Perrera Arte: Entrevista a Antonio Becerro

UN ESPACIO DE GESTIÓN CULTURAL

EL ARTISTA EXPRESA SU FASCINACIÓN POR LA TAXIDERMIA Y CUENTA CÓMO SU CENTRO EXPERIMENTAL SE TRANSFORMÓ EN UN ESPACIO IMPORTANTE EN EL ESCENARIO CULTURAL ACTUAL. 


Texto: Javiera Medina  Fotografías: Archivo Perrera Arte 

Antonio Becerro (54) empezó su camino en la escultura clásica y la pintura al óleo, “esos eran los formatos aceptados en las bellas artes”, dice. Un día, sentado en su caballete, se preguntó: ¿qué hago aquí? Sentía que debía explorar nuevos horizontes en el arte contemporáneo, algo que le entregara contenido y significara un desafío técnico al mismo tiempo. Así llegó a la taxidermia, el arte de disecar animales y otorgales apariencia viva. Su especialización: perros sin raza.


¿Por qué elegiste la taxidermia como soporte de escultura contemporánea?
La elegí porque me abrió al discernimiento, al campo incuestionable en el universo del arte; al oficio, la concentración, soledad y exploración como ejercicio legítimo de lo contemporáneo. En lo experimental no hay conclusiones exactas, sobretodo cuando se trata de un arte que manipula lo orgánico.

Nunca me sentí cómodo con la escena local y sus distintas camarillas, que en su quehacer eran bastante lineales, conservadoras, murmuradoras desde una mirada instructiva por una izquierda absolutista y melancólica, que intentaba igualarse tímidamente con el arte europeo o neoyorquino. Yo quería remover esos cánones.

¿Qué querías comunicar?
La taxidermia requería de ciertos riesgos que había que tomar. Jugar con la noción de identidad y memoria sobre el vaciado y la manipulación de la piel. Con esta técnica puedo comunicar que no hay un solo modo de aprender o enseñar sobre el arte actual.

¿Y por qué perros?
Hay que recordar que estos perros fueron recogidos en la calle, cuando sus cuerpos atropellados estaban tirados allí, como escombros orgánicos para escarnio de la mirada. Los quiltros fueron levantados y perpetuados en su exterioridad física por la taxidermia. Estos canes chilenos se burlaron de la industrialidad de la basura y, como héroes callejeros, ingresaron a la eternidad de la pintura.

Hoy viajan entre algodones y en valija diplomática desde Santiago de Chile a otras ciudades como embajadores de la miseria. Son los mismos que cayeron sin Dios ni ley y que ahora, con la mano de Dios, se presentan a los vecinos. Mal que mal, el arte, la fractura con el estado de las cosas, es la única diplomacia verdadera.

El perro callejero es una figura trascendental dentro de tu obra. ¿Qué buscas exponer?
Todos los perros tienen una mirada conmovedora, pero el quiltro tiene una sobervia en el afán de supervivencia. El perro callejero se mueve por la urbe no solo como testigo de nuestra existencia, sino también como un protagonista a la fuerza de la decadencia contemporánea.

Existen rincones que no queremos ver, pero que están ahí. En mi obra, este animal es la metáfora de la periferia, la indigencia, de lo oculto, de la genialidad de vivir con todo en tu contra. El quiltro arrastra una historia expuesta en su piel. Es la fractura, lo feo, el defecto que hay que ocultar. Él, como los pobres, ocupa sus habilidades para sobrevivir.

¿Cómo la recibieron y comunicaron los medios?
Jamás me propuse estar en la noticia. Los medios especializados fueron tomados por asalto, entendieron casi nada. Trataron de asimilar según su experiencia de arte contemporáneo. La prensa ordinaria, por otro lado, hizo un festín con el morbo, “¿cómo el Fondart apoyaba este tipo de obras?”, decían. Algunos honorables querían que devolviera el premio adjudicado por la obra “óleos sobre perros”.

Me acuerdo que el escándalo estuvo una semana completa en los matinales y noticieros de televisión abierta. Tanto así que le arrojé un perro muerto, en vivo y en directo, a Fulvio Rossi, diputado de esa época. Finalmente los medios de se convirtieron en un arma de comunicación como parte de extensión de la obra.

El mejor amigo del hombre es el espejo sucio que quieres botar, donde se refleja  lo que no quieres ver. El abandono, el maltrato,  las violaciones, la indiferencia y perversiones del hombre actual.

Has trabajado en proyectos con distintos artistas nacionales y en variadas disciplinas. ¿Sientes que esto impulsó de alguna manera tu trabajo como gestor cultural?
Carlos Leppe una vez me dijo: “tu eres un artista renacentista, multidisciplinario”. Ser autor y productor de tu obra es un esfuerzo magnánimo de confianza, más aún llevando un proyecto de arte independiente, sin aportes concretos del estado o del municipio.

Todo lo aprendido y aplicado ha sido una estrategia de adaptación a un medio hostil y vanidoso. Me atrae lo del conocimiento. Admiro el talento al servicio de la disciplina y el instinto.

Compartir experiencia con destacados artistas como Raúl Ruiz, Pedro Lemebel, Andrés Pérez y José Balmes, entre otros, reafirmó mi autoformación como gestor cultural independiente. No eran egoístas para compartir el trasvisaje de sus experiencias y gustos estéticos. Eso es lo atractivo y seductor de ellos.

A principios de los 90 trabajé como montajista, curador, difusor, administrados y director en la Galería Enrico Bucci. Para ese entonces no existía el término de gestión cultural.

¿Sientes que afinó el trabajo instintivo de autogestión cultural?
En esa época todo se hacía a pulso con los recursos propios. Había que aprender a aplicar el conocimiento adquirido, era como navegar en un mar oscuro. Todo ese trabajo instintivo afinó el tino y el olfato respecto al modo de gestión que llevo a cabo en Perrera Arte y en mi propia producción.

CENTRO DE ARTE EXPERIMENTAL

Perrera Arte no es un lugar nuevo. Ubicado en el Parque de los Reyes, el recinto data de principios del siglo XX. Se diseñó como la primera planta eléctrica incineradora de basura en Santiago, pero en los años 50 se transformó en una perrera municipal, dedicada al exterminio de los perros callejeros de la capital.

Fue en 1995 cuando el alcalde Jaime Ravinet entrega el galpón a los artistas, quería que recuperaran el sitio y lo convirtieran en un espacio cultural importante para el sector. Así nació Perrera Arte. El nuevo bastión experimental conservó el nombre como un homenaje a las mascotas vivas y desaparecidas.

¿Cómo definirías a la Perrera Arte?
Es un espacio físico que se ve y desaparece, no siendo efímera. Apunta a la materalización de la obra como materia moldeable, reconocible. Es un espacio libre, sin la asfixia del exceso de reglas.

Existe como tal porque es obra colectiva. La consideramos arte viviente, que se desenvuelve en un lenguaje propio y singular. Es como un dialécto oral sin traducción, porque su trama es orgánica y hay que vivirla.

Sus hilos invisibles juntan a los que buscan una propuesta diferente, auténtica e incluso irreverente. Transita entre la reflexión y convive con el riesgo de transformarse en una institución oficial. Tal vez por eso los artistas que se sirven de ella concurren a esta tendencia. El público nos prefiere y nos premia con su presencia, de eso estoy asombrado y agradecido.

Su arquitectura es un espacio muy atractivo para la puesta en escena y proyectos visuales de cualquier índole. Parece un galpón fantasma y resulta atractivo conocer sus contrapuntos. Lo oscuro y la luz, la belleza de lo sólido y el encanto de lo bizarro.

 

Tienen 23 años de trayectoria como Centro de Arte, ¿cómo ha sido esta experiencia?
En estos 23 años nada ha sido fácil. Sostener un espacio como este en el complejo escenario cultural actual, es casi heróico. Hemos pasado de todo. Hicimos tratos con el diablo y seguimos caminando, nos cansamos del trámite insoportable de la burocrácia, de que nada cambie, de que todo sea poco reflexivo y políticamente correcto, sin ninguna vibración. Tuvimos que sacudirnos de los caminos marcados por el arribismo, tomar distancia de la incómoda estructura que se nos imponía como producción independiente.

Muchos creen que esta es mi obra maestra por todo lo que he puesto aquí. Cuando realizamos el montaje aéreo como intervención al Museo Nacional de Bellas Artes, para mi exposición individual “Encontraron cielo”, el arquitecto Jorge Lobiano nos bautizó como los arquitectos de la calle, por nuestra adaptación al medio como muestra innegable de coraje.

La Perrera es un espacio independiente y, como organización autónoma y sin fines de lucro, está incorporada institucionalmente al Departamento de Gestión Comunitaria de la Municipalidad de Santiago. En esta maestranza se refleja la historia y el espíritu de trabajo de la comunidad, representada por sus artistas, gestores culturales, profesionales, pequeños y medianos emprendedores, estudiantes y vecinos en general.

En este espacio, ¿cuáles hitos han sido los más importantes?
Han pasado muchos creadores y hemos aportado a la formación de colectivos de arte reconocidos. Sin embargo, a estas alturas los hitos que podría mencionar son haber recibido una ruina y convertirla en un centro cultural, recuperar la arquitectura como monumento histórico y sostener proyectos con y para la comunidad barrial. Generar nuevos espacios, formar nuevas audiencias y artistas jóvenes. Crear un modelo de gestión novedoso entre todos. SML

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