy me declaro ferviente practicante de vivir la vida al máximo, de vivir cada día como si fuera el último.

No siempre fue así. Cuando terminó el colegio, dice, era inmaduro y no tiene claridad de por qué quiso entrar a medicina. “Quizás por rebeldía. No era la carrera que querían estudiar mis compañeros, que en masa optaban por ingeniería comercial. Mi papá no me tenía mucha fe, porque yo no era muy estudioso”, reconoce y cuenta que al principio no lo pasó bien.

¿Por qué?
Entonces no me gustaba particularmente la biología, a mí lo que siempre me ha gustado es la gente. Escuchar a las personas, buscarles solución a sus problemas. Yo me siento mucho más humanista que científico. Desde ahí me acerco a la medicina, por eso al comienzo me resultó difícil. Es un estudio duro, denso, seco, lleno de sacrificios, pero ahora estoy feliz. Lo que hago hoy es lo que siempre quise hacer. No tener una oficina, no necesitar corbata, ser dinámico, versátil, creativo. Atender a todo tipo de personas, desde ancianos a niños, hombres, mujeres, ocuparme desde la punta del pie hasta la cara, pasar de un polo de la sociedad a otro, de un hospital de emergencia de quemados a una clínica del barrio alto. Esa capacidad de trabajar y de adaptarme a lo que me den es una habilidad blanda que le debo a mi padre y que le agradezco porque me ha traído puros beneficios.

LA BELLEZA DE LO IMPERFECTO

Reconoce que hay un cierto prejuicio de los cirujanos frente al que opta por la especialidad plástica, y que él lo experimentó cuando dijo que esa sería su área. “Como que no te miran con muy buenos ojos. Tienden a ver esta especialidad como algo inferior”. Pesa ahí en contra lo estético más que lo reconstructivo, que parece más noble, menos frívolo. Existe además en la práctica médica en Chile una suerte de permisividad, acusa Arriagada. “Cualquiera puede declararse cirujano plástico sin haber hecho el camino largo de la especialización. Yo lo hice. Estudie, trabajé duro, me saqué la cresta, no lo pasé bien. Y siempre supe que para cirujano a secas no estaba, que lo mío era esto”.

Cristián trabaja desde hace 7 años en el Servicio de Quemados de la ex Posta Central y desde hace 3 es jefe de ese Servicio. Ahí su tarea es eminentemente reconstructiva. En la Clínica Las Condes combina la estética con la reconstrucción. “Uno hace liposucciones, abdominoplastías, liftings , pero lo más profundo y desafiante es el trabajo con politraumatizados, donde también hacemos reimplantes de extremidades e incluso hemos trabajado el tema de los trasplantes de cara”.

¿Qué es lo que más te llena de satisfacción de lo que has hecho?
Salvar vidas, literalmente. Aunque suene un cliché, eso es lo que hacemos. En lo más técnico, he hecho bonitos trabajos de reconstrucción de extremidades, como en el caso de una paciente que se accidentó en la nieve y de otro que tuvo un accidente manejando un camión. Una herramienta muy potente es el trasplante de tejidos, que te permite soltar piel o músculos e independizarlos de la arteria o vena que los nutre para trasladarlos a otra arteria o vena, y así literalmente pasarlos de un lado a otro del cuerpo. También me enorgullece liderar el proyecto de hacer crecer el Servicio de Quemados al doble, transformándolo en la unidad de cirugía plástica más grande del servicio público. Además, acabamos de crear una plataforma para el registro nacional de quemados grandes, lo que significa pacientes con quemaduras graves, que son tratamientos AUGE o GES. Hasta ahora había solo información dispersa; esto permitirá una mejor gestión.

En materia estética, ¿qué te gusta hacer?
Lo que más me gusta trabajar es la cara. Es ahí donde uno puede provocar mayor impacto a través de pequeños detalles, de intervenciones muy sutiles. Menos es más, esa es mi máxima. Mi recomendación es hacer pequeñas intervenciones, que deben repetirse en el tiempo; no quemar todas las naves a la primera.

Una vez le pregunté a la actriz Carmen Maura, musa de Almodóvar, si le preocupaba el efecto del paso del tiempo, si se intervendría. Me dijo que cuando tuviera 80 y necesitaran una viejecita, ella estaría ahí, disponible y auténtica. ¿Qué opinas?
El envejecimiento en sí no se puede detener. El que diga que puede lograrlo con cirugía plástica, miente. Creo que es súper válido envejecer en tu ley, pero no todos lo hacen igual. Hay quienes tienen pieles de mala calidad o sufren las consecuencias de haberse expuesto mucho al sol, eso redunda en un aspecto cansado, lo que tiene solución. Hoy contamos con una enorme batería de recursos antiaging, no sólo el lifting como era antes. Se trata de soluciones sutiles que permiten hacer cambios de manera armónica, corregir, rellenar, quitar manchas…No es necesario generar Donatellas Versace.

¿Qué pasa con los hombres? 
Se calcula que más de un veinte por ciento de las cirugías estéticas en Chile son hechas a hombres. Los procedimientos más corrientes son la cirugía mamaria para eliminar una ginecomastia, las lipo de tórax, las operaciones de nariz y de párpados. Y dentro de los no quirúrgicos: el botox y los rellenos de arrugas y surcos.

Arriagada se entusiasma comentando los usos no estéticos del botox: para tratar la migraña o cefalea, y también el bruxismo, pero lo interrumpimos y le preguntamos: Tú, ¿qué te operarías?
Algunos colegas me han ofrecido subirme el ojo y rellenarme el surco que tengo más marcado después de la hemiparesia que sufrí. Pero por ahora no me haría nada; más adelante, quizás. En mi familia somos de párpados pesados y si eso se me volviera una incomodidad para mi trabajo quirúrgico, lo corregiría. Creo que no existe impedimento para corregir lo que te molesta y hoy los hombres debemos preocuparnos de vernos y sentirnos bien. Algunos lo logran yendo al gimnasio, otros se sienten fabuloso tomando jugos verdes y otros necesitan más que eso.

Una vez leí que la gente más linda es la que tiene la cara más simétrica, ¿qué crees?
No creo que la belleza radique en la simetría. Me inclino más por la belleza que se esconde en la asimetría sutil -dice, mirándonos con su ojo izquierdo levemente caído.

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