Ayahuasca

UN VENTI AYAHUASCACCINO, PARA LINDSAY, SIN CREMA.

La iluminación es el objeto de conquista masiva de la nueva-nueva era, el Santo Grial del wellness, y el adjetivo más codiciado del siglo XXI. No se trata de un invento contemporáneo, sino de un concepto tan antiguo como el hombre mismo, utilizado para referirse a un entendimiento divino que va más allá de la realidad terrenal, esclareciendo la esencia misma de nuestra existencia.

En la Biblia, el Salmo 18:28 se refiere a Dios como la iluminación de un camino oscuro, quien ‘mantiene la llama encendida’, dando a entender que la solución a la oscuridad humana y a la angustia existencial a la que estamos “condenados” yace en el entendimiento divino de la teología. San Agustín de Hipona fue aun más lejos, adentrándose en la iluminación y relacionándola con un entendimiento, un saber general, no solo religioso. En sus escritos se refiere a la ignorancia como la oscuridad, y a la sabiduría como la iluminación: una mente que “sabe” es una mente iluminada, mientras que una mente ignorante permanece a oscuras. El hombre ilumina su existencia a través de la toma de consciencia, abriéndose paso entre las tinieblas del desconocimiento innato.

Hoy en día, los caminos a la iluminación son tantos como quienes la desean. La masificación de su búsqueda toma la forma de retiros de silencio, ayunos, cursos de meditación trascendental y toda clase de experiencias cuyo objeto es situar al participante en un contexto de auto-conocimiento, orgánico o inducido.

Escépticos, críticos y parodias respecto a la “moda” de la iluminación hay por montón: “La iluminación en tiempos de la Selfie”, “Cómo vivir espiritualmente” del YouTuber JP Sears, y una decena de sketches de Saturday Night Live en los que se cuestionan los motivos tras la búsqueda del hombre contemporáneo, cual polilla, de aquella luz.

Por sobre todas estas experiencias destaca la popularización del uso de Ayahuasca, una milenaria planta amazónica cuyo consumo ha aumentado explosivamente en las últimas décadas. También conocida como Yagé, la Ayahuasca es endémica de la cuenca del Amazonas, sin embargo en las últimas décadas se ha extendido por occidente, particularmente Europa y Norteamérica.

Consiste en una decocción de la liana Banisteriopsis caapi, aunque puede hacerse también con otras plantas como la Ruda Siria. El origen de su nombre se encuentra en el quechua aya, que significa cadáver, y waska, que significa liana; la Liana de los Muertos. Si bien el término Ayahuasca suele utilizarse en referencia a la planta en sí, en la mayoría de los casos se le llama así al resultado de su cocción en conjunto con otras plantas que contienen Monoamino Oxidasas (MAOI) y activan la Diemetiltriptamina (DMT) de la liana caapi.

Tras miles de años de tradición medicinal, las tribus amazónicas se enfrentan hoy a una amenaza tan poderosa y voraz como la deforestación o el calentamiento global, alimentada por el mismo némesis capitalista.

Esta vez, sin embargo, no usa chaqueta y corbata ni se esconde tras una amenazante retroexcavadora corporativa, sino que combate inocentemente desde la comodidad de una cafetería en Brooklyn, Melbourne, Portland e incluso Santiago, en bicicleta y con un MacBook Air a cuestas. La Ayahuasca es la más reciente víctima de la gentrificación cultural en la cruzada de occidente por iluminarse.

En 2014 la norteamericana Lindsay Lohan protagonizó un “docureality” de ocho capítulos titulado “LINDSAY” para el canal OWN, en el que la actriz intentaba dar vuelta su vida tras una seguidilla de adicciones e incluso una breve visita a la cárcel. “Para llegar donde estoy trabajé con un chamán y tomé Ayahuasca. Fue loquísimo. Renací, vi como mi vida entera se esclarecía ante ante mis ojos y solo entonces pude identificar las cosas que debía soltar para seguir adelante. Es la experiencia más fuerte que he tenido: recuperé las ganas de vivir, volví a sentir el fuego que había perdido. No quiero cambiar nada del lugar donde estoy, porque por primera vez en mucho tiempo soy feliz”, concluyó Lohan en el capítulo final de la serie.

A sus declaraciones se sumaron rápidamente los testimonios de otras celebridades como Sting y Chelsea Handler, igualmente entusiasmados por las propiedades alucinógenas de la cocción, generando un incremento exponencial en su demanda alrededor del planeta.

820 resultados tiene hoy la búsqueda ‘Ayahuasca’ en E-bay; mostrando desde concentrados en goteros tipo Flores de Bach, a preparados deshidratados, raíces en polvo, pipas, altares, libros, videos y hasta collares “sagrados”. El problema no son Lindsay ni Sting. Muy por el contrario, es probable que ambos hayan experimentado los efectos indudablemente esclarecedores de la Ayahuasca y quien sabe, puede que en efecto hayan vivido un antes y un después en sus vidas. El problema de fondo es la desventaja de las tradiciones indígenas al ser expuestas de golpe a una cultura voraz, regida por el derecho de propiedad y la sobre-explotación.

Para las tribus amazónicas, el problema es gravísimo, por decir lo menos. Desafortunadamente, el pronóstico de toda gentrificación cultural se desenlaza en el inevitable despliegue de una serie inocuos conceptos como la denominación de origen, las marcas registradas, la ilegalidad y la prohibición. Podrá sonar algo fatalista, pero basta reexaminar la reciente historia de la cocaína para ver las señales: Previo a la invasión española, los incas reservaban la hoja del árbol de la Coca exclusivamente para ceremonias religiosas. La conquista puso fin a esta tradición, ampliando su uso para fortalecer y controlar la mano de obra indígena e incluso exportándola Europa.

En 1884, Albert Niemann pulverizó la cocaína por primera vez, y menos de una década más tarde Freud había terminado de escribir “Über Coca” su -hoy controversial- texto académico en que defendía acérrimamente los beneficios de la cocaína como tratamiento contra la depresión y la impotencia sexual.

El siguiente paso en la gentrificación cultural de la Coca, lo tomó John Pemberton en 1886 cuando incluyó 9 milígramos de cocaína por cada vaso de su popular bebida, Coca-Cola. La masificación del estimulante llevó a su lógico abuso, hasta que en 1922 el gobierno de Estados Unidos la declaró una sustancia ilegal. No hace falta adentrarse en la subsecuente catástrofe cultural que esta prohibición desencadenó, sumiendo a millones de personas alrededor del mundo en su comercialización ilícita y generando daños irreparables a países como Colombia que hasta el día de hoy combaten sus obstinados estigmas.

A lo que se enfrenta la Ayahuasca hoy en día, pese a ser radicalmente distinta a la cocaína en cuanto a efectos y contraindicaciones, es algo tristemente similar. Aún flanquea la ilegalidad, con venta en blanco a través de sitios web, operadores turísticos y chamanes viajeros, pero si algo nos ha enseñado la historia, es que el ser humano tiende a repetir sus errores.

No sería del todo sorprendente que en cualquier minuto Starbucks nos sorprendiera con el Ayahuascaccino o que Lindsay creara su propia mezcla registrada, a la cual de seguro le iría fenomenal.

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