Barraco Parra

NICANOR PARRA, EL PADRE DE LA ANTIPOESÍA Y ETERNO CANDIDATO AL NOBEL, MURIÓ RODEADO DE TRES DE SUS HIJOS. BARRACO, EL MENOR, SE ENCONTRABA EN MÉXICO. 


Texto Pablo Parra Foto Pato Mardones 

Sin saberlo, se habían despedido un año y medio atrás. Durmieron juntos. -Ud siempre será mi guagua- le repitió ese día. Ya no hablaba con su familia. No le avisaronde la enfermedad, tampoco de su muerte. Alguien del pueblo lo leyó en la prensa. Pasaron semanas hasta que pudiera volver. Nada estaba fácil. Su responsabilidad en los cuadernos perdidos, peleas familiares, una herencia cuestionada, los amigos vetados. Morirse de 103 años con este tremendo anticlímax, parecía ser la última jugarreta de nicanor. Y en el centro del murmullo estaba él. ¿dónde estás, bellaco?, se oía a hurtadillas. Los fantasmas lo estaban esperando. Y algo había aprendido en la huida a ese méxico sangriento y fantástico. Hay que hablarle a los fantasmas, darles la cara. Esta es su historia.

No sé cuándo empezó, pero para mí siempre fue la música. A los 4 tomé la guitarra por primera vez, a los 5 ya había compuesto. En esa época nos visitaba mucho a La Reina y a Isla Negra, el tío Roberto. Yo lo consideraba simplemente el mejor músico del mundo. Alucinaba mirándolo tocar. Lo que sí, nunca tuvo mucho talento para enseñar. Tuve que aprender mirando. Más tarde, ya de adolescente, estudié escalas, figuras y aprendí también del piano. La música de la Violeta siempre sonó en la casa. Mi padre pedía que le pusiéramos sus canciones. Para mí de niño, ella era la tía muerta. Luego fui dimensionando su figura como todo aquello que tiene que ver con ser Parra.

Me lo he preguntado mucho, me lo han preguntado mucho. Ser Parra, ¿qué es eso?

Mi padre era “el poeta”. En el colegio siento que me miraban como en menos. Hijo de poeta. Y yo que encontraba que no era nada mala profesión, teníamos la media parcela en La Reina. Hasta que aparecieron en los libros del colegio, un par de poemas de Don Nica. Igual es fuerte que tu papá sea lectura obligatoria de tus propios compañeritos. Y eso era sólo el comienzo.

Mi papá no solo era poeta, era más viejo que todos los padres y más vivo también. Y ya se perfilaba como un rockstar. Nací cuando él rondaba los 60. Su último hijo, el barraco, aunque solo gritaba hacia adentro. Igual que ahora. Bueno para los sobrenombres Nicanor. Aunque algunos solo los entiende él.

De alguna manera que tu padre te someta a su vejez eternizada, eterniza en ti tu adolescencia. Hay algo de la posta de la vida que se interrumpe con alguien como él que vive 103 años. Su vida me condenó a la inmadurez.

Volviendo a lo de ser Parra, creo que está sobrevalorado. Mi padre hizo grandes cosas y no solo en la poesía, también como físico y, en términos más generales, en la manera en que se armó y logró vencer la provincia y la precariedad. Es choro Don Nica. Su traducción del Rey Lear creo que es su obra más grande. Pero el Nobel… no sé.

Mi papá lo quería todo: el Nobel, los premios, las casas, las mujeres. Sus ansias eran infinitas, aunque se hiciera el que se lo tomaba a la ligera. Era chucheta mi padre. Una vez tuve una polola que me confesó: le di un beso a tu papá. Ella no me preocupó, se tomaba y regalaba besos al mundo como si nada. Lo peor fue cuando mi papá me preguntaba: ¿Y cuándo viene a vernos esa chiquilla tan encachada?

La muerte de la Violeta creo que fue su más grande dolor, nunca se pudo reponer. Así como su más grande amor fue Ana María Molinare, el fantasma tras “la mujer imaginaria”, quien también tomó su propia vida en sus manos. Es fuerte. En el velador de Don Nica siempre estuvieron las fotos de esos dos grandes amores, mirándolo a la distancia.

De la Violeta hablaba todo el tiempo, y no solo hablaba, gritaba: ¡Yo la hice, con estas manos! ¡Yo le dije que se fuera al campo, que aquí no tenía destino! Ella lo dice en uno de sus discos. Sin Nicanor no hay Violeta. Pero yo creo que funciona para los dos lados. Un día estando en Valencia el año 91, la primera vez que fue a presentar sus poemas visuales, nos invitaron a una corrida de toros. Desde que decidió ir, yo ya lo veía complicado. Yo creo que no supo decir que no. Pero a la primera estocada estalló en lágrimas y gritaba ¡el torito, el torito! Y me dijo con los ojos hinchados: desde que se murió la Violeta que no tenía tanta pena. Pidió que nos llevaran al aeropuerto y juró no volver a España. Eso no lo cumplió.

Yo de joven viajaba con él. Nos íbamos de gira, él con sus poemas y yo lo acompañaba en las presentaciones con la guitarra. A los 18 años me dijo: “con todas estas cosas clásicas y jazz y folclore que usted toca, tiene que hacer un saranguaco” –que es un plato de comida- y montábamos eso. Incluso lo hicimos en Guadalajara, cuando le dieron el premio Juan Rulfo.

Fuimos muy amigos. Hubo un tiempo en que yo era más que nadie su interlocutor. Me contaba sus proyectos, me leía sus cosas, me preguntaba y tomaba en cuenta mis ideas. Mi papá era un gran observador de todos y siempre tomó y logró mutar o darle un nuevo sentido a las cosas que oía. Hay más de un poema en que veo reflejadas frases que recogía yo al azar o mis propias inquietudes.

Pero el tiempo nos fue separando. Yo creo que fue hace unos diez años. Cuando tu padre vive convertido en una figura pop idolatrada es fácil que termine creyéndosela. Y todo se trataba de él. Eso se volvió agotador. Yo necesitaba un padre no a Mick Jagger. Y aun así, nunca corté del todo. Mi papá siempre me dijo, hasta la última vez que lo vi: tú siempre serás mi guagua. En la época en que moría de amor por Ana Maria Molinare, se acostaba a mi lado para oírme el corazón. Era lo único que lo tranquilizaba. Es bonito saber eso. La última vez que lo vi fue en agosto del 2016 en La Reina. Lo trajeron al doctor. No es que supiera que iba a ser mi última vez, pero la muerte lo venía rondando hace siglos. Esa noche dormimos juntos. Quizás era yo el que necesitaba sentir su corazón una vez más.

Se han dicho muchas cosas, algunas ciertas y otras falsas, pero por sobre todo hay que ponerlas en contexto. La cagué vendiendo algunos cuadernos y papeles de mi padre, pero no me robé el Louvre. Sus cosas eran también mis cosas, y siempre lo tomé como un empeño.

Siempre pensé que las iba a recuperar. Todo empezó hace diez años, por la misma época en que me empecé a alejar. Es paradojal, no quería seguir viviendo una vida que giraba en torno a él, y terminé viviendo de él. Por supuesto que no es justo con los que quieren preservar su legado y por sobre todo, con mis hermanos, pero aquí estoy de vuelta dando la cara y recuperando su memoria.

No fueron años fáciles para mí. Todo este asunto me estaba comiendo por dentro. La sensación de estar traicionando algo. Cuando apareció el tema de los cuadernos por primera vez, antes de que muriera Don Nica, de alguna manera, y aunque me llevaba la peor parte, pude volver a respirar.

Me molesta lo reduccionistas que pueden ser las visiones. Que vendía los cuadernos para comprar drogas. Nadie se alimenta de drogas, nunca fui un gran generador de recursos, y vivir y mantenerme en La Reina no era fácil. Las drogas no han sido mis mejores compañeras. Me han acompañado en dolores y huidas, pero jamás han guiado mis acciones. Se ha dicho que regalaba las cosas, que se las daba a mis novias, que mis amigos se las llevaban. En el desorden de las casas se perdieron muchas cosas, algunas las entregué puntualmente a algunas personas y las he recuperado. El grueso de lo que entregué se lo di a dos libreros: César Soto y Carlos Vera. Es una buena cantidad de cuadernos y papeles, pero no llega a ser relevante frente a la cantidad de cajas y cajas de material que mantuve a resguardo. Los cuadernos de mi padre volaban por la casa. Y no es que fueran obras maestras, es material permanente de registro. Y al mismo tiempo diarios de la cotidianidad. Podían tener desde recetas o dibujos, a direcciones. Por supuesto que todo tiene valor para entender la verdadera dimensión de su obra y hay que recuperarlo.

Lo de César Soto y Carlos Vera no está bien. Ellos sabían perfectamente lo que estaban comprando y el verdadero valor que tenía. Y sabían que no era mío. Soto al menos coleccionaba con pasión y me regalaba conversaciones y disquisiciones acerca de la obra de mi padre que atesoro. De Vera no puedo decir lo mismo. Pero ambos sabían, porque lo conocían, el celo de mi padre con sus cosas. Hoy no pueden jugar a las santas palomas.

Luego dicen que destruí la casa. La casa, cuando llegué a vivir a ella, estaba a muy mal traer. El jardín era un desastre. Por momentos la arreglé e intenté dar un orden a tanto libro, muebles y cachureos. Mi padre juntaba de todo. En otros momentos puedo haber descuidado más la casa, pero no quemé libros para hacer fogatas. Basta de caricaturas. Hoy quieren arreglar la casa y dejarla un chiche. Me parece genial. Pero esa casita de cuento alemán, perfectamente lustrosa, no deja de ser una pequeña fantasía. Las casas de mi padre nunca fueron sino, un gran, ecléctico y alucinante bodegón.

No sé si le pediría perdón a mi padre. Y es que no me veo hablando con esa figura de 103 años. Hace tiempo que la comunicación entre nosotros se había empantanado. Pero me arrepiento. Don Nica siempre fue desconfiado de sus cosas, de las fotos, de sus dibujos, garabatos, cuadernos. Y me decía: cuidado con tus amigos, no se vayan a llevar algo. Los padres tienden a culpar a los amigos. Es una manera de defenderte y mirar para el lado. De no decir las cosas de frente y entrar en el conflicto.

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